The Objective
Ricardo Dudda

Todo esto, ¿para qué?

«Convencido de que haga lo que haga, no sufrirá las consecuencias, Sánchez creyó que la gran operación de amenazas, sobornos y chantajes pasaría desapercibida»

Opinión
Todo esto, ¿para qué?

Imagen creada con inteligencia artificial.

El remedio se ha demostrado peor que la enfermedad. Cada vez queda más claro que la Kitchen del PSOE fue mucho más grave que los delitos que intentaba ocultar. Lo de Koldo no era moco de pavo, pero lo que desencadenó realmente la Operación Leire fue el caso Begoña Gómez, que en el fondo son peanuts. Pero tocaba la fibra familiar de Sánchez. De ahí su orden de «limpiar» todo. La operación resultó siendo excesiva, en la que estuvieron involucrados desde la directora de la Guardia Civil hasta ministros, y al final ha resultado inútil. Tanto esfuerzo para nada. 

Lo que quizá sí que funcionó fue la intoxicación mediática. Ahí el Gobierno no tiene déficit de colaboradores. En una conversación entre Jacobo Teijelo, abogado y colaborador de Santos Cerdán, y la fontanera Leire Díez, Teijelo dice que tiene una lista de «61 periodistas habituales» a los que manda información. Las listas de políticos compartiendo información a periodistas son algo común: de algún lugar tendrán que sacar la información y las exclusivas. Lo que se intuye aquí, en cambio, es algo más siniestro: cierto colaboracionismo con las cloacas. (Si ya está confirmado el nombre de Pere Rusiñol, semiconfirmado el de Joan Guirado del ABC, falta por ver qué papel tuvo alguien como Pedro Vallín, ex La Vanguardia, en la trama, o si realmente estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado). 

La intoxicación mediática funcionó también gracias a una masa gris de la opinión pública que ha comprado la máxima que menciona Jorge Semprún sobre el PCE en su célebre Autobiografía de Federico Sánchez: «Es mejor estar equivocado dentro del partido que tener la razón fuera de él». Su adaptación sociológica es: es mejor estar equivocado dentro de la izquierda que tener la razón fuera de ella. Porque en esta opinión pública tan infantil y unidimensional, no se pueden ser dos cosas a la vez: no se puede ser de izquierdas y criticar a un partido de izquierdas. Luego hay malabarismos fascinantes como los que suele hacer Rufián cuando alguien de izquierda es imputado o condenado o se le descubre el pastel: ¡tan de izquierdas no sería! 

Pero, de nuevo, ¿para qué tanto esfuerzo de encubrimiento, de manera tan poco sutil, involucrando a tanta gente y, además, a personas a las que claramente les falta un hervor? Pensaba lo mismo con el caso de Álvaro García Ortiz: ¿tanto esfuerzo político y mediático para defender una filtración del novio de Ayuso? Se me ocurre una explicación, y tiene que ver con la hegemonía del sanchismo, que se ha creído su propia propaganda. El Gobierno no ha tenido nunca que dar muchas explicaciones sobre sus desmanes, y no ha sufrido una penalización por su secretismo y discrecionalidad. Al fin y al cabo, lleva ocho años en el poder, y actuando más o menos así desde el primer día. 

«En esta opinión pública tan infantil y unidimensional, no se puede ser de izquierdas y criticar a un partido de izquierdas»

Convencido de que haga lo que haga, no sufrirá las consecuencias (como la frase de Trump y la Quinta Avenida: «Podría plantarme en la Quinta Avenida y disparar a alguien y no perdería ningún voto»), se creyó que la gran operación Watergate de obstaculización de la justicia, amenazas, sobornos, chantajes y compra de voluntades pasaría desapercibida o que, al menos, si se acababa desvelando, podría neutralizarla y, en el fondo, no pasaría nada.

Y aquí viene algo absolutamente deprimente: no creo que quien votó a Sánchez el 23-J tenga ningún reparo en volver a hacerlo. Muy posiblemente se esté produciendo un trasvase de votos, pero todavía queda mucho tiempo. Ahora viene el verano, nos olvidamos, Sánchez hace el paripé de que le tumban los presupuestos, empieza a vender que la excepcionalidad del país no es por la corrupción, sino porque la derecha no le deja gobernar… Y así podemos aguantar unos meses más. Y en nada nos plantamos en las elecciones de 2027.

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