The Objective
Ricardo Dudda

La charca española

«En un año, un Gobierno como el de Sánchez puede hacer mucho daño; si está acorralado, la degradación puede ser aún mayor»

Opinión
La charca española

Ilustración de Alejandra Svriz.

En los ocho años de gobierno de Pedro Sánchez ha habido innumerables momentos estelares de degradación, fotografías fijas que marcaron un antes y un después. Cada cual tiene su favorito. Yo sigo teniendo una especial fijación por la carta de amor a la ciudadanía de abril de 2024, y se ha demostrado que era mucho más trascendental de lo que parecía, porque sirvió como activación de las cloacas del PSOE. Pero, en general, el declive ha sido un proceso mucho más lento y sutil.

Ha sido un goteo de leyes que han privatizado la política —porque no hay mayor privatización que la colonización partidista—, que han dinamitado la separación de poderes, que han abierto la brecha polarizante cada vez más y que, sobre todo, han contagiado a la ciudadanía de un cinismo paralizante. Porque, a pesar de que el Gobierno ha mostrado un fundamentalismo vergonzoso durante años, la ciudadanía no ha contestado como habría querido el presidente: o se ha radicalizado en su contra o se ha refugiado en la resignación.

Hoy, la degradación ha alcanzado tal putrefacción que el Congreso es una laguna estancada. Ya cubre muy poco y el agua empieza a perder oxígeno, lo que provoca que la biodiversidad vaya desapareciendo. Y, sin embargo, sigue llena —no todos los días, claro— de individuos que chapotean felices (o no tan felices, pero sí a gusto) en el agua y en el barro, conscientes de que, aunque la situación no es ideal, fuera se está mucho peor: ¡fuera hace mucho frío! El objetivo es aguantar, y da igual si el estanque acaba muriendo. Porque, en el fondo, la política se hace en otro lado, recomendando discos en TikTok, por ejemplo.

No todos, claro, actúan de la misma manera. Pero da la sensación de que incluso la oposición está cómoda en esa charca. Y cuando amenaza con actuar, lo hace con un miedo tremendo al tropiezo. Entiendo la lógica del Partido Popular: una moción de censura fracasada puede resultar humillante. Y es comprensible la lógica de quienes quieren elecciones o echar al presidente (Junts, por ejemplo, o incluso el PNV), pero no quieren el coste que implica nombrar a alguien como Feijóo: no existe una moción de censura en España que no lleve consigo la proposición de un candidato alternativo. El impasse que vivimos hoy, como explicaba recientemente el jurista y expresidente del Tribunal Constitucional Pedro Cruz Villalón, es también consecuencia de un diseño institucional mejorable.

Pero es preferible esa humillación momentánea a la humillación lenta y constante de la gobernanza ejecutiva, sin presupuestos, polarizante y performativa de este Gobierno. Tampoco me resulta muy convincente la lógica casi nihilista de quienes dicen que lo mejor es que el Gobierno aguante y vayan saliendo más casos de corrupción y su popularidad vaya decreciendo. El coste de la degradación sería muy alto. En un año, un Gobierno como el de Sánchez puede hacer mucho daño; si está acorralado, la degradación puede ser aún mayor.

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