Una fiesta, la de 'El País', que ya no es la mía
«Ojalá que nunca equivoquen demasiado el rumbo, que es un riesgo que amenaza a cuantos se empeñan en que la verdad solo está en un camino»

Imagen generada con IA.
De ninguna manera quisiera ser un aguafiestas. Así que vaya por delante mi felicitación a El País, que durante nueve años fue el periódico en el que trabajé, gocé y sufrí, por su aniversario. Ha sido medio siglo en el que muchas cosas, entre ellas el mundo, España, y nosotros mismos, se han transformado, diez lustros en los que hemos cambiado tanto, tanto… Buen momento, pensé, para volver la vista atrás y decirnos a nosotros mismos, y a quien quiera escucharlas, algunas cuestiones que durante tanto tiempo tuvimos silenciadas, guardadas en nuestro almario.
Por supuesto que no me erijo en portavoz de nadie, aunque sé positivamente que otros comparten hoy mi estado de ánimo; solo diré que me siento excluido de la fiesta oficial de El País, un periódico al que sigo respetando e incluso, en algún sentido, queriendo. Pero me he acogido a la generosidad del director de THE OBJECTIVE sabiendo que esto jamás habría sido publicado en el periódico que está en el titular de este comentario: alguna vez comenté con el mismísimo fundador, paisano y enorme tipo, acerca de los peligros de excluir a quienes no forman parte de nuestro selecto club. Él estaba, al menos en teoría, de acuerdo.
Supongo que, como habrá ocurrido en otros bastantes casos, mi salida de El País tuvo algo de traumático, aunque fui yo quien la propicié, contra los deseos, se me dijo, de la dirección de aquel momento. Luego vino una campaña de susurros que jamás se me transmitieron, pero que sé que existieron: es muy difícil defenderse cuando ni sabes de qué has de hacerlo. Así que de esta manera han pasado muchos años, consciente yo de que, hiciese lo que hiciese, para El País oficial sería siempre un réprobo, alguien condenado al exilio interior, quién sabe si por haber emprendido otros rumbos sin que me fuese excesivamente mal. El que dejaba de estar en el, repito, selecto Club de la Pureza Oficial ya sabía a qué atenerse.
Los silencios son malos, y he tardado demasiado tiempo en percibirlo en toda su crudeza: por eso este escrito, que es casi un ajuste de cuentas conmigo mismo, ahora que me llega el momento de echar la vista atrás y reflexionar más demoradamente sobre tantos capítulos de mi vida y, claro, de la vida de mi país (y de la de El País). Sigo, en todo caso, leyendo, respetando y muchas veces también, obvio, criticando a ese periódico, hoy bajo la dirección de alguien a quien sí considero capacitado para llevar el timón.
En estos momentos de aniversario y exaltación —ahí es nada, medio siglo de éxito, de lucha, de poder quizá sin demasiados límites—, entiendo que debo unir mi voz a las de los que felicitan, pero también a las de los que se sienten excluidos de la Gran Fiesta, a la que ni me llaman ni, desde luego, acudiría. Me siento obligado a decir que no estoy de acuerdo con muchas cosas, comenzando por el propio escritor seleccionado para inmortalizar la efeméride y con quien tuve, en las páginas de El País precisamente y con el inolvidable Boni de la Cuadra como atónito testigo, alguna controversia. Fue a cuenta del relato de un episodio lamentable, que yo también viví, aún no en El País, pero sí en otro diario que igualmente reaccionó de manera gallarda y valiente ante la amenaza a nuestras libertades aquel 23 de febrero. En fin, pelillos a la mar.
Y sí, escribo este ¿desahogo?, acaso demasiado personal, que es una parte importante de mi biografía, precisamente en este periódico digital que está, digamos, justamente de moda y del que ni soy ni seré, creo, colaborador, más allá de cualquier significación que se nos quiera atribuir: escribimos lo que escribimos y somos lo que somos al margen de dónde lo hagamos, y a mí, aquí y ahora, se me ha tratado con generosidad y calidez que agradezco profundamente. ¿No es eso, acoger a todo el que tenga algo que decir, aunque nos irrite, la esencia del verdadero, más sano, liberalismo? Atribuyen, quizá falsamente, a Voltaire la frase «yo, que aborrezco las ideas de usted, daría la vida para que usted siga expresándolas libremente». Pues eso.
Si todavía se me permitiese, ahí va un consejo, que doy aunque para mí no los tenga: pediría rebajar las dosis de prepotencia a la hora de los brindis. Al fin y al cabo, cerca de una treintena de periódicos españoles pueden presumir ya de ser mucho más que centenarios, y merecen un indudable homenaje por haber sido capaces de salir todos los días al encuentro de sus lectores, hiciese frío o calor, estuviesen o no cerrados quioscos y bares por la pandemia, se hallasen o no las calles agitadas por confrontaciones civiles.
Quiero decir que siempre es buena noticia que un medio de comunicación, sea cual sea su legítimo ideario, con el que podemos o no coincidir, que eso es lo de menos, cumpla años. Para mí, que nunca —hasta ahora al menos— he sido ni aspirado a ser otra cosa que periodista, es un orgullo haber estado en ese barco, del que un día salté para zambullirme en un mar que, incauto, no sabía que estaba tan embravecido ni tan plagado de tiburones. Así que ya digo: felicidades a cuantos siguen a bordo. Ojalá que nunca equivoquen demasiado el rumbo, que es un riesgo que amenaza a cuantos se empeñan en que la verdad solo está en un camino.