The Objective
Juan Luis Cebrián

Hacer 'El País' no es fácil

«La foto del 50 aniversario parecía una traición a sus principios. De las 12 personas presentes en ella, solo dos eran periodistas: la reina Letizia y el actual director»

Opinión
Hacer ‘El País’ no es fácil

Ilustración de Alejandra Svriz.

«Los periodistas están en guerra por la verdad, por la decencia y la democracia, y la única respuesta es ser más belicosos, feroz y descaradamente, en nuestro trabajo». Recordaba yo esta frase de Martin Baron, maestro de periodistas, en su libro Frente al poder, al tiempo que me venía a la memoria un párrafo del artículo que escribí en el primer número de El País, hace 50 años. Decía que desde que se alumbró la idea de fundar el diario, «este se ha soñado siempre a sí mismo como un periódico independiente, capaz de rechazar las presiones que el poder político y el del dinero ejercen de continuo sobre el mundo de la información».

Y lo hacía al tiempo que en la primera página del diario, que informaba de las celebraciones de su medio siglo de vida, se publicaba una foto que parecía una traición a sus principios fundacionales. De las 12 personas presentes en ella, solo dos eran o habían sido periodistas: la reina Letizia y el actual director del periódico. De modo que quienes acompañaban a los soberanos en esa aparente celebración de la libertad de prensa parecían más bien una representación de los habituales y principales enemigos de ella: el poder político y el del dinero.

No voy a satisfacer del todo la ferocidad reclamada por Martin Baron ni emborronar su alegría ni la de mi también amigo Sergio Ramírez, o de Svetlana Alexievich, por recibir tan justamente el Premio Ortega y Gasset. En realidad, son ellos quienes honran la historia del galardón. Pero no sé si llorar de pena, o desternillarme de risa, cuando veo la foto de los sonrientes anfitriones de la fiesta del 50 aniversario de un periódico fundado para defender a los ciudadanos de los excesos de los políticos y los plutócratas.

Por parte del sanchismo-begoñismo: una vicepresidenta y una ministra del Gobierno; un presidente de la Generalitat, exministro de Sanidad, que abandonó sus responsabilidades como tal en medio de la pandemia de 2020 para presentarse a las elecciones; el delegado del Gobierno en Cataluña; y el alcalde de la ciudad. Por parte de El País: su presidente, un financiero gestor de un fondo de inversión activista, de esos que algunos llaman buitres; un exministro colombiano sancionado en su día por la Procuraduría de la República, vicepresidente de Prisa, y colaborador de las operaciones del citado fondo en Colombia; y dos expertas financieras, con apreciable currículum en su especialidad, pero no en la de informar al público.

En los fastos no participó ninguno de los más de 70 supervivientes de los que hicieron, hicimos, posible el nacimiento del periódico. Hubieran tenido fácil invitar a decir unas palabras a Ramón Vilaró, que firmaba la primera crónica de la primera página del primer número reclamando la legalización de todos los partidos políticos. O acudir a Karmentxu Marín. Su firma en la última página, la segunda más importante de un diario en papel por si el consejo de administración no lo sabe, encabezaba el primer reportaje de investigación del diario. Versaba paradójicamente sobre un fraude en la gestión de dinero de la Facultad de Económicas de la Complutense. El gerente se defendía, en la misma crónica, diciendo que todo eran bulos, rumores, «de una campaña demagógica montada contra él como chivo expiatorio». Lo mismo se dijo de THE OBJECTIVE cuando desveló los delitos del número 1 y los comportamientos mafiosos de dos todopoderosos secretarios de Organización del PSOE nombrados por Sánchez.

«’El País’ que queremos, el que queríamos quienes lo lanzábamos y quienes habrían de leernos, no es el que ahora leemos»

Mucha gente me pregunta por el segundo tomo de mis memorias, que he ido retrasando voluntariamente porque no quería enturbiar las celebraciones del medio siglo del periódico que fundé y en el que he escrito durante 48 de sus 50 años. Ahora me siento libre para decir que El País que queremos, el que queríamos quienes lo lanzábamos y quienes habrían de leernos, no es el que ahora leemos. Sigue teniendo magníficos profesionales, entre otros su propio director, pero su empresa no ampara la libertad de expresión ni la autonomía del periodismo. Escritores insignes pero incómodos para el mando como Fernando Savater, Félix de Azúa, Francesc de Carreras o Antonio Elorza; periodistas como el que fuera director Antonio Caño y todo su equipo; y finalmente yo mismo hemos sido cancelados. Los métodos empleados han sido diferentes, absolutamente mendaces en mi caso, pero la mano que mece la cuna siempre es la misma.

Resistimos al postfranquismo; dimos voz a la izquierda, que no tenía voz, para facilitar la reconciliación entre los españoles; la extrema derecha y el terrorismo etarra amenazaron nuestras vidas y se cobraron algunas. Agradezco al actual director su mención a Andrés Fraguas y Juan Antonio Sampedro, víctimas de una bomba enviada al periódico, y a Juantxo Rodríguez, asesinado a tiros en la invasión de Panamá. Me permito recordar, empero, una tercera víctima, superviviente aún, de la explosión citada: Carlos Barranco, botones como Fraguas, y seriamente herido aunque no tan grave como Sampedro. Su cara fue destruida por la metralla, sufrió la rotura de un tímpano y a punto estuvo de perder los ojos. Tardó meses en poder recuperarse mínimamente y volver al trabajo, pero en sus memorias narra que en realidad el episodio marcó su vida durante más de treinta años.

En el libro, El sendero del elefante, reveló además algo que nunca me había dicho antes. Siempre habíamos creído, y nunca entendimos por qué, que la bomba había sido dirigida a Julián García Candau, redactor jefe de Deportes. Carlos contó después que hubo un error en la distribución de los paquetes en las casillas al efecto. Él había visto este antes de que estallara y el nombre del destinatario era el mío, pero fue ubicado en la casilla equivocada. A los efectos es lo mismo Tres trabajadores, dos extremadamente jóvenes, fueron víctimas de la irracionalidad política y de la violencia no contra ellos, sino contra los periodistas responsables del diario. Ese recuerdo me ha mortificado toda mi vida y siempre he tenido la sensación de que ni la empresa ni yo mismo hemos sido lo suficientemente solidarios con las víctimas ni hemos sabido acompañarlas.

«Cuando salió ‘El País’ su presidente era un intelectual y editor. Ahora es un financiero cuya gran inversión en España es en Indra»

Cuando salió a la calle El País su presidente era un intelectual y editor. Ahora es un experto y voraz financiero cuya otra gran inversión en España, amén del Real Zaragoza, es en Indra, empresa destinada a ser el corazón del complejo militar industrial (complejito en nuestro caso) que denunciara en su día el propio general Eisenhower No es nada censurable, y puede resultar incluso beneficioso para los intereses de nuestra defensa, cuyos planes ha escamoteado el Gobierno a cualquier debate parlamentario. Pero no es el mejor currículum para encabezar un diario capaz de resistir las presiones de los poderes políticos y económicos.

Habrá tiempo de narrar cómo se fue gestando la actual situación. Hoy contaré el disparo de salida. En enero de 2020, José María Álvarez-Pallete, presidente de Telefónica, me preguntó cómo dicha empresa había entrado en Prisa. Le conté que a principios de 2012 César Alierta, entonces al frente de la misma, me convocó a su despacho. Narraré la escena tal cual la tengo escrita para mis próximas memorias.

Te he llamado porque quiero que sepas que soy el primer accionista de tu empresa. —me dijo— Bueno, no yo, Telefónica. Tengo el 20 por ciento.

Me miró entre pícaro y soberbio, esbozando una tímida sonrisa mientras apretaba la última colilla sobre el cenicero y profería una especie de pequeños gritos guturales, como gruñidos de satisfacción.

—No lo sabe nadie, ¡eh!, ni el Consejo de Administración, ni la Comisión Ejecutiva, ¡eh!, ¡eh!, solo tú y yo, y el presidente del Gobierno, claro.

Apuró su enésima taza de café antes de continuar.

—Es para ayudarte a ti, claro, para ayudar a la empresa, para ayudar a España, son momentos difíciles, la crisis, todo eso, no podemos permitir que un grupo como Prisa se desmorone, o sea que tú tranquilo, ¿eh?, ¡eh!, ¡eh!. Y no se lo cuentes a nadie.

—Bueno —contesté— pues naturalmente lo tendré en cuenta. ¿Y cómo se hizo la transacción de modo que nadie se enterara?

—Un fondo, no me acuerdo ahora del nombre… o sí, se llamaba Tyrus, creo, ya nos ayudó al desembarco de Telefónica en Brasil».

Luego le comenté a Pallete que cuando eso pasó él era director financiero de Telefónica. Me confesó, y yo sabía que fue así, que sin embargo nunca supo nada. Telefónica y Prisa estaban entonces cotizadas en Nueva York y Madrid. Yo, sin prueba alguna de la conversación, no podía presentar denuncia. Pero informé a los principales accionistas y al consejo de Prisa. Ahí comenzó el asalto del poder económico a la independencia del diario.

José Ortega Spottorno y Jesús Polanco eran editores de libros de calidad y educación que querían hacer un diario. Ni más ni menos. Me dieron por eso total autonomía en la dirección del mismo. Las dos frases publicitarias que anunciaron su salida en mayo de 1976 las dicté precisamente. Decían así: «HACER EL PAÍS NO ES FÁCIL» y «EL PAÍS ES PARA PONERSE A PENSAR». Ambas afirmaciones siguen vigentes medio siglo después. Le deseo lo mejor a su director actual.

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