También hay buenos escritores rusos vivos
«Aunque se le suele comparar con Chéjov (porque hace relatos cortos, porque habla de la Rusia rural), Máxim Osipov es mucho más experimental y posmoderno»

El escritor ruso Máxim Osipov. | Libros del Asteroide
Máxim Osipov es uno de mis escritores vivos favoritos. Escribe novelas cortas, o relatos largos (no tiene ninguna novela) y algunos ensayos narrativos autobiográficos. Escribe a menudo de la Rusia de provincias. Vivió durante años en Tarusa, una pequeña ciudad a unos 150 kilómetros de Moscú, donde ejerció de médico. Está en el límite de lo que en la Unión Soviética se llamaba «kilómetro 100»: quienes habían cometido algún delito político tenían prohibido vivir a menos de 100 kilómetros de las grandes ciudades. En Tarusa se instalaron importantes disidentes como Anatoly Marchenko o Alexander Ginzburg. Osipov no se mudó a ella por su disidencia política, pero sí sentía que su vida en Rusia transcurría en una especie de exilio interior. En 2022, tras la invasión rusa de Ucrania, se marchó del país. Cuando lo entrevisté el año pasado me confesó que no había sido capaz de volver a escribir desde entonces.
Libros del Asteroide ha sacado tres colecciones de relatos de Osipov: Piedra, papel, tijera (2021), Kilómetro 101 (2024) y, recientemente, Después de Eternidad (2026). Aunque se le suele comparar con Chéjov (porque hace relatos cortos y novellas, porque fue médico, porque habla de la Rusia rural), Osipov es mucho más experimental y posmoderno. Su experimentación tiene menos que ver con el estilo de su prosa y más con los registros, las voces, la estructura y las referencias (los personajes de sus libros citan con naturalidad a los clásicos rusos, pero también la Biblia): hay digresiones, narraciones no lineales, saltos temporales y una estructura general como de patchwork. Al mismo tiempo, siempre resulta clásico. Después de Eternidad parece a veces un folletín de Tolstói, Dostoievski, Goncharov o Turguénev: muchos personajes, enredos, personajes melancólicos y derrotados. Transcurre en un pequeño pueblo de los Urales y sigue la vida de los trabajadores de un teatro hasta que son expulsados de la ciudad, que está siendo «desmantelada».
«Es una literatura melancólica y elegante, a pesar de que se produce en un país cada vez más embrutecido»
Decir que a uno le gustan «los rusos» al hablar de literatura significa que le gustan los clásicos rusos. Su sombra es alargadísima, y los contemporáneos rusos lo saben. Pero eso no les impide tener una literatura vibrante. En los últimos meses no solo he leído a Osipov, sino también a Yuri Buida, cuyo Ladrón, espía y asesino (Automática, 2026) es una autobiografía brillante y deprimente sobre una parte de Rusia olvidada y deprimida: la región de Kaliningrado, la antigua Königsberg prusiana.
También he leído obras fantásticas como La educación soviética (Acantilado, 2025), de Olga Medvedkova, una especie de bildungsroman durante los años de Bréznev, donde también aparece la Rusia de los disidentes que viven en el límite del kilómetro 100. Y la excelente y misteriosa Desaparecer (también de Acantilado), de Maria Stepánova, de la que escribí aquí: es una pequeña obra maestra sobre el desarraigo y el desgarro que produce en la intelectualidad liberal rusa la guerra de Ucrania. Es una literatura melancólica y elegante, a pesar de que se produce en un país cada vez más embrutecido. Celebro que las editoriales españolas le hagan el caso que merece.