La fe como coartada
«Sánchez se ha abrazado al máximo representante de la Iglesia para desviar la atención del lodazal que le rodea. Hoy es el Papa, mañana se apuntará a otra causa»

Ilustración generada mediante IA.
El papa León XIV llegó a España con un mensaje que el mundo multipolar de hoy necesita escuchar: que la fuerza no es la medida de la justicia. En el nuevo orden internacional que Trump, Putin y Xi tratan de reescribir a golpe de amenazas comerciales y territoriales, la voz del Pontífice recordó que hay valores que no se negocian en aranceles ni se conquistan con misiles. En un mundo huérfano de referentes morales, la voz del Papa cobra una dimensión que va más allá de lo religioso.
Y es ese mensaje —el que interpela a Trump y a los nuevos depredadores del orden internacional, pero también el que reivindica la dignidad de todo inmigrante— del que Pedro Sánchez ha intentado apropiarse durante la visita del Papa a España. En plena tormenta judicial, ha querido presentarse ante el mundo como su gran valedor en un intento de rescatar el prestigio que fugazmente se ganó en la prensa internacional, enfrentándose a Trump y presentando su política migratoria como modelo ante el mundo. Los casos Zapatero y Leire han dañado últimamente su imagen internacional de gran estadista y esta visita era una oportunidad para rehabilitarla.
Es cuanto menos llamativo que la televisión y la radio públicas hayan dedicado 24 horas a cubrir la visita de siete días en un país aconfesional, gobernado además por una izquierda que siempre ha presumido de su distancia con la Iglesia. La cobertura no fue devoción: fue estrategia. Ya viajó al Vaticano el 27 de mayo huyendo de los escándalos. El presidente sin fe que se agarra a la fe cuando le conviene.
Marjane Satrapi pasó su vida denunciando a los líderes que usan lo sagrado como coartada para ejercer un poder siniestro. La célebre viñetista y cineasta iraní murió la semana pasada en París, con 56 años, sin que una gran parte de la izquierda occidental se dignara a lamentarlo. Era la autora de Persépolis, la novela gráfica en la que narró en primera persona lo que significa crecer bajo el régimen opresor de los ayatolás. Era también una de las voces más destacadas de Mujer, Vida, Libertad, el movimiento que sacudió Irán en 2022 tras el asesinato de la joven Mahsa Amini a manos de la policía de la moral. Probablemente la revuelta feminista más valiente de este siglo, protagonizada por mujeres y jóvenes dispuestos a jugarse la vida frente a un régimen cuya brutalidad el mundo pudo comprobar tres años después: en enero de 2026, en una nueva oleada de protestas, mató entre 30.000 y 36.500 personas en las calles.
Y, sin embargo, para una parte de la izquierda occidental su muerte apenas ha merecido un lamento. Es esa izquierda que prefiere hacer la vista gorda cuando el verdugo no es Israel ni Estados Unidos. Que defiende a las mujeres iraníes en abstracto, pero no puede nombrar al régimen concreto que las encarcela, las viola y las mata. Que llena las calles de kufiyas solidarias con Gaza, pero guarda silencio ante las ejecuciones en Teherán. La misma que acusó a Satrapi de islamofobia por ser crítica con el régimen criminal que le arrebató su país y su vida.
«Cada vez que la realidad amenaza con imponerse, el aparato despliega la misma respuesta: es la derecha mediática, es el ‘lawfare’»
Al fin y al cabo, se trata de adaptar la realidad a tus creencias ideológicas. Y la evidencia es siempre un estorbo. La izquierda identitaria ha construido una jerarquía de víctimas en la que el agresor solo puede ser Occidente, el hombre blanco o las derechas. Porque cuando el verdugo no encaja en esa taxonomía, la víctima desaparece.
Es un fenómeno bastante extendido entre los votantes que se dicen progresistas. Esos que en nuestro país prefieren ignorar la realidad para mantener su fe en el Gobierno de Sánchez. No importa que se acumulen los expedientes, los sumarios, las imputaciones. Tampoco que nadie haya asumido responsabilidad alguna por la Dana, el apagón, el accidente de Adamuz o el uso fraudulento del dinero público. Cada vez que la realidad amenaza con imponerse, el aparato despliega la misma respuesta: es una conspiración judicial, es la derecha mediática, es el lawfare, es la traición de unos cuantos subordinados al pobre Sánchez.
El sumario del caso Leire Díez revela una presunta trama destinada a «proteger al PSOE, al Gobierno y a su presidente». Marlaska negó primero cualquier reunión entre la directora de la Guardia Civil y Leire Díez, para verse obligado días después a admitirlas, visiblemente nervioso y con escasa convicción. ¿Mantendrán su fe en el Gobierno los creyentes socialistas? Todo apunta a que sí.
No parece preocuparles que el juez instructor del caso Plus Ultra haya documentado los turbios negocios de José Luis Rodríguez Zapatero con representantes venezolanos, el uso de testaferros y los viajes sospechosos. Tampoco que todo ello haya ocurrido a la sombra del derrumbe social y económico de Venezuela. El expresidente sigue siendo para muchos de ellos un gran estadista y un hombre de paz. No importa lo que digan los documentos; tampoco que las joyas encontradas en la caja fuerte de quien predica el desprendimiento de los bienes materiales que caracteriza a los socialistas hayan sido tasadas en 1,3 millones de euros. La fe no entiende de sumarios.
Pedro Sánchez se ha abrazado al máximo representante de la Iglesia para desviar la atención del lodazal que le rodea. Hoy es el Papa, mañana se apuntará a otra causa. Es una cuestión de necesidad. Marjane Satrapi dedicó su vida a denunciar a los líderes iraníes que usan lo sagrado para ejercer el poder y a sus fanáticos seguidores que condenan a la sociedad a perpetuar ese régimen. Nuestro presidente tiene la suerte de contar todavía con un buen número de fervientes feligreses. Y la pregunta es: ¿qué más tiene que pasar para que empiecen a dudar de su fe?