The Objective
Fernando R. Lafuente

Un discreto festín japonés

«La cuarta entrega de la saga familiar, gastronómica y policíaca de Hishashi Kashiwai mantiene la espiral de belleza, sencillez y misterio de las anteriores»

Opinión
Un discreto festín japonés

El odontólogo y escritor japonés Hishashi Kashiwai. | © Ami Kuroishi

Los sabores secretos de la Taberna Kamogawa (2026) es la cuarta entrega (al menos en España) de una saga familiar, gastronómica y policíaca. Su autor es Hishashi Kashiwai (Kioto, 1952), un tipo que estudió en la Universidad de Osaka Odontología, ejerció en Kioto y un día descubrió una mina literaria en la Taberna Kamogawa. La editorial Salamandra tuvo el acierto de traducir unos libros que en Japón habían obtenido un éxito muy particular. Y Kashiwai logró que la saga se adaptara a una serie de televisión por NHK TV. Ahí es nada. Menuda audiencia.

Para quien descubra por primera vez a este autor y estos libros, conviene recordar que la primera entrega en español se publicó en 2023, Los misterios de la Taberna Kamogawa; como la cosa funcionó, lectores y crítica, apareció un año después la segunda, Las deliciosas historias de la Taberna Kamogawa; y como parecía que a cada nuevo título los lectores crecían, se convirtió en fijo y así, en 2025, Las recetas perdidas de la Taberna Kamogawa había logrado un buen número de lectores deseosos de viajar, en las páginas, a Kioto y vivir con los protagonistas las aventuras, las búsquedas y los descubrimientos de unas novelas policiacas que cambian la investigación criminal por investigación gastronómica.

Como propuesta, sobre todo a las gentes para las que esto de comer no sea una mera función sin pasiones, sino una manera de entender la existencia, les deslumbró. Y no era para menos. Lo que busca cada cliente que llega a la Taberna es un determinado plato. Los motivos son múltiples, pero todos con un referente: el recuerdo de aquella vez que probó ese plato y lo que significó para su vida tal alumbramiento. Sí, en busca del plato perdido, otros buscan el tiempo. Y aquí comienza lo bueno. La Taberna, desde fuera, desde la calle, Shomen-dori, es una vieja casa de dos plantas, no tiene ningún letrero que anuncie lo que uno se encontrará ahí dentro. Los que llegan, lo hacen a través de un enigmático anuncio en la revista Ryori-Shunju, o a través de una recomendación. Cada entrega suele contener seis historias que presentan el mismo esquema, y lo curioso es que al lector esa repetición no le cansa, sino que le estimula y le hace sentir a Nagore, el cocinero y buscador de los platos solicitados, y a su hija Koishi como de la familia.

El cliente llega, como llega desde las más recónditas poblaciones de Japón, o del mismo Tokio, le recibe Koishi, que se presenta como la directora de la Agencia de Detectives Kamogawa. Habrá que advertir que Nagare antes fue policía, comisario o algo semejante. Nada más acceder al local, el recién llegado (los personajes varían entre mujeres y hombres, de diversas edades, nivel económico, profesión y demás) es atendido por padre e hija. La hija les ofrece las bebidas, para los valientes o las valientes, sake; para los moderados, té y, en muy pocas ocasiones, cerveza o vino. Nagare se retira a la cocina y prepara unos platos, digamos de bienvenida, como tarjeta de presentación, sólo reproducir cada uno de esos platos nos llevaría, primero al cielo de la comida, al restaurante celestial cerca del Paraíso, y se comerían, nunca mejor dicho, estas páginas, pero el deleite es sobrehumano, para decirlo en términos coloquiales, bestial.

A quien le guste disfrutar comiendo, estos son sus libros. Esta cuarta entrega sigue en la espiral de belleza, discreción, sencillez y misterio de las anteriores. Bien, el comensal se pone las botas, no se cree lo que está comiendo. Nagare, en esto es un poco brasas; le explica, con minuciosidad, cada plato, no solo el contenido, sino el continente: las tazas son de tal, la vasija es de cuál, y todos de una delicadeza artesanal que emociona.

«Las historias son un catálogo de la vida contemporánea, que provocan en el lector un interés tan intenso como el del propio cliente»

Una vez que el cliente ha quedado satisfecho, y de qué manera, con esta grandiosa entrada, Nagare le acompaña al final de un estrecho pasillo, en donde figuran en sus paredes, fotografías de infinidad de platos cocinados por el propio Nagare o recogidos para futuras entregas, a un pequeño despacho donde espera la directora, Koishi. Ésta le hace rellenar un formulario y le pregunta el objeto de su visita y el plato que desea encontrar y, por ello, que le preparen en su próxima visita. Y es aquí en donde entra el novelista a saco. Porque las historias son un catálogo de la vida contemporánea, sea japonesa, sea de cualquier lugar, que provocan en el lector un interés tan intenso como el del propio cliente.

¿Conseguirá Nagare cocinar ese plato perdido, añorado, apenas recordado, querido, que le solicitan? No se detenga el lector en esa oscura desconfianza que puede surgir en una primera lectura por lo esquemático de cada historia, de la matemática sucesión de escenas, repetidas en cada una de las búsquedas, porque pronto descubrirá el aura, la magia, el desvelamiento de la intriga, los pasos, firmes y seguros, que Nagare, viajando a las más dispares poblaciones, y restaurantes, tabernas y ryo-kan, reconstruirá el plato requerido.

¿Cómo se recuerda? El olor, el sabor son elementos característicos de la memoria. Uno camina por una calle y, desde una ventana, un balcón (ya casi esto en las megalópolis en las que vivimos ni sucede), sale un olor que hacía tiempo, tanto tiempo, no había vuelto a gozar, sentir. De inmediato, la memoria se pone en marcha; lo que uno ha tenido dormido en el largo tiempo, nace, crece, se dispara, ya no es el olor, es todo lo que rodeaba a ese olor: familia, amigos, amantes, matrimonios, anhelos, sueños, tristezas. Sí, el asunto posee unas soberanas dosis de melancolía, pero es una melancolía gozosa cuando Nagare ha conseguido, sabor a sabor, entregarle al cliente lo que buscaba. Porque, sucede, que los clientes las más de las veces buscan un imposible: aquel plato familiar, aquel que eligió en una fecha memorable, porque detrás de cada querencia, de cada plato, está la vida, la vida no solo de quien lo busca, sino de las circunstancias y las gentes en torno a ese momento. Volver a vivirlo.

En el volumen recién publicado son seis las búsquedas: una infancia lejana, en una sopa de miso; un onigiri, en el eco de una fatal despedida; un cerdo salteado al jengibre, tras los laberintos, las profundas heridas, pero también los grandes momentos de un amor imposible; unos fideos fritos, buscan aunar una relación familiar rota, desgarrada, cruel, y pareciera que es una hazaña heroica restaurarla; o un pollo frito que trae la imagen, las palabras, la generosidad, la bondad de un maestro y, quizá lo más conmovedor, y la que cierra el volumen: unos sencillos macarrones gratinados que harán ver cómo el perdón también forma parte de la realidad.

Seis historias contadas de la misma manera y, sin embargo, radicalmente distintas, tanto en los personajes, como en sus maneras y en su forma de contemplar la realidad. Ese es el verdadero hallazgo narrativo del odontólogo de Kioto, Hishashi Kashiwai. Tal y como están las cosas, y quién sabe si no irán a peor, uno querría instalarse en la discreta Taberna Kamogawa, y con Nagore, Koishi, el altar dedicado a Kikuko, la mujer fallecida de Nagore y madre de Koishi, y el gato Hirune, ver pasar la vida y darse un discreto festín japonés. Lo demás puede que sea, sencillamente, silencio.

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