The Objective
Tadeu

Supertrump en su Calvario

«La pregunta de nuestro tiempo no es pues cómo volver al mundo de ayer sino cómo imaginar el mundo de mañana sin Trump que no sea el regreso a la barbarie…»

Opinión
Supertrump en su Calvario

Ilustración de Alejandra Svriz.

Está tardando en darse cuenta Trump de que con la religión hay que ir con cuidadín en los Estados Unidos por Dios de América. Como buen gallina, se abstiene de burlarse del dios de los mahometanos, mucho petróleo en juego. Pero sus chanzas iconoclastas sobre el catolicismo («Habría querido ser el Papa», «No soy fan de León XIV», sus memes memos iconoclastas, etc.) no las va a poder redimir posando de nuevo en el Despacho Oval en una sesión de espiritismo en grupo. Se le nota demasiado el cartón. Y es que Trump, por su vida truhanesca, sea probablemente el menos religioso de todos los presidentes americanos recientes. 

La factura a tanta burla se verá en noviembre, probable monte Calvario para él y su partido. No es que solo lo estén criticando en el llamado mundo MAGA ultraconservador y entre los influencers afines, es que sectores también moderados y de orden empiezan a no reírle las gracias por esto y… por lo otro: lo otro es que sus políticas son erráticas, pasando del ICE al hielo de Groenlandia, y del canal de Panamá al estrecho de Ormuz. En Ucrania ni está ni se le espera. En Venezuela alarga la atroz dictadura. Y de Cuba solo cabe esperar, en el mejor de los casos, un postcastrismo sin elecciones.

Tal vez sus políticas sean buenas a corto plazo para su familia, para su clan, para sus amigos, con mucha información privilegiada y toma de control de haberes internacionales; pero no parece que lo sean para su América First. Es hora de reconocer que si bien —como un reloj averiado acierta la hora dos veces— alguna de sus iniciativas pueden suponer un acierto acotado (el mundo es mejor con un Maduro entre rejas y muchos ayatolás en el infierno), su comportamiento es básicamente mafioso, y como tal trata a sus adversarios (y, lo que es peor, a sus aliados): entre la amenaza y el pacto entre villanos. Lo de promover la democracia o liberar de dictaduras a pueblos oprimidos era un cuento chino, nunca mejor dicho; y menos mal que la juventud venezolana e iraní siguen sin bajar a la calle. Pero a lo mafioso se añade lo irracional e imprevisible. Y los mercados temen más a esto último que a nublado.

Muchos creen que el mundo ha cambiado dramáticamente (en las acepciones española y anglo) desde el segundo mandato de Trump, y no les falta algo de razón. En muchos aspectos pareciera que volvemos a los fanatismos de entreguerras, aunque el comunismo, el anarquismo y el fascismo se hayan travestido hasta hacerse casi irreconocibles. El problema existencial para Occidente es cómo aguantar los años que quedan a la espera de que vuelva la cordura a la Casa Blanca, con uno u otro partido, sin que los boquetes que está causando en el orden internacional esta presidencia inefable sean irreparables.

En esto parece por fin que empiezan a estar la Unión Europea y el Reino Unido, amén de Canadá, que fue de los primeros en cobrar conciencia y hacer frente. La pregunta de nuestro tiempo no es, pues, cómo volver al mundo de ayer, sino cómo imaginar el mundo de mañana sin Trump que no sea el regreso a la barbarie.

Coda 1) La feria. Elegir la Feria de Barcelona, la ciudad de los prodigios, para la quedada de Sánchez —¡en salas bautizadas «Frida Kahlo», «Nelson Mandela» y «Ernest Lluch», tres veces sic!— con los líderes «progresistas» Petro, Lula y Claudia y otros chicos del montón de Iberoamérica tiene su guasa. (La presidenta mexicana ha propuesto dedicar el 10% del gasto en defensa a plantar árboles, en uno de los países con mayor mortandad por violencia del planeta…).

Una reunión a lo Puebla o São Paulo, con populistas feriantes en la capital del Procés, donde se dio el primer golpe de Estado de una región perteneciente a la Unión Europea, cuyos líderes son socios del convocante Sánchez, tiene todo su sentido. Populismo en Tierra Santa. No consta que haya habido que recurrir a la traducción simultánea para Salvador Illa; algo es algo, eso era el oasis catalán.

Después de ser el anticristo internacional de Trump y de ponerse del lado chino de la Historia, a Sánchez le faltaba el poliamor de los regímenes iliberales americanos. Tras la palabrería de rigor y escuchar sonriente alguna pulla a María Corina Machado, Sánchez ha exigido reformar la ONU: pero que ha de ser con una mujer al frente. Toca. Ya hubo un negro, un musulmán y un par de asiáticos. Ahora toca una mujer: no una demócrata; una mujer. Dan ganas de decirle: ¿aunque se parezca a la mujer de Ceaușescu?

No es seguro si María Corina Machado hizo bien en rehuir pisar Moncloa y decirle cuatro cosas al sicofante, pero sí dejó claro en Madrid que su programa político es hoy la única salida civilizada y digna para Venezuela. Con o sin Trump. Sin Sánchez y su ayudante del verdugo, Zapatero.

Coda 2) Pactando con el diablo. Lo de Vox y su súbita vocación de Gobierno tiene algo de maduración tardía: han descubierto, por fin, que las legislaturas no son para romperlas ni una excusa para fungir de antisistema. Bien. Era lo razonable. Pero la razón, en política, dura lo que tarda en firmarse un mal pacto. Y el de Extremadura, con esa peligrosa llamada «prioridad nacional», confirma la vieja sospecha: que la derecha radical española, cuando se pone imaginativa, retrocede.

La «prioridad nacional» —nombre ya fraudulento— no es solo incompatible con el derecho español y con el europeo; es, sobre todo, una negación de lo que dice defender. Si la nación es algo más que una palabra hueca, su tarea elemental es integrar. Integrar a la inmigración antes de que la desintegración haga su trabajo. Lo demás es propaganda con ecos de Vichy, Mussolini, el Reich. Europa ya ensayó esa música y el resultado fue, digamos, concluyente.

La única prioridad nacional defendible hoy es la que se funda en reglas compartidas: la europea y, por extensión, la internacional. De ahí que quien vive, trabaja y arraiga en España —sea de donde sea— deba poder decidir sobre su municipio y su región y beneficiarse de sus ayudas. Ya es incomprensible que no pueda votar en las elecciones generales y sí un biznieto de un gallego en Argentina que no ha pisado España. Veremos quién dobla el brazo a quién.

Coda 3) Editando. Murió Beatriz de Moura, la que fuera alma de Tusquets. Publicó lo que le dio la gana sin perder dinero: no cabe mejor epitafio para un editor. La indignación editorial francesa de estos días le habría merecido, quizá, una sonrisa cansada. Todo empieza con el despido, a la edad de jubilación, del editor de Éditions Grasset, un sello con pedigrí suficiente como para recordar que su fundador, Bernard Grasset, acabó condenado por colaboracionismo. Desde 2023 la casa pertenece al millonario Vincent Bolloré, ultraconservador sin complejos y con ambiciones en España que no se detienen en el Grupo Prisa.

A partir de ahí, el circo: más de un centenar de autores anuncian su marcha. Están en su derecho. No será por falta de editoriales en Francia. Pero convertir la decisión empresarial en una crisis del pluralismo es una exageración de vodevil. Que Emmanuel Macron invoque la necesidad de defender el pluralismo editorial roza lo cómico involuntario. Francia puede presumir, sin rubor, de ser uno de los países con mayor diversidad editorial del mundo. Hay sellos para todos los gustos, ideologías y vanidades. El pluralismo, en este caso, no está en peligro: está, más bien, sobreactuado. (Que devuelvan los anticipos antes del portazo).

Aquí la pomposa declaración y aquí su traducción exprés. «Nosotros, editores que trabajamos en diferentes editoriales y grupos, de diversas generaciones y sensibilidades, estamos unidos por la misma pasión por el libro y el mismo apego hacia quienes dedican su vida a la escritura, desde el autor hasta el librero. Estamos convencidos de que nuestra época nunca ha tenido tanta necesidad de leer, en un momento en que un estudio reciente del Centro Nacional del Libro (CNL) muestra el alarmante declive de la lectura. Compartimos la misma preocupación tras el brutal despido de Olivier Nora, presidente y director general de la editorial Grasset desde hace 26 años, editor estimado y respetado por todo el sector. Esta decisión supone un cambio sin precedentes: un grupo mediático y editorial no oculta sus intenciones políticas y libra una guerra cultural e ideológica a la luz pública. Manifestamos nuestra solidaridad con todos los equipos del grupo Hachette Livre, propiedad de Vincent Bolloré. Lo que está en juego va mucho más allá del mundo literario. La diversidad de los catálogos, el pluralismo de opiniones y de la creación, y el respeto a la libertad editorial constituyen principios esenciales para la perdurabilidad de la democracia».

Cuestionario Mostaza

Una semana más conversando con Manuel Mostaza Barrios, politólogo y nuestro demóscopo de cabecera, director de Asuntos Públicos de Atrevia.

PREGUNTA.- El Centro de Estudios Andaluces ha sacado una encuesta que ha sido descalificada en términos muy duros por la candidata socialista Montero… ¿Qué valoración técnica le merece la encuesta?

RESPUESTA.- Es una encuesta bien hecha, al menos sobre el papel. Una muestra suficiente [3.600 entrevistas] y unos resultados consistentes con las encuestas del sector privado. Nada que ver con el CIS del Gobierno, del que María Jesús Montero era vicepresidenta hasta hace unos días. Y un par de datos muy relevantes en esta encuesta: los andaluces se sitúan políticamente en el centro, escorados hacia la derecha. Un 5,20 de ubicación en la escala de 1 a 10. El otro dato es también muy revelador: más del 60% de los andaluces tiene una imagen mala o muy mala del Gobierno de Pedro Sánchez.

P.- ¿Cómo siguen avanzando las encuestas en la región a un mes de los comicios?

R.- Hay un consenso claro en todas las encuestas en lo que se refiere a las grandes tendencias: el PP ganará con claridad y tiene la mayoría absoluta a su alcance, pero la puede perder por unos pocos votos. El PSOE, si estas estimaciones se confirman, cosecharía el peor resultado de su historia; Vox subirá, pero no tanto como parecía hace unos meses, y, entre las dos marcas de la extrema izquierda, ganará la que articula Izquierda Unida. El Partido Comunista sigue teniendo una estructura sólida en Andalucía.

P.- ¿Puede tener impacto en las urnas andaluzas el acuerdo del PP con Vox en Extremadura y probablemente en Aragón?

R.- Creo que no. Partiendo de la base de que ningún acuerdo puede aplicar políticas que vayan contra la ley, es cierto que en una sociedad que está girando a la derecha algunos de los postulados de Vox no generan el revuelo mediático y social que generaban hace dos o tres años. Dicho esto: es tan legítimo apoyar el pacto «verde» como criticarlo. La Constitución española no es militante, y no lo es solo por permitir la existencia de partidos que quieren acabar con el Estado tal y como está. También lo es para permitir que se planteen cosas en dirección contraria: si es legítimo ser independentista, también lo es ser centralista.

P.- ¿Qué papel jugará la extrema izquierda en estas elecciones? ¿Suma Podemos a Sumar?

R.- Insisto en que creo que la clave es la fortaleza del PCE en el territorio. La lista Por Andalucía es en realidad la vieja Izquierda Unida aglutinada en torno al Partido Comunista; ahí tanto Sumar como, sobre todo, Podemos aportan bien poco. Lo normal es que mantenga con holgura los cinco diputados y quizá llegue al sexto. La marca nacionalista, Adelante Andalucía, está más ligada a la provincia de Cádiz y tiene posibilidades de mantener los dos escaños o incluso subir uno. El problema de ambas es que, fuera de las circunscripciones más grandes —las que reparten más escaños—, tienen pocas posibilidades de entrar, y eso limita mucho el crecimiento.

P.- Es decir, de nuevo crece la suma de la derecha: el PP no baja, pero Vox sube, aunque no tanto…

R.- Seguimos con la excepción ibérica: crece el espacio del centro hacia la derecha, y lo hace porque consigue ampliar su base electoral, no a base de fagocitarse entre sí. Aquí el PP juega con la ventaja de que su candidato no provoca rechazo entre los electores del centroizquierda, y eso es capital para obtener un buen resultado. En un mundo sin mayorías absolutas, con cinco partidos en el Parlamento, en una región grande y tan poblada, el PP está muy cerca de la mayoría absoluta. Algo a lo que han renunciado, por ejemplo, el PNV en el País Vasco o el PSC en Cataluña.

P.- María Corina Machado en España, pero no se verá con el presidente Sánchez…

R.- Quiero creer que es puro cálculo electoral y no convicción política. Al Gobierno no le sale gratis tener de socio a una formación en la que está IU y contar con apoyos parlamentarios como Esquerra, Bildu o la Unión del Pueblo Gallego. Son formaciones complacientes con la dictadura venezolana y que han mirado para otro lado durante años ante los atropellos que el Gobierno izquierdista de Venezuela ha perpetrado en materia política, social y electoral. No recibir a María Corina, a la que todos los sondeos sitúan como la candidata favorita de los venezolanos, es, por usar la terminología oficialista, «estar en el lado correcto de la historia». Con un añadido, además: hay unos 700.000 venezolanos viviendo en España, muchos de ellos expulsados por la dictadura; no parece muy inteligente enemistarse con ellos.

P.- ¿Qué intenta el presidente Sánchez con su reunión de la «internacional progresista» en Barcelona?

R.- Es una tentación recurrente: cuando no puedes gobernar en tu país, buscas agenda internacional. El Gobierno no puede aprobar ninguna ley de calado y tampoco es capaz ni de presentar presupuestos, mientras que la agenda internacional es gratis. Erigirse como el anti-Trump puede funcionar entre los tuyos, entre los convencidos, pero hay que recordar que los votantes «progresistas» de Francia o de Italia —y tampoco los de Colombia— no votan en las elecciones al Congreso de los Diputados.

P.- Me dice que está usted este fin de semana en Galicia. ¿Qué le ha llevado al noroeste?

R.- Una iniciativa bien interesante: el Foro Rural Sustentable. Activismo rural para cambiar la narrativa de la España interior. Más de cien personas conversando, aprendiendo y proponiendo soluciones para que la España urbana deje de mirar con superioridad —en el mejor de los casos— a la España rural. Una iniciativa de la sociedad civil para proponer, en positivo, mejoras para el medio rural en España.

P.- ¿Tiene futuro el medio rural en España?

R.- Sí, sin duda. Por varios motivos. Pero antes, un poco de contexto: la polarización es un mal urbano. El mundo rural no ha traído los problemas que afrontamos ni ha traído las redes sociales que han convertido la conversación pública en un estercolero. Pero, por contestarle, el mundo hacia el que vamos es un mundo en el que lo antifrágil predominará, por usar la terminología de Taleb [aquí el libro Antifrágil: las cosas que se benefician del desorden]. Y el mundo rural es antifrágil por antonomasia. Además, piénselo: podemos vivir sin chips, incluso casi sin petróleo, pero no podemos vivir sin alimentos. Y en España, nuestra agricultura nos da de comer porque el mundo rural es ya un mundo moderno que presta un servicio que el medio urbano no sabe valorar como merece.

P.- ¿Algún libro para quien quiera entender el medio rural y la vida más verdadera?

R.- Le digo uno poco intuitivo, pero creo que hay uno que refleja como nadie lo que hay en el fondo del medio rural. Se llama El efecto aldea, y lo escribió Susan Pinker hace unos años. Está disponible en castellano y demuestra, creo que con maestría, que la longevidad no está asociada tanto a la dieta o al clima como a las relaciones sociales. Y el tipo de relación comunitaria que se establece en el medio rural es clave para entender la esperanza de vida. La gente vive tantos años en lugares como Orense o Zamora porque tienen contactos cara a cara y una vida comunitaria muy rica. El anonimato del mundo urbano es fascinante, pero la verdadera felicidad está en construir y disfrutar de tu comunidad. Todo es tal como lo cuenta Pinker, a la manera anglosajona, lejos de la pesadez de los autores de la Europa continental, siempre con alguna plúmbea teoría cercana al marxismo o al posmarxismo para explicarlo todo…

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