¡Señor, las cosas que hemos visto!
«El aburrimiento de la novedad es para los que no se fijan bien»

Una escena de la película 'Campanadas a medianoche'. | Internacional Films Española Alpine Productions, Brepi Films
Después de la ambición y la avaricia, muy cerca de la concupiscencia carnal, se encuentra el otro gran tema de las obras de ficción: el ansia de poder. Como de todos esos peligrosos vértigos es el que menos me aqueja, el único que apenas entiendo, los relatos que me lo hacen sentir apasionadamente son los que más me impresionan. Que algún autor sepa sacudirme profundamente con un deseo que no tengo, que más bien me parece embarazoso y veo como un estorbo para los placeres de la vida, tiene indudablemente mérito. Por eso, entre otros cientos de importantes razones, admiro tanto a William Shakespeare. A los 17 o 18 años, cuando empecé mis estudios universitarios, tenía clases vespertinas (no me pregunten de qué, de algo tediosamente aprendido y felizmente olvidado) y volvía a casa pasadas ya las ocho de la tarde, sin ganas de nada que sonase a estudio. Muy cerca de casa estaba el cine Victoria, uno de esos antros entrañables de sesión continua que por entonces no faltaban en ningún barrio. Hoy dudo que ninguno de mis lectores, pertrechado con su televisor rebosante de series, juegos de rol, concursos enloquecedores y demás alpiste para nuestro gallinero común, frecuente salas parecidas, que quizá haya visto al pasar por sus puertas vacías, desoladas, semejantes a modestos mausoleos de diversiones ya fallecidas. Para mí, el acogedor cine Victoria era mi forma perfecta de rematar el día. El único problema era que mi hora de volver a mis lares variaba de un día a otro según los caprichos del transporte urbano y rara vez coincidía adecuadamente con el comienzo de alguna sesión.
El asunto se resolvió de momento cuando estrenaron Campanadas a medianoche, la obra maestra de Orson Welles (que me perdone Ciudadano Kane), rodada en España. Empecé mi graduación por verme un par de veces la película de cabo a rabo, y cada vez disfruté más que la anterior, aunque eso no me pareció suficiente. Comprendí enseguida que las variaciones en la hora de regreso me permitían un amplio abanico de posibilidades respecto al horario del cine Victoria. Rara vez podía coincidir con el comienzo de la sesión, pero en ocasiones sí; y en otros casos llegaba a poco de comenzar, o cuando estaba casi acabando, o en las escenas de seducción con la borracha Jeanne Moreau o en el duelo inolvidable entre el príncipe Hal y el bravo Hotspur. Todo era delicia, puro tocino de cielo. Yo ni siquiera subía a mi casa a dejar los libros y de paso tomarme un semiclandestino reconstituyente etílico, a pesar de lo que me gustan. Entraba en la sala oscura, con olor a polvo y humedad, y me sentaba en cualquiera de las muchas butacas vacías, ¡viva la sesión continua! La vida debería brindarnos esa misma posibilidad, entrar en el espectáculo en cualquier momento de la sesión que ya conocemos, pero aún deseamos volver a ver: y da capo, da capo hasta que se enciendan definitivamente las luces y todo acabe. Reconozco que soy como los niños —en más de un sentido—: lo que me gusta lo quiero una y otra vez. El aburrimiento de la novedad es para los que no se fijan bien… Uno de los mayores atractivos de esas zambullidas in media res era no saber con qué momento de la historia me iba a encontrar. La película era una ruleta que giraba ciegamente y nunca sabíamos en qué orilla nos arrojaría. Entrar en la sala tenebrosa, acostumbrarse poco a poco a la falta de luz y por fin identificar dónde estábamos, lo que ya había pasado y lo que ahora llegaba cuando lo dábamos por perdido… qué sinfonía, qué momento mágico.
Decir que Campanadas a medianoche es una gran película es como toser en los dibujos animados que preceden al film. No conozco mayor y mejor combinación de humor y ternura, de épica y lírica, de agilidad narrativa y remanso profundo de lo que ocurre. No es una lección de cine, sino una magistral clase de vida. Y qué actores, por favor… Los mejores del mundo en su mejor papel. Todo lo atractivo y lo repelente del poder rueda por el tablero, obligando a los personajes a desnudarse unos frente a otros, mostrando coraje, doblez, inútil deseo de decencia, furor ante la muerte que recorta y juega con nuestros deseos. Falstaff sabe unir lo tierno, lo risible y también un tinte de nobleza: habla contra el honor, pero cree en la amistad, que es más importante que la honradez que solo defiende la propiedad privada. A mi juicio, Falstaff solo puede compararse con don Quijote, porque vive en un mundo carnal e ilusorio, un mundo lleno de trampas en el que podemos jugar con limpieza con solo que prescindamos de la crueldad. ¡Un Quijote tragón y bebedor, que fornica con Maritornes, pero respetándole su rango! El paladín más completo y a la vez más irrisorio, un Quijote que se hubiese comido a Sancho Panza… Cuando uno mira después hacia nuestro Tribunal Supremo y ve ese enredo vil de bribones amparados bajo las faldas de poderosos tan despreciables como ellos mismos, no puede sino echar de menos al orondo truhán que murió de pena cuando su amigo le volvió la espalda.