The Objective
Fernando Savater

Andante giocoso

«¿Somos un pueblo sombrío, en perpetua discordia, con el alma permanentemente desenfundada contra el vecino o, peor, contra el hermano?»

Opinión
Andante giocoso

Ilustración de Alejandra Svriz.

¿Somos un pueblo sombrío, en perpetua discordia, con el alma permanentemente desenfundada contra el vecino o, peor, contra el hermano? Emil Cioran definía al contemporáneo como el semejante que, antes de nada, queremos exterminar… A veces he proferido parecidos autoimproperios, porque se aburre uno de ser infeliz y quisiera, por un rato, permitirse el lúgubre lujo de ser terrible. La verdad es que no me lo creo. Los españoles somos maleducados, pero en general simpáticos (me incluyo en lo peor del lote); sus mujeres no suelen haber perdido del todo el sentido carnal del pecado, sin el cual la lujuria es la rama menos alegre de la gimnasia rítmica.

En cualquier caso, no nos detestamos unos a otros en mayor medida que la media del resto de los seres humanos. Nuestro mayor problema social es que nos parecemos demasiado unos a otros, por lo cual siempre estamos buscando abismos insalvables, culturales o psicológicos, entre la parentela. Si no fuese por el pluralismo lingüístico (que tampoco es para tanto: todos entendemos una franca lingua castellana con ligeras variantes, menos los versolaris más arriscados), no habría forma humana de distinguirnos. La mayoría de nuestras enemistades más acerbas viene de los sesgos compartidos: creo que fue Miguel de Unamuno, mejor psicólogo de lo que se le supone, quien señaló que la envidia también es una forma de parentesco…

O sea que demasiado insistir en las polarizaciones que nos oponen viene a ser, a fin de cuentas, perder el tiempo. Escupir al prójimo equivale a escupir al cielo: siempre recae sobre nuestro rostro. Más vale buscar diferencias concretas en cuya gestión diferir del prójimo, porque, si no, vamos a dar siempre conciertos monotonales que, por mucho empeño polémico que le echemos, suelen ser insufriblemente aburridos. Imponer nuestra prioridad sobre los demás es lo que se ha llamado toda la vida mala educación. Años después de haberme jubilado, las alumnas aún me recordaban (yo también me acordaba de ellas) por mi curiosa costumbre de cederles el paso al llegar a una puerta, en lugar de atropellarlas y pasar delante. Hoy, por lo visto, eso es un micromachismo, pero la preferencia nacional se impone como un micropatriotismo.

Hay que ceder el paso: así son las buenas maneras. Xavier Rubert de Ventós decía que los españoles perdemos el tiempo cediéndonos intransigentemente el paso al salir del retrete, pero lo recuperamos después abrochándonos la bragueta en el pasillo. Actualmente, las cuestiones de educación en España se reducen a temas de edad: nadie de mis años se prioriza ante una señora en una puerta, pero en cambio los jóvenes lo hacen sin darse cuenta porque van mirando al móvil. Yo creo que la caballerosidad y el civismo son más importantes que la identidad patriótica: hasta que no aprendan eso —o, mejor, hasta que no se convierta en un automatismo para ellos—, me será muy difícil creer en el españolismo de Vox.

Seamos por una vez optimistas. Creo firmemente que estamos apurando los últimos sorbos del sanchismo. El hecho de que los que están del lado bueno de la historia —o sea, los cretinos irrecuperables que se rigen por la posición de Donald Trump como los girasoles por la del astro rey— hayan alzado a nuestro Periquito a Némesis de La Bestia (como llama siempre a Trump el único periodista más bobo que hay en España) indica que ya no queda mucho en la kermesse. El presidente yanqui vive en tal globo que no sabe si echar a España de la OTAN o irse él, para que aprendamos. Sinceramente, creo que ya es hora de comenzar a tomarnos a broma esta comedia, aunque con todo el respeto que nos sigan mereciendo los heroicos ucranianos o los inmigrantes que arriesgan su vida en chalupas de fortuna que tanto asustan a las huestes de Santiago Abascal.

Vamos a tener que aprender a reírnos de nuevo de tantas cosas que lo merecen… Nos hemos acostumbrado ya a vivir en un orden político institucional por el que nos movemos tongue in cheek. Pero ni Sánchez, ni Donald Trump, ni siquiera Vladimir Putin son jefes de Estado que merezcan ser tomados en serio. Pueden ser temidos por su capacidad de cometer disparates, pero van a ir siempre a rastras de su tiempo. La IA, que nadie sabe competentemente manejar, seguirá jugando con ellos y, de paso, ay, con todos nosotros.

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