The Objective
Jorge Freire

Solo se juega en serio

«No es que la vida sea un juego de forma literal, sino que pensada como juego se vuelve más fértil que bajo otros disfraces»

Opinión
Solo se juega en serio

Una persona jugando a los dados. | Freepik

Un programa de la tele decía que la vida es un juego y hay que apostar. Quizá la vida no sea exactamente un juego, como evidencia la multitud de automatismos en los que nos vemos inmersos desde que suena el despertador. Pero sería ingenuo pensar que se puede vivir sin jugar, como sería ingenuo pensar que los perros que se persiguen o los ordenadores que baten a Kasparov hacen lo mismo que nosotros. No es que la vida sea un juego de forma literal, sino que, pensada como juego, se vuelve más fértil que bajo otros disfraces.

El último poemario de Jaime Santirso (Gijón, 1990) se llama Bululú porque es un libro para buenos jugadores, esos que saben que vivir es jugar y que jugar es, al cabo, la forma más honda de estar vivos. El juego da sentido por sí mismo. ¿Y qué ansía ante todo la persona sino el sentido? El bululú era, en tiempos idos, el actor ambulante que representaba todos los papeles. Para Santirso, la poesía es un juego serio, un escenario donde un solo actor interpreta voces distintas.

Bululú es un hallazgo de primer orden, de esos en que la poesía se revela, a un tiempo, translúcida y profunda. El poeta toma escenas domésticas y las convierte en epifanías. Desde las primeras páginas se advierte un pulso sereno, una voz que no se precipita al deslumbramiento fácil ni al retintín hueco, formando una música sin estridencias que acaricia el oído y permite que lo sencillo brille, con discreción y sin alharacas, en su milagro cotidiano.

Añádase una ternura que no empalaga y una memoria diáfana y cristalina: el secuestro de Miguel Ángel Blanco contado desde la voz prestada de la madre, la deuda contraída con los muertos de la guerra en compañía de Wilfred Owen, la Europa que late en monedas y cementerios de Arrás… Pero nos quedamos cojos si omitimos su veta profunda, ese humor juguetón y saltimbanqui que de un plumazo disuelve toda gravedad.

Porque Bululú es, en muchos momentos, un poemario desopilante. Lo cual no quiere decir que sea mera chanza. El humor, cuando es bueno, desopila, esto es, desatasca: cuando las cañerías del pensamiento se obstruyen, el humor, actuando como un agente desengrasante, diluye los tópicos, los latiguillos y todos aquellos pegotes que se forman como costras en nuestras entendederas Aquí reír no es frivolidad, sino la forma más seria, y, por tanto, menos solemne, de decir la verdad.

Santirso es un autor jocoserio, seriocómico, heredero de aquel spoudogeloion que unía sabios, estadistas, truhanes y sacamantecas. Como reportero y poeta, conoce tanto el fragor del mundo —las calles de Wuhan en plena pandemia, las protestas de Hong Kong— como la quietud doméstica de la encimera, el somier o la tetera. ¡Bululú! Un solo actor levanta un tumulto coral; la madre que cose las rodilleras del niño, el padre que barre la cocina y el poeta que calla, y en esa teatralidad, que es ética y no mero ornato, se cifra el libro: la vida como un juego en que se mezclan las risas y los responsos, la comedia y el duelo.

Publicidad