The Objective
Fernando R. Lafuente

Raro y genial, Juan Filloy

«El escritor argentino combina, y vaya usted a saber cómo, pero lo consigue, el expresionismo con una melancolía teñida de ironía y juegos literarios»

Opinión
Raro y genial, Juan Filloy

Ilustración generada mediante IA.

Escritor argentino, Juan Filloy (Córdoba, 1894-2000) es uno de esos escritores que engendran rareza en su literatura y genialidad al ser descubiertos. Y uno vuelve a él, más de 20 años después de haberlo descubierto, porque en literatura, como en tantos otros oficios, insistir es la consigna. Los raros es ya un capítulo en la historia de la literatura que tiene en Rubén Darío, por ejemplo, uno de sus más egregios exégetas desde que publicó en 1896, hace ahora 130 años, en Buenos Aires, un libro ejemplar. Y raro. Los raros. Aparecían cerca de 20 escritores (19), a cual más raro, para la época, claro, y no es un detalle nimio, nombres como Paul Verlaine, Conde Lautreamont, Bloy, Ibsen, Nordau, Poe o Martí. Lo de la rareza venía por la forma, el sentido y la figura de los autores. Todos, en alguna medida, se salían de la norma, y vaya usted a saber cuál era la norma. Pero para Darío se salían. Iban por libre, o algo así.

Y lo que poco interesaba a cada uno de ellos era el éxito de ventas, apenas perceptible entonces, frente a las grandes firmas del momento. Que algunos, unos con más vientos favorables de la historia que otros, hoy sean considerados capítulos imprescindibles de la historia literaria, subraya esa voluntad, no manifestada, por cierto, por ninguno de ellos, de considerarse raros, solo escritores que iban a lo suyo. Y lo suyo era su obra, contra viento y marea. Pero resultaron, para cuando entonces, raros. Y Darío escribió unas páginas memorables. Ahí están.

Lo cual confirma la sugerencia de ese gran ensayista mexicano Gabriel Zaid, quien en las páginas de Letras Libres advirtió cómo un escritor puede elegir, sin sonrojarse ni dar explicaciones por ello, si prefiere tener cien mil lectores en un mes o cien mil lectores en cien años. Muchos de los elegidos por Darío confirman cómo han tenido y tienen más de cien mil lectores pasados los cien años de rigor y algunos más. Visto lo visto, y leído en la literatura actual, la cosa tiene mérito y algo más. De los raros, raros hay un ejemplo posterior al heterodoxo canon de Darío: Juan Filloy, autor de una obra monumental que permanece oculta, o no tanto, para buen número no ya de lectores, sino de críticos y profesores. Y eso que Filloy mantuvo durante más de medio siglo una columna en el muy prestigioso diario bonaerense La Nación, en su notable suplemento literario.

Otro gran ensayista mexicano, citado aquí más de una vez, y las que convengan, Alfonso Reyes, destacará esa veta innovadora y provocativa que proponía Filloy: «Filloy dice las cosas como son, como deben decirse, hablan, hablan los personajes sin descaracterizarse (…) Los libros de Filloy han dado la vuelta a la esquina (…) Es el progenitor de una nueva literatura americana». Nada menos. Pero ni por esas Filloy pasó al canon, Se quedó en Córdoba, ejerciendo la judicatura y tan contento.

Así lo reconocía: «A mí los libros no me han dado un peso. Al contrario. La casa Paidós me editó tres novelas con dieciocho mil ejemplares, cada novela seis mil ejemplares, y ¿sabe cuánto me ha dado de derechos de autor? ¡Noventa pesos!» Escribió más de 50; le publicaron editoriales independientes, Ferrari Hermanos, Macció. Y como vivía de su labor profesional como juez en la provincia argentina de Córdoba, escribía lo que le daba la gana, sin obsesionarse por las listas de más vendidos, las tesis doctorales que pudieran dedicarle a su obra, o la firma de los más reconocidos críticos en sus reseñas semanales. Él a lo suyo, escribir. «Aunque sea una sola línea, pero ni un solo día sin escribir. Escribir —confesaría— es para mí un vice impuni». Menos mal que Cortázar cita a Filloy en un libro solo para raros impenitentes, La vuelta al día en ochenta mundos (1967), y le reconoció su profunda influencia en Rayuela (1963), también ciertos escritores argentinos destacaron su calidad y su rareza: César Tiempo, Fermín Estrella Gutiérrez, Arturo Cambours Ocampo y el citado Cortázar.

«Valga una obra para adentrarse en su universo único y condenadamente literario: ‘Caterva’ (1937)»

Filloy es un expresionista que combina, y vaya usted a saber cómo, pero lo consigue, tal expresionismo con una melancolía teñida de ironía y juegos literarios, una mirada desasosegadora ante una realidad de colores más que apagados, marchitos, y todo ello lo envuelve, en sus magistrales páginas, en los hedores de la violencia, en su caso, rural, un humor tan salvaje que parece natural y cotidiano como el aire, entre fogonazos dignos del mejor Ramón: «La luna afina la noche». Como aquí se trata de recuperar a Filloy, valga una obra para adentrarse en ese universo único y condenadamente literario: Caterva (1937).

En el prólogo que escribió Mempo Giardinelli para tal obra, en una espléndida reedición de Siruela en 2004, describe una genealogía literaria discreta —en el sentido cervantino— que por ello se hace secreta. Una novela sin destino, cuyos protagonistas son siete vagabundos, «linyeras», «aventureros sin fatiga» que, conscientes de que no existen en realidad, viven y describen «un viaje de turismo al ideal de los demás». Es un libro, como la mejor literatura, para superar o ignorar la realidad, o cachondearse, con compasión, de ella. «La tarifa del placer es la pérdida del bienestar», toda una arquitectura verbal para añadir vida a la realidad de verdad. Para soñar. Todo es vida, pulsión: «Supo que el éxito de la vida reside en vencer a la voluntad con los registros de la imaginación», o la modesta y sabia proposición de ignorarlo todo, incluso a sí mismo.

De tal ignorancia surgen los raros, los que anhelan divertirse escribiendo, y mañana, vaya a saber. Si es que lo sabe algún día. No hay que ponerse nervioso; el tiempo sentencia. En los últimos años se ha recuperado, por diversas editoriales, la mayor parte de su obra; se han escrito páginas de enorme calidad sobre su literatura. Y, así, llegan los cien mil lectores, eso sí, en cien benditos años.

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