¿Qué pueden aprender Feijóo y Sánchez de la dimisión de Starmer?
«Ha sido la falta de un proyecto reconocible, de un horizonte que ilusione a la gente, lo que ha acabado con su sueño reformista»

Imagen creada por inteligencia artificial.
Hace dos años, Keir Starmer cumplió el sueño de cualquier político al conseguir una impresionante mayoría absoluta. Sin embargo, acaba de anunciar su dimisión como primer ministro británico, presionado por su propio partido ante el riesgo de desastre electoral en las siguientes elecciones generales… de dentro de tres años. Resulta inevitable comparar esta situación con España. El Partido Laborista obtuvo el 63% de los parlamentarios. ¿Se imaginan a Sánchez dimitiendo con semejante mayoría en el Congreso? Inverosímil. ¿Qué no hubiera hecho con 221 diputados bajo su control?
El presidente español también goza de índices de popularidad muy bajos y escasas opciones de reelección, según las encuestas. No obstante, mientras Starmer ha priorizado los intereses de su país y su partido, Sánchez ha sometido los segundos a los suyos propios. La renuncia del primer ministro insufla algo de esperanza a los británicos y, en particular, a los laboristas, que mejoran sus perspectivas electorales. Por el contrario, el aferramiento de Sánchez a la Moncloa lleva años pasando factura al país, y ya veremos el coste en el medio plazo para un partido asediado por la corrupción, desmovilizado y carente de fuerza moral tras traspasar líneas rojas que aseguraba nunca iba a traspasar.
A nivel personal, además, Starmer dimite para dedicarse a su familia (de la que siempre ha presumido de cuidar por encima de todo), en un alegato ético inspirador. Sánchez también pretende salvar a su familia (a la que presumió amar en su primera carta a la ciudadanía, y a la que indultaría llegado el caso), aunque para protegerla adopta una solución opuesta: atrincherarse egoístamente en el poder. Mientras Starmer está dispuesto a «morir» por su familia, Sánchez solo está dispuesto a «matar».
Pero que el lector me permita, en un ejercicio prospectivo, dar por amortizado al actual Gobierno de España. ¿Qué lecciones podríamos sacar entonces para un Gobierno liderado por Feijóo? Más allá de la supuesta falta de carisma (¡ojalá nos libremos de los mesías y tengamos buenos políticos, aunque sean aburridos!) y de alguna decisión errónea (el nombramiento de Mandelson como embajador en Estados Unidos), la razón principal de la caída de Starmer es que no ha sido capaz de ilusionar a una sociedad deprimida. Su supermayoría ha dado bandazos y no ha implementado un proyecto reconocible, lo que ha hecho que la gente perciba que todo sigue igual, aumentando la resignación social y, por tanto, el éxito de los partidos populistas.
Starmer formó un Gobierno técnico y centrado, alejado de grandes narrativas ideológicas. Esto habría funcionado, al menos a corto plazo, si hubiera resuelto los problemas estructurales. Pero no ha sido así. El poder adquisitivo sigue estancado y, pese a ciertas mejoras, no ha solventado otros problemas importantes como el colapsado sistema de salud, las anticuadas infraestructuras de transporte o el disparatado precio de la vivienda (problemas que requieren años y mucho dinero para resolverse).
«Si un Gobierno es capaz de solucionar problemas estructurales, es posible que sobreviva un tiempo»
Además, una corriente más compleja, que afecta a todo Occidente, ha seguido su curso: la gradual erosión de las identidades compartidas. Cada vez hay menos un único «nosotros» y más «yo» distintos que coexisten en nuestras sociedades multiculturales, pero sin una verdadera convivencia. El famoso «no reconozco a mi país», que se da simplemente porque ya no sabemos muy bien qué significa ser británico o español. Hemos perdido las identidades tradicionales que dotaban de sentido a esas categorías nacionales (como la religión o el arraigo territorial) y, además, la diversidad (fruto en parte de la inmigración y la demografía) ha exacerbado esta tendencia. Esta falta de sentido colectivo es, a mi modo de ver, el gran problema de nuestra civilización. En España, además, este problema moderno se suma a la tradicional tensión territorial.
La dimisión de Starmer enseña, por tanto, varias lecciones. Si un Gobierno es capaz de solucionar problemas estructurales, es posible que sobreviva un tiempo, aunque la paciencia se agota rápido (él, con una mayoría absoluta, no ha durado más de dos años). Si un Gobierno no resuelve los problemas, pero tiene una narrativa fuerte (como Sánchez contra la ultraderecha nacional e internacional), puede mantenerse temporalmente a base de traiciones electorales, propaganda y polarización. Pero si un Gobierno no resuelve problemas y, además, tampoco tiene una narrativa inspiradora, entonces no tiene nada. En este caso, los partidos populistas, que se apoyan precisamente en grandes relatos épicos, tienen las de ganar. Esto es lo que le ha sucedido a Starmer.
Por eso, si un futuro Gobierno de Feijóo no funcionara, podría ser el último antes de que España sucumbiera a la tendencia global de Gobiernos populistas. Y ello sería signo de una crisis mucho mayor: la incapacidad de las democracias liberales para resolver los problemas actuales.
El éxito de Feijóo dependerá en parte de su capacidad de reformar el sistema. Encontrará retos enormes, como la integración de la inmigración, la crisis demográfica, la imposible situación de la vivienda, el insostenible sistema de pensiones, la baja productividad y la necesaria reindustrialización, la regeneración institucional, la desburocratización, la presión fiscal o la deteriorada imagen exterior. Seguro que se queda corto, pues la realidad marcará más límites de los deseados, pero Feijóo tendrá la oportunidad de demostrar su (merecida) fama de gran gestor y, dadas las bajas expectativas del ciudadano medio según las encuestas, deslumbrará a poco que lo haga bien.
No obstante, resolver problemas no será suficiente. Ello desactiva temporalmente los populismos, pero para eliminarlos urge desarrollar un relato inspirador, un hilo conductor que cohesione e ilusione a una sociedad española cada vez más fragmentada e históricamente dada a la confrontación. Solo así tendrá éxito ese futuro Gobierno. Cuando Starmer ganó, un argumento muy extendido era que el mandato de las urnas duraría dos o tres legislaturas, salvo errores propios (como la corrupción) o circunstancias extraordinarias (como una guerra). No ha sido nada de eso, sino la falta de un proyecto reconocible, de un horizonte que ilusione a la gente, lo que ha acabado con su sueño reformista. No repitamos los mismos errores. Ánimo, señor Feijóo: su suerte será la nuestra.