El virus de la palabrería
«A los españoles siempre nos ha encantado escribir mucho para decir pocas cosas. Una buena frase literaria es aquella llena de subordinadas, de largas perífrasis»

Ilustración generada mediante IA.
En el último año, me he percatado de un nuevo virus que asola a la literatura contemporánea en español: la palabrería. No es un fenómeno nuevo, claro. Y, en general, a los españoles siempre nos ha encantado escribir mucho, es decir, usar muchas palabras para decir pocas cosas. Una buena frase literaria es aquella llena de subordinadas, sinónimos, largas perífrasis. Pero en este caso, con palabrería me refiero no a barroquismo, sino a una verbosidad repetitiva exasperante muy común en la literatura guay contemporánea.
Todas las novelas contemporáneas guays tienen pasajes así: «Me gusta comer. Me gusta mucho comer. Comer es lo que más me gusta. Y zampar, engullir. Es algo que no solo me gusta, sino que me encanta. De hecho, me vuelve loco, comer. Si no como, me muero. Perezco. Desaparezco. Me muero si no como. Y la muerte me da miedo. Me asusta. Me da pavor. La muerte me da pavor. Mucho. Mucho pavor». Esto me lo he inventado, y es claramente una exageración, pero todo el mundo escribe así hoy. Jon Fosse no es un autor nuevo ni español, pero sus obras tienen pasajes parecidos: «Veo gaviotas todo el tiempo. Y quiero ver gaviotas todo el tiempo. No quiero ver nubes, ni barcos, ni gente, solo quiero ver gaviotas, quiero ver gaviotas una y otra vez, quiero ver gaviotas, grandes bandadas de gaviotas, e intento lo mejor que puedo solo ver gaviotas, cuando se posan en un escollo, cuando vuelan por el cielo, cuando se sumergen y atrapan algo».
Aquí un ejemplo nuevo, de autor que escribe en español en editorial prestigiosa: «No me di cuenta de que en el micro (porque estaba, claro, en un micro), y más concretamente desde el pasillo (porque el micro contaba, claro, con un pasillo), había alguien (porque, claro, había alguien) que me hablaba. Había alguien, sí, en el pasillo del micro, que se dirigía a mí, que me hablaba. ¿Y quién era? No lo sé, una chica, una chica que no conocía y que, sin embargo, se dirigía a mí y me hablaba». Con esa estrategia te sale rápidamente una novelita de 120 páginas sobre NADA.
Otro caso de, también, editorial literaria prestigiosa. Este fragmento sí que es cursi, o engolado, pero lo que me interesa aquí es la palabrería: «Quisiera decir que me preparo para encontrarme, finalmente, con mi destino, pero he dormido poco: estoy demasiado cansado como para impostar ese aire de trascendencia con el que maquillo mi confusión».
¿A ningún editor le pareció un despropósito la construcción «quisiera decir que me preparo para encontrarme, finalmente»? Es como caerse por las escaleras.
Hay un exceso de palabras, explicaciones y enredos, porque lo literario es el enredo. Escribir claro y directo es para peritos o notarios (o ni siquiera). ¡Los artistas escriben mucho! Y mucho escriben.