The Objective
Esperanza Aguirre

Lecciones británicas

«Resulta increíble que, ante la caída del apoyo popular al partido que estamos contemplando, no haya nadie en el PSOE que se atreva a levantar un poquito la voz»

Opinión
Lecciones británicas

Ilustración de Alejandra Svriz

El lunes hemos visto cómo el primer ministro británico, Sir Keir Starmer, anunciaba su dimisión de ese puesto y también del liderazgo del Partido Laborista. Recordemos que, con él a la cabeza, los laboristas obtuvieron en las últimas elecciones al Parlamento británico, el 4 de julio de 2024, 411 escaños del total de 650 que componen la Cámara de los Comunes: el mejor resultado en escaños de su historia.

Pues bien, después de haber obtenido ese extraordinario resultado, han sido los mismos laboristas, con un grupo de diputados al frente, los que le han forzado a dimitir por un cúmulo de razones que pueden resumirse en que en la atmósfera política del Reino Unido se respira cada día con más intensidad la sensación de que Starmer no está a la altura de lo que los ciudadanos exigen a su primer ministro. Y que, por tanto, puede conducir a su partido a unos resultados nefastos, como los que obtuvieron en las elecciones municipales del pasado mes de mayo, en las que los laboristas perdieron la mitad de los concejales que habían conseguido cuatro años antes.

Los laboristas que han exigido y conseguido la dimisión de su líder lo han hecho no por considerarlo un político corrupto, que ha utilizado el poder para promocionar a su mujer o para encontrar un puesto de trabajo a su hermano, ni por haberse rodeado de subalternos que hoy están o en la cárcel o a punto de estar, sino por considerar que con él están condenados a fracasar en las próximas elecciones, como les ha ocurrido en las pasadas municipales.

No es muy difícil estar de acuerdo con que, ante el desastre electoral de un partido, la responsabilidad mayor siempre será de su líder. Por el contrario, en España, que ya lleva más de ocho años bajo el régimen sanchista, su líder, ante los desastres electorales a los que va conduciendo a sus tropas, reacciona de manera radicalmente opuesta a la británica, con el curioso apoyo, al menos aparente, de esas tropas derrotadas.

Se vio con absoluta claridad cuando, en mayo de 2023, el PSOE obtuvo el peor resultado de su historia en unas elecciones municipales y autonómicas. A ninguno de los socialistas que entonces perdieron sus puestos se le ocurrió pedir que el partido llevara a cabo algo parecido a una autocrítica y, mucho menos, que el líder que les había llevado a ese desastre pusiera su cargo a disposición de la militancia.

Curiosamente, ese líder, con habilidad maquiavélica, lo que hizo fue convocar elecciones generales sin dejar que pasaran 24 horas. Unas elecciones que perdió, quedando por detrás del PP. Pero, aunque lo negó más de tres veces, cuando las convocó tenía un propósito no confesado: el de unirse a todos los partidos antiespañoles para así seguir en el poder. Seguir él en el poder, no como líder de los socialistas, sino como cabeza de todos esos independentistas, golpistas, racistas, comunistas y filoterroristas. Y le salió bien la operación, porque ahí le tenemos tres años después.

Entonces ya demostró que a él el PSOE le importa un bledo, si no es para poder utilizarlo en beneficio propio. Pero es que, en las últimas cuatro elecciones autonómicas, ha quedado meridianamente claro que el apoyo popular a los socialistas sigue en caída libre. Especialmente significativos han sido los resultados en Extremadura y Andalucía, dos feudos tradicionales de votos socialistas, que ahora se han quedado a casi 20 puntos del PP.

Pero a Sánchez eso le da igual, porque a él no le va a temblar la mano a la hora de hacer suyos los principios de cualquier partido que comparta con él la principal seña de identidad que ha logrado imprimir en sus filas: el odio a la derecha y el apoyo incondicional al conducator.

Pero lo que resulta increíble es que, ante la caída del apoyo popular al partido que estamos contemplando elección tras elección, no haya nadie en el PSOE que se atreva a levantar un poquito la voz para pedir que se pongan a analizar qué les está pasando y por qué los españoles cada vez se fían menos de ellos.

Por no decir que, si hubiera un mínimo de espíritu crítico, como el que los laboristas han demostrado tener, los socialistas españoles ya hace mucho tiempo que hubieran forzado a dimitir a ese líder que cada vez está más asediado por casos de corrupción. Pero es que el PSOE ya es un simple instrumento al servicio de su líder, que hace con los militantes lo que le da la real gana en todo momento.

Por su parte, los socialistas cada vez demuestran más claramente que el único móvil de su partido es impedir que en España haya un Gobierno de derechas y, sobre todo, que en España haya un Gobierno que pare los pies a los que quieren acabar con España.

No estaría de más que echaran una mirada a lo que está pasando entre los laboristas británicos, esos políticos que, hace muchos años, cuando el PSOE era socialdemócrata al estilo europeo, eran sus hermanos. Pero, claro, los miembros del Parlamento británico deben su puesto al voto de los ciudadanos de sus circunscripciones y no al dedo del líder que los pone en las listas y que, llegado el caso, puede quitarles de ellas.

Si en España el sistema electoral no fuera de listas cerradas y bloqueadas, sino que los candidatos fueran elegidos por los afiliados de cada circunscripción, que incluso podría ser uninominal sin tocar la Constitución, la sumisión de los diputados al líder no sería tal. Harían como los británicos: podrían cambiar al líder y elegir a uno que les representara mejor.

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