The Objective
Fernando R. Lafuente

Más reales que los de verdad

«Surgieron de la imaginación del escritor, pero le superan, le resisten y ahí permanecen y duran al paso de los años y, para los más notables, de los siglos»

Opinión
Más reales que los de verdad

Ilustración generada mediante IA.

En Mi prosa (La Jornada Semanal, México, publicado el 16 de junio de 1996), se recuperaba este texto de Borges, tomado de una conferencia, en el que uno lee: «Desde luego, hay personajes que viven unas pocas líneas, pero viven para siempre». Esto, a diferencia de los personajes reales, los de verdad, que, lamentablemente, no vivimos para siempre. Sin embargo, los personajes de ficción, los que verdaderamente han sobrevivido al tiempo, las modas, las manías, las obsesiones y los delirios, a los que nos tiene acostumbrados eso que llaman la realidad de verdad, siguen en la memoria del lector y de generaciones de lectores. Son los mismos que surgieron de la imaginación del escritor, pero le superan, le resisten y ahí permanecen y duran al paso de los años y, para los más notables, de los siglos. 

La nómina es tan extraordinaria como inútil de mencionar porque cada lector conserva en su memoria a tales personajes y le acompañan más, mucho más, que los que ha conocido personalmente a lo largo de su vida. Sí, es un hecho misterioso, pero más real que todas las realidades que uno pueda llegar a vivir. Y he ahí el misterio. Volvamos a Borges y al texto citado: «Ya conocemos a Don Quijote, ya conocemos a Sancho, ya conocemos a sus enemigos, lo demás no importa. Lo importante es el diálogo, que no siempre es un diálogo de palabras, sino de silencios o de hechos y hasta de pequeñas hostilidades también, el diálogo de esos dos amigos». Un diálogo. En buena parte, la historia literaria es un diálogo ininterrumpido del autor con el lector. El formidable escritor mexicano Julio Torri (1889-1970) es el autor de un libro, Diálogo de los Libros, publicado póstumo en 1980 por Fondo de Cultura Económica. Una miscelánea de lecturas y, también, se incluye parte de la correspondencia que Torri se cruzó con otro genial mexicano, Alfonso Reyes (1889-1959). Sin olvidar un libro deslumbrante de Torri como es De fusilamientos (1940, edición española de Ave del Paraíso, 1996). 

Regresemos al citado Diálogo de los libros, porque en él se establece un hecho literario en un doble sentido: el diálogo de los libros entre sí y del libro con el lector. Al establecerse este diálogo es cuando, digamos en la novela, en los relatos, los personajes surgidos de la imaginación son ficción y, sin embargo, queda en el lector una cercanía, una mágica proximidad con todos ellos. Un gran lector de Torri, el Nobel mexicano Octavio Paz (1914-1998), confesó: «Escribir es dialogar con el mundo, con el lector y conmigo mismo, y el diálogo es lo contrario del ruido que nos niega y del silencio que nos ignora». Personajes creados por un autor, en un tiempo y en un lugar determinado, se distancian de la propia biografía del autor, de sus querencias y de su vivir cotidiano. Y uno se pregunta cómo es posible que ciertos autores hayan creado tales personajes cuando en la realidad de verdad, tales autores no muestran, en sus declaraciones, en su conversación, el grado de complejidad, de pasión, de claroscuros fascinantes de sus personajes. 

Es habitual que el personaje surgido de palabras y palabras, una detrás de otra, sea más real que el autor que los creó. Valga la broma. Inocente. Cuántas decepciones ha causado este hecho. Pero tampoco hay que pedir genialidad a la vida cotidiana. Hay escritores que trataron de convertirse en sus personajes, pero la paradoja es divertida: de tanto querer parecerse a sus personajes, el autor, en su intento de semejarse, los anulaba y resultaba más atractiva su vida que su escritura y al revés; gentes discretas, sencillas, las más de las veces ocultas en su propia intimidad, generaban un paraíso literario en torno a las voces creadas. Esos personajes nos acompañan una y otra vez, dialogamos con ellos, les pedimos consejo, siempre están ahí, en las páginas, no recelan de nada, se les llama y se les encuentra y cambian con el tiempo, porque quien los lee no siempre es el mismo que los leyó por primera vez.

Así como un número curioso de autores hacen de sus personajes lo que ellos querrían ser, sin conseguirlo, claro. Y se nota. Demasiado. Ahora que están de moda los premios millonarios, en literatura se entiende, propongamos al lector un juego íntimo: cada uno elabore la lista (es tiempo de listas, y de listos, pero esta es otra historia), si le apetece y le viene en gana, de esos personajes que le acompañan desde sus primeras lecturas y han significado más, mucho más, que sus gentes más cercanas (familia, amigos, enemigos). Un ejercicio de memoria, tal vez melancólica, pero con cierta distancia teñida de una modesta ironía. Porque, al cabo, son más, mucho más reales —por lo que entendemos, y así nos enseñaron— que los de verdad. Siga la rueda, pero, sobre todo, siga el diálogo. 

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