El buen escritor piensa que es malo
«Chirbes dudó siempre de sus obras, como imagino que hace cualquier gran autor. Cada vez que está a punto de acabar una novela, fantasea con guardarla en el cajón»

Ilustración generada mediante IA.
¿Qué te convierte en un buen experto? No me refiero a cualificaciones o método científico, sino a otra cosa. ¿Por qué me debo fiar de ti? El profesor y ensayista Pablo de Lora cree que tiene que ver con saber rectificar y admitir el error propio. Muy pocos lo hacen.
Pensaba en esto, aunque parece que no tiene nada que ver, leyendo al escritor Rafael Chirbes. ¿Qué te convierte en un buen escritor? Tras su primera novela, Mimoun (1988), que publicó casi a los 40 años, se atrevió con una segunda mucho más experimental: En la lucha final, publicada en 1991. Hoy es imposible de encontrar por menos de 80 o 100 euros, porque solo tuvo una primera edición. Chirbes le prohibió a Jorge Herralde, el editor de Anagrama, que la reeditara. Hoy hay varias nuevas reediciones de varios de sus libros (con portadas muchísimo más feas), pero En la lucha final sigue siendo un objeto de coleccionista. En sus diarios (publicados como A ratos perdidos), menciona muy brevemente su descontento con el libro, como si no quisiera ni recordárselo a sí mismo: «De mis primeros escritos, entregaba folios a los amigos, pidiéndoles su opinión. No he vuelto a hacerlo desde en En la lucha final, la segunda novela que escribí, un libro que se frustró quizá por tener los oídos demasiado abiertos».
«A veces la modestia es igual de insoportable que la vanidad (a menudo son dos caras de la misma moneda)»
Chirbes, en realidad, dudó siempre de todas sus obras, como imagino que hace cualquier gran autor. De Crematorio, quizá su libro cumbre, dice en los diarios que es «hueca, grandilocuente», y llega incluso a pensar en no entregársela a Herralde. Cada vez que está a punto de terminar una novela, fantasea con guardarla en el cajón.
Uno no es, obviamente, mejor escritor solo porque ha pensado en alguna ocasión que su obra es una mierda. A veces la modestia es igual de insoportable que la vanidad (a menudo son dos caras de la misma moneda). Y hay escritores brillantes y vanidosos; malos o buenos, lo que abunda es la vanidad. Pero me fío (o disfruto) de aquellos que genuinamente han pensado en alguna ocasión que sus libros son una mierda. En el sector editorial no hay libros malos, ni siquiera hay libros malos de autores buenos. Hay libros que venden y libros que no venden. Cuando la tercera o cuarta novela de un autor triunfa, se rescatan automáticamente las anteriores; si triunfa mucho, se rescatan hasta sus redacciones del colegio. Como es comprensible, a menudo no están a la altura.
Pasa con los rescates de obras de Mariana Enriquez, de Benjamín Labatut, de David Uclés. Pasa cuando se rescatan los bosquejos inconclusos de Bolaño, las listas de la compra de Annie Ernaux, los diarios íntimos de Joan Didion, que no escribió para que se publicaran. Se reeditan libros viejos como novedades; el lector se fía y acaba defraudado. Y me pregunto: ¿ninguno de esos autores le dice a su editor «no saques eso, que es malísimo, estaba encontrando mi tono», o algo así? Quizá lo pensaban, pero es mejor no decirlo. La vida del escritor es una vida en venta constante.