El libro que palpita
«Miguel de Cervantes dijo que su pasión por leer era tanta que leía hasta los papeles rotos que el aire arrastraba por las calles»

Imagen generada por la IA.
Cuando acudía a mi abuela nonagenaria para pedirle dinero era porque ya todas las restantes fuentes de largueza familiares habían sido convenientemente esquilmadas. «Pero, hijo, si acabo de darte… si ayer mismo… A ver, ¿para qué quieres dinero?» No merecía la pena tratar de inventar un objeto deseable; el mismo de siempre bastaría. Además, me divertía cuando repetía con escandalizado asombro el nombre de mi permanente objeto de concupiscencia: «¿Un libro? ¿Otro libro?» Y después, el eterno e inevitable lamento: «Pero si ya tienes muchos…».
A ojo de abuela, tenía mucha razón. Mi consumo de libros era exagerado para mi edad, o para cualquiera. Planteaba un problema ocupacional: si ya estás leyendo un libro, ¿para qué quieres otro? Además, ella sospechaba —y no le faltaba del todo razón— que las diferencias de contenido entre unos libros y otros no justifican su multiplicación ilimitada. Yo ni siquiera he tenido la excusa de ser coleccionista, de querer guardar todos los volúmenes de tal formato o tal autor. Tengo amigos admirables de mi ya exagerada edad que guardan todos los Salgaris de Molino o los de Agatha Christie, como si fuesen reliquias traídas de Tierra Santa.
Yo no apreciaba menos que ellos mis ejemplares, pero solo mientras estaban en trance de lectura; una vez concluidos, me deshacía de ellos cuanto antes. A buscar otro, enseguida, otro para esta noche… Mi abuela —¡Dios haya premiado su celo en hacer feliz a su nieto mayor!—, además de ahorrar, quería archivar todo lo posible. Le hubiera gustado saber que a su edad (bueno, algo menos, tampoco hay que exagerar) yo aún guardaba los libros que conseguí gracias a su generosidad. Pues no, lo siento, pero no ha sido así.
No he valorado las colecciones de obras completas (solo las de Sherlock Holmes, en Joya de Aguilar), me traen sin cuidado las valiosas primeras ediciones, ni las finas encuadernaciones en marroquín o como se llamen, ni los ejemplares firmados de puño y letra por los autores que, por lo demás, admiro… pero cuando escriben, no cuando firman. Lo siento, abuelita, pero tú sospechabas la verdad, la inconfesable verdad: a mí no me gustan realmente los libros, encuadernados o desvencijados, coleccionados o sueltos como cabritillos en un prado; a mí los libros y su presentación me dan igual, lo que me gusta es leer. ¡Leer! Y después, tirar el libro usado y buscar otro.
Pero en modo alguno esto significa un menosprecio definitivo por el libro. Porque para mí la lectura y el libro se implican. Miguel de Cervantes dijo que su pasión por leer era tanta que leía hasta los papeles rotos que el aire arrastraba por las calles. No quiero ser menos, aunque mi vista defectuosa pone una serie de exigencias para que yo pueda leer algo. Pero, sobre todo, se impone que el libro, cualquiera que sea su formato, materializa el hecho de leer.
Entre el vicioso lector y la inmensidad de los libros hay un vínculo concupiscente que nada puede romper ni agotar. Los libros son el agua, cuya existencia agradecemos infinitamente, aunque en ese momento no tengamos sed. Quizá este vínculo entre nuestro vicio y nuestra droga delata un tipo de lector especial, que puede estar a punto de dejar de existir. ¿Se enamoran hoy los jóvenes o, aún más, los niños de los libros que los acompañan o los acompañaron?
Para mí, que tan importantes fueron ciertos trayectos cotidianos de autobús o metro para concluir algunas lecturas decisivas (¡Jorge Luis Borges menciona en diversas ocasiones los viajes en autobús a los que debe la Divina Comedia!), es hoy una decepción más ver que casi nadie lee en los transportes públicos. La gente va concentrada en sus pantallas, mayores o menores, y me da la impresión de que las manejan con una fluidez que ya han perdido con las hojas de papel.
Bueno, qué más da; en todo caso se trata de leer, me dirán… pero no estoy completamente de acuerdo. Las pantallas se ofrecen a quien las lee de un modo eventual, como de paso o de refilón. A mí me parece que en la pantalla es el texto el que se lee a sí mismo, y el que ocasionalmente lo lee lo hace como fisgando, como quien se asoma casi disimuladamente a mirar por encima del hombro de otro. La página impresa nos reclama y también nos hace sentir que le debemos cierto tipo de respeto: todo libro que sostenemos en nuestras manos se convierte en un devocionario…
Las pantallas existen y funcionan aunque no tengan a nadie como testigo. Pero el libro se alimenta de nuestra sangre: palpita con ella. Cuando nos abrimos a un libro, es para que corra por nuestro interior. «Toma y lee», exigió el sueño sagrado a San Agustín. Podría haber añadido: «Déjame leerte».