La literatura como espejo
«Buscamos el reconocimiento en el arte y nos gusta solo aquello con lo que nos sentimos identificados. Por eso funcionan tanto la autoficción y las autobiografías»

Ilustración generada mediante IA.
El debate sobre si leer te hace o no mejor persona es constante y fluctuante. Ahora que la lectura se ha convertido en una actividad de estatus, surge un discurso que la ensalza como una especie de «educación moral». No suele ser un discurso estético, sino político. Hace un par de años, la periodista Jemima Kelly escribía en el Financial Times que «muchos estudios han demostrado que la lectura de obras de ficción literaria —a diferencia de la no ficción o la ficción pop— aumenta la empatía y la inteligencia emocional». Su artículo terminaba con una visión de la literatura estrictamente política: «En un mundo tan plagado de políticas polarizadas, todo lo que pueda contribuir a construir visiones del mundo más complejas y matizadas debe ser bienvenido».
Es una visión muy estrecha e instrumental del arte, y contra ella ya se enfrentó hace décadas Marcel Proust. En un artículo reciente en la revista Aeon, la experta en literatura francesa Flora Champy explica que la tensión entre la lectura como educación moral y como disfrute estético ha existido desde siempre, y compara las reflexiones de los escritores John Ruskin y Marcel Proust.
Frente al moralismo del primero, Proust defendía la literatura como una «educación en el disfrute». Como dice Champy, nos libera, nos enseña la complejidad y el matiz y nos ayuda a buscar la belleza a nuestro alrededor.
No nos hace mejores personas, pero la literatura sí que creo que es una gran herramienta contra el ensimismamiento y el solipsismo. Ese aprendizaje no tiene por qué traducirse en mayor empatía, pero sí nos puede hacer menos ombliguistas: uno descubre que su problema personal, que considera tan intransferible, incomprensible y único, muchas veces es una cuestión universal. No somos tan originales ni especiales, y nuestros problemas no son tan inéditos.
«Llegamos a juzgar la calidad de una obra por su capacidad de reflejar una experiencia verosímil y replicable en nuestras vidas»
Pero esa visión puede llevarnos a una postura muy común en la actualidad. Buscamos el reconocimiento en el arte y nos gusta solo aquello con lo que nos sentimos identificados. Por eso funcionan tanto la autoficción y las autobiografías. Esa lógica ha distorsionado tanto nuestra recepción del arte que incluso llegamos a juzgar la calidad de una obra por su capacidad de reflejar una experiencia verosímil y, sobre todo, replicable en nuestras vidas. Hubo gente que vio la serie Los años nuevos y no le gustó porque… ¡ellos no habrían hecho lo mismo! Si uno lee las reseñas de Goodreads (donde más se puede pulsar la recepción popular de un libro) del superventas Comerás flores, de Lucía Solla Sobral, encontrará que las personas más favorables son mujeres que vivieron algo parecido a lo que sucede en la novela: una relación tóxica con un hombre mayor que ellas.
En un vídeo reciente, la influencer Esty Quesada (Soy una pringada) explicaba su experiencia yendo al cine a ver la película Samsara, del español Lois Patiño. Es una película meditativa y experimental situada en Laos (en ella hay un buen rato donde te exigen cerrar los ojos, y la acción pasa de seguir la vida de una mujer a la de una cabra). «Sinceramente, yo así no me puedo identificar», dice Quesada. «Es egoísta y narcisista esto que estoy diciendo. Hay un plano de diez minutos de las mujeres del pueblo recogiendo algas. Una cosa que yo he hecho mucho, con la que me identifico y me encanta. Yo he pasado toda mi infancia recogiendo algas en Camboya». Está siendo irónica, y su vídeo es muy divertido, pero en el fondo está ahí uno de los males del realismo de nuestra época: si no me puedo ver a mí mismo, no me interesa.