The Objective
Victoria Carvajal

Un Reino Unido ingobernable

«Nigel Farage no necesita explicar por qué el país está peor después del Brexit: solo necesita prometer que esta vez, con él al mando de todo, sí funcionará»

Opinión
Un Reino Unido ingobernable

Ilustración creada con inteligencia artificial.

Llegó al poder en 2024 con una de las mayorías más aplastantes de la historia parlamentaria británica. Apenas dos años después, se marcha. No por el escándalo del embajador Mandelson y sus vínculos con Epstein, sino porque el batacazo electoral de mayo y la victoria parlamentaria de su rival interno, Andy Burnham, le invalidan para plantar cara al avance imparable del populista de extrema derecha Nigel Farage. Mientras el país se lame las heridas económicas provocadas por el Brexit, resulta insólito que el favorito en las encuestas sea precisamente quien mintió sobre sus efectos positivos. No son buenos tiempos para políticos moderados como Starmer, que se convierte así en el sexto primer ministro que anuncia su salida antes de tiempo desde el referéndum sobre el Brexit, hace ahora diez años.

El proceso para elegir a su sucesor, con Burnham como claro favorito, podría completarse en julio. El llamado rey del Norte se convertiría así en el séptimo primer ministro británico en una década. Es una cifra en la que merece detenerse. En los 28 años anteriores al referéndum, el Reino Unido tuvo solo tres primeros ministros: Thatcher, Major y Blair. Gobiernos que duraban, que podían planificar a una década vista y que encarnaban una tradición política. Su estabilidad institucional era la envidia del resto de Europa. Desde el 23 de junio de 2016, esa estabilidad se ha evaporado.

Cameron dimitió la mañana siguiente al referéndum. May fue incapaz de sacar adelante ningún acuerdo de salida. Johnson cayó por las fiestas en Downing Street durante la pandemia. Truss duró 45 días, sepultada por un mini presupuesto que hundió la libra en tiempo récord. Sunak perdió las elecciones de 2024 por un margen histórico. Y ahora Starmer, derribado no por un único error, sino por el desgaste acumulado de gobernar un país inmerso en una profunda crisis de identidad. No hay otra década en el último siglo de la política británica con una inestabilidad comparable.

El Brexit ha dejado también una factura económica que diez años después resulta incontestable. El estudio más completo hasta la fecha, elaborado por Nicholas Bloom, de la Universidad de Stanford, para la Oficina Nacional de Investigación Económica de Estados Unidos, calcula que el PIB británico es hoy entre un 6% y un 8% menor de lo que habría sido si el país hubiera permanecido en la Unión Europea. No es una pérdida puntual ligada a la pandemia o a una mala racha cíclica: es un lastre estructural y acumulativo. Sobre todo, por la mala evolución de los dos factores que condicionan su potencial de crecimiento futuro: la inversión empresarial ha caído un 15%, y el empleo y la productividad han retrocedido entre un 3% y un 4% respecto a la trayectoria que habrían tenido dentro del bloque. La incertidumbre regulatoria sostenida durante años —qué normas aplicarían, qué aranceles, qué fronteras— ha desincentivado la inversión a largo plazo de las empresas.

El comercio con la Unión Europea, que sigue siendo el principal socio comercial del país, no se ha recuperado. Las exportaciones de bienes a la UE eran en 2024 un 18% inferiores a las de 2019 en términos reales. La Oficina de Responsabilidad Presupuestaria británica calcula que, a largo plazo, el comercio agregado con el bloque será un 15% menor de lo que habría sido sin el Brexit. El Acuerdo de Comercio y Cooperación entre Bruselas y Londres eliminó los aranceles, pero no las barreras no arancelarias: controles aduaneros, certificados sanitarios, papeleo que las grandes empresas absorben sin demasiado problema pero que ha expulsado del mercado europeo a miles de pequeños exportadores británicos.

La libra, por su parte, se mantiene un 10% por debajo de sus niveles previos al referéndum frente al dólar y al euro. La devaluación tiene un efecto ambivalente: abarata los productos británicos en el exterior, pero encarece de forma directa todo lo que el país importa, que es mucho, en una economía que depende de la energía, los alimentos y los componentes industriales de fuera. El resultado es una inflación acumulada del 41,4% desde la votación del Brexit en 2016 hasta hoy. En ese mismo periodo, la inflación acumulada en España ha sido del 28%, sustancialmente inferior a pesar de los golpes compartidos de la pandemia y la guerra de Ucrania. Puede que el Reino Unido haya recuperado el control de su soberanía, pero a costa de que al ciudadano británico de a pie la cesta de la compra se le haya encarecido casi un 50% más que a uno español. Que ya es decir…

A diez años de aquel 23 de junio, el 57% de los británicos cree que votar salir de la Unión Europea fue un error. Solo un 30% sigue pensando que se hizo bien. El 55% apoyaría, en principio, volver al bloque. Son cifras que hace una década habrían parecido impensables para los arquitectos del Brexit, que vendieron la salida como una liberación que traería control migratorio, prosperidad y un Reino Unido más fuerte en el mundo. Nada de eso ha ocurrido: la inmigración neta ha aumentado, no disminuido, desde 2016; la economía es más pequeña y débil, y los servicios públicos, lejos de mejorar con el dinero que ya no se enviaba a Bruselas, muestran signos de agotamiento.

Y aquí llega la inquietante paradoja: el político mejor situado para ganar las próximas elecciones generales no es ningún moderado que prometa reparar el daño causado con seriedad tecnocrática. Es Nigel Farage, el hombre que más activamente vendió el espejismo del Brexit, cuyo partido, Reform UK, lidera hoy las encuestas nacionales con apenas ocho diputados en el Parlamento. En las zonas que votaron salir en 2016, Reform roza el 41% de apoyo. El mismo electorado que hoy reconoce, en una proporción mayoritaria, que se equivocó, parece dispuesto a premiar en las urnas a quien le vendió el error.

No es una contradicción tan extraña como parece. Es, de hecho, el patrón que define a buena parte de las democracias occidentales en esta década: el fracaso de una promesa populista no destruye al populismo, lo retroalimenta. Si algo no funciona, la culpa nunca es de la idea, sino de quienes la ejecutaron con tibieza, de las élites que la sabotearon, de un enemigo exterior que impidió que la operación funcionara como debía. Farage no necesita explicar por qué el Reino Unido está peor: solo necesita prometer que esta vez, con él al mando del todo, sí funcionará. Es la misma gramática emocional que ha llevado a Trump de vuelta a la Casa Blanca, que sostiene a media docena de movimientos similares en el continente europeo y que explica por qué la política moderada, gestora, con los pies en los datos, sigue sin encontrar sitio en el imaginario de buena parte del electorado occidental.

El Reino Unido lleva diez años demostrando, con cifras que ya nadie seriamente discute, que el Brexit fue un costoso error. La pregunta que de verdad importa no es si los británicos lo han entendido —pues una mayoría parece que ya lo ha hecho—, sino si esa lección es suficiente para no repetir ese error con otro nombre y otra bandera.

Publicidad