The Objective
Fernando Savater

La madre del sueño

«Me conformo con la vulgaridad con tal de poder dormir de un tirón mis siete horitas y despertarme no ansiando el Premio Nobel»

Opinión
La madre del sueño

Ilustración generada con IA.

Todo empezó hace pocas noches. Me llegó por fin lo más temible, eso que merece más que nada el calificativo de «horror» que prodigamos con insípida ligereza. Llegó el insomnio. Claro que había oído hablar del monstruo a temblorosos supervivientes o fanfarrones vanidosos, sobre todo a grandes escritores de los que se decía que debían su talento al mal dormir… Pues bien, yo me conformo con la vulgaridad (a veces el mayor talento es saber renunciar a él) con tal de poder dormir de un tirón mis siete horitas y despertarme no ansiando el Premio Nobel, sino mi ración de churros. Pero cuando me tocó el desafío, reconozco que me vine abajo. O, mejor, arriba, porque soy incapaz de permanecer en la cama, a oscuras y sin pegar ojo.

En ese rato aborrecible vuelven una y otra vez las peores imágenes y los lemas más pegajosos, como un tornillo rebelde que se resiste sin cesar a ocupar su hueco establecido. Y el torturado siente además como una oscura culpa por no poder acceder a un beneficio tan común. ¿Cuál es mi pecado, mi culpa? Comprendo que Macbeth se sintiera señalado por alguna divinidad vengativa, pero hay que admitir que se trataba de un ambicioso asesino con todos los agravantes que ustedes le quieran poner. Además, se iba de brujas todas las noches…Su temible mujer, que sin duda tenía acierto para las metáforas, le recomendaba el sueño como el mejor condimento de toda naturaleza humana. Lo es, sin duda lo es, pero no puede adquirirlo el primero que pase por cualquier herbolario.

Los castigos que nos impone Dios suelen ser tan sencillos como crueles. Llega la noche, se acaban las series en la tele, todo el mundo se va a la cama y a ti también es éso lo que te apetece hacer. Pero ni modo, como decimos los mexicanos, al sueño no llega así porque sí cualquiera, hay que tener el debido pase pernocta. ¡Macbeth ha matado al sueño, al dulce sueño! ¡Ya no podrá dormir en sus brazos cada noche, a despecho del trueno! Vaya, pues va a ser éso. 

Como no tengo hechiceras a mi servicio, y bien que las echo de menos, debo intentar procurarme potingues atontadores que me dejen medio sonado, como si me hubiesen concedido algún premio literario de mucho peso (en oro) y poca monta, de los que tantos hay. Y en efecto, los potingues, que suelen hacerte polvo el estómago, te atontan, incluso te atontan mucho…pero no te duermen. La única cosa peor que el insomnio es quedarte atontado aunque despierto. Ya saben, como…XX, o como …XXX, pero… me callo, no vayan a confundirme con un Macbeth en alpargatas.

Debe haber sin duda somníferos casi perfectos, opios arábigos que nos zambullen en los mares de las Mil y Una Noches sin casi darnos ocasión a notar ese dulce secuestro. Existirán, sin duda, pero ¿dónde?, ¿cómo encontrarlos cuando justo no son necesarios? Es entonces, sudoroso y enrollado en las sábanas retorcidas, prensiles como boas descarriadas, cuando recuerdo las noches estremecedoras de mi infancia. ¡Que miedo pasaba entonces! Ahora temo no poder dormirme, pero entonces mi pánico era hundirme en las arenas movedizas de las pesadillas que acechaban: el dibujo siniestramente realista de un cadáver en descomposición que había visto esa mañana ilustrando un relato en el ABC, los ojos llameantes que brillaban en el interior de una cueva mandándome una llamada que no podría rechazar, la silueta irrefutable de un gran tiburón blanco fotografiado sobre fondo negro en una enciclopedia zoológica de la biblioteca paterna. No había modo de librarse de esos visitantes nocturnos. Yo exigía con escalofríos de psicópata que mis padres (que dormían en la habitación contigua con la puerta abierta) mantuviesen encendida sin pausa la radio de su mesilla. ¡Cuántos programas de Tip y Top (calle, eran así, yo les conozco desde mucho antes que usted), del Zorro zorro zorrito, de Bobby Deglané, de José Luis Pecker, he podido tragarme! Y dando gracias al cielo porque seguían sonando y sonando, a veces acompañados de una leve risita de mi madre y siempre con el bajo ostinato de los enérgicos ronquidos de mi padre. La noche seguía avanzando y yo me dejaba tragar por ella.

Pero había noches en que las voces de la radio se apagaban y yo seguía pavorosamente despierto. Me revolcaba con furia en el jergón revuelto, chapurreando maldiciones mientras el silencio crecía. Entonces aparecía mi madre, cerrándose la bata con un toque pudoroso. «A ver –decía- que te pasa, tonto…Pues ¡vaya grandullón que estás hecho!» Y yo pensaba sin alterar el silencio: «Sí, soy tonto, y no tengo nada de grandullón, pero ¡cuánto te quiero!». En ese momento ella, mi bruja buena, recurría a una botellita azul que llevaba en la mano. «Verás cómo esto te alivia, me decía con tono sacramental, es agua de azahar. ¡Relaja los nervios!». Yo me tomaba un traguito del liquido perfumado, como quien recibe el antídoto a todos los venenos. Después mamá me arropaba y me besaba en la frente, murmurando: «anda, tontín. Pero si serás tonto…». Luego supe que, como a tantos tontos, me salvó el azar.

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