The Objective
Fernando Savater

Unamuno: su último curso

«Ante la guerra española, casi nadie se conformó con ser neutral»

Opinión
Unamuno: su último curso

Ilustración generada por la IA.

A veces, en conflictos civiles especialmente ricos en meandros y agravantes para todos sus contendientes, aparece algún intelectual cuya persona —aún más que su obra— simboliza con singular nitidez el enfrentamiento colectivo que está teniendo lugar. Sin duda, fue Miguel de Unamuno un caso paradigmático como el aludido y alcanzó en la Guerra Civil un tamaño incomparable con cualquier otra figura del panorama literario de nuestro país. En primer lugar, porque nuestra contienda alcanzó un grado de dramático simbolismo que ni siquiera se encontró en choques bélicos de mucho mayor alcance; después, porque tuvo desde el principio rasgos de cierto romanticismo que envolvieron a casi todos los países europeos; y, en tercer lugar, porque todos los principales escritores se sintieron interpelados por uno de los dos bandos.

Ante la guerra española, casi nadie se conformó con ser neutral. Y ello porque, además de los nuevos populismos que surgieron en Centroeuropa e Italia, dando a nuestro conflicto un toque innegablemente moderno, gracias a personajes tan inconfundibles como Unamuno, conservaron una línea teológica difícil de encontrar en otras latitudes más laicas. El texto básico en que rojos y azules escribían el drama hispánico no prescindía de matices característicos difíciles de encontrar en otros embrollos. Había en danza tres Premios Nobel, o mejor cuatro, y se concedieron a Albert Camus, a Jean-Paul Sartre y a Simone de Beauvoir: no se lo dieron al mejor escritor de los cuatro, Unamuno. Pero no se puede tener todo. Recuerdo que mi amigo Cioran siempre me ponderaba —con cierto asombro— el inmenso prestigio del que gozaba en Europa don Miguel. Era la vera effigie de don Quijote, de cuya silueta tan noble disfrutaba nuestro gran bilbaíno. En lo cual lamento señalar que se equivocaba de medio a medio nuestro segundo bilbaíno ilustrísimo, porque a él le hubiera gustado ser el primer Nobel bilbaíno, no el segundo. Pero, por favor, excusemos al segundo miles gloriosus.

Unamuno fue un escritor en el sentido más amplio y completo de la palabra. Cultivó el ensayo con un brío extraordinario, desde la obra de más amplios vuelos, como Del sentimiento trágico de la vida, hasta el ceñido artículo de periódico; fue un poeta que no debe ser calificado por debajo de gran poeta: con un tono a veces bronco y áspero sabe encontrar los tonos de mayor sinceridad lírica. Y, junto con esto, fue novelista de suma originalidad, dramaturgo que en nada desmerece junto a Pirandello, narrador de muy buenas dotes, etcétera. Nunca se contentó con lo fácil, con lo ramplón. Y en los momentos más difíciles supo estar a la altura de unas circunstancias que llevaban escritas con todas las letras la sentencia de muerte.

Los desórdenes histéricos y crueles del periodo republicano sacaban de sus casillas a don Miguel, que por eso se puso del lado de los sublevados cuando se produjo el alzamiento militar. Y por eso prodigó elogios a Franco y a otros jefes, como personas sensatas y de buen criterio. Pero pronto vio claramente que también la sublevación se regodeaba en una crueldad fanática y totalitaria, lo que le llevó a escribir contra ella sin morderse la lengua. Al comienzo, la actitud favorable de Unamuno, por su inmenso prestigio, vino muy bien a Franco y demás compadres; pero, cuando comenzaron a menudear sus críticas contra ellos, las tornas se volvieron y se llegó a momentos de muy alta tensión, como el enfrentamiento con Millán Astray el 12 de octubre en la Universidad salmantina, de la que el rector escapó vivo de milagro.

Este librito que acaba de publicar Página Indómita, 1936. La guerra incivil, es, pese a su brevedad, una pieza imprescindible en el tablero contradictorio de Unamuno, incapaz de mentir o tan siquiera de disimular. Todos los textos que figuran en él fueron escritos en el año que sirve como título a la obra, el último de la vida del gran escritor. Son cartas íntimas, anotaciones de diario, discursos y breves entrevistas, casi todas con personajes extranjeros, algunos tan ilustres como Nikos Kazantzakis, Henry Miller, Francisco de Cossío o Georges Sadoul. El clima de la obra se resume en una sola palabra, que vuelve una y otra vez como gran invento semántico de nuestra lengua: desesperado. Es la que mejor resume el clima personal de don Miguel y de la gente que le rodea. Abomina del vacío ideológico de los españoles: parece que tienen ideologías sumamente enfrentadas, pero en realidad no creen en nada. ¡En nada! Lo mismo que muchos años atrás Unamuno se rebeló contra la muerte y repitió mil veces «¡No quiero morir, no!», ahora se rebela contra esa vacuidad vocinglera, contra ese fanatismo circense que nada bueno consigue ni para la sociedad ni para los individuos. ¡Los hunos y los otros! Terrible soledad la de este poeta melancólico a quien ya no le queda nada por perder salvo la vida, que se le fue el fatídico 31 de diciembre de ese 36 en que se fueron tantas cosas para no volver.

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