Vuelva usted mañana (edición China)
«La autobiografía de Hu Anyan durante sus años como trabajador precario, ‘El repartidor de Pekín’, es serena y fría, y al mismo tiempo entretenidísima»

Detalle de la portada de 'El repartidor de Pekín'.
El repartidor de Pekín es una historia esencialmente china. Es la autobiografía de Hu Anyan durante sus años como trabajador precario en Pekín y Shanghái, sobre todo como mozo de almacén en una empresa de logística y como repartidor de paquetes (en un viejo motocarro que recuerda a los años de Mao). Al mismo tiempo, su experiencia es muy universal y, también, muy específicamente latina. Podría estar en Pekín o en Palermo, en Atenas o en Almería: se topa con una burocratización ridícula, con empresarios que se aprovechan de la mano de obra barata, con fraudes y corrupción a pequeña escala, absentismo y desidia laboral, y con un pasotismo que difiere radicalmente del discurso oficial de la productividad china.
Al principio del libro, Anyan busca registrarse en un nuevo trabajo y lo zarandean de un lado a otro: te falta este papel, este papel no vale, hoy el encargado no está, si me dieras unos yuanes te lo tramito… He vivido experiencias parecidas en la administración pública española (aunque, menos mal, en España no te piden sobornos los médicos).
Anyan sí que es un tipo de trabajador muy esencialmente chino. Es un inmigrante interior. En los años cincuenta, el régimen de Mao estableció el sistema hukou, una especie de registro familiar que te ata a tu lugar de nacimiento y residencia. Los trabajadores migrantes más pobres de China se trasladan a las grandes ciudades para trabajar, pero no pueden empadronarse ni escolarizar a sus hijos y son considerados ciudadanos de segunda.
Es una idea parecida a la de los países del golfo con los bangladesíes, indios o pakistaníes: son simplemente mano de obra barata. También recuerda al concepto gastarbeiter, los «trabajadores invitados» extranjeros que se mudaron temporalmente a Alemania en los años sesenta, entre ellos más de medio millón de españoles: la idea era que volvieran cuando ganaran algo de dinero.
Pero en el caso de los trabajadores chinos, no son extranjeros, sino de regiones más pobres donde quizá no hay buenos empleos. El sistema hukou está detrás del éxito de desarrollo de China: permite al Estado mover mano de obra hacia los lugares donde es necesaria, pero evitando que se establezcan grandes masas de trabajadores precarios en las grandes ciudades. Anyan forma parte de esas masas proletarias que se desplazan a las grandes ciudades tecnológicas y construyen el milagro económico chino. Mientras sufre en turnos nocturnos de 12 horas en una empresa de logística (que le hacen perder la noción del tiempo y vivir como un zombie) y reparte paquetes en un Pekín bajo cero por 0,20 dólares por envío, las empresas en las que trabaja crecen tanto que se anuncian en las plataformas de streaming más populares del país.
«Anyan forma parte de esas masas proletarias que construyen el milagro económico chino»
El repartidor de Pekín no reflexiona sobre estos asuntos. Solo al final del libro se permite unas breves reflexiones sobre el trabajo: «La libertad era algo en lo que rara vez pensaba cuando trabajaba, supongo que porque daba por hecho que no la alcanzaría trabajando».
Es una autobiografía serena y fría, y al mismo tiempo entretenidísima. Anyan no solo trabaja en la logística. También es camarero, dependiente de una tienda de ropa, trabaja en una gasolinera, en una revista, en una tienda de cómics… La vida lo zarandea y pocas veces consigue doblegarlo.
Solo en las etapas de inactividad o desempleo, Anyan se permite escribir. la escritura es su pequeña parcela de libertad en un mundo alienante. Las historias de El repartidor de Pekín se publicaron primero en un blog que mantuvo durante años, y Anyan participa en un foro de literatura donde muestra su pasión (y luego desencanto) por Raymond Carver; aunque quien más le gusta es J.D. Salinger. Espero que los dos millones de ejemplares vendidos en China y la traducción a decenas de idiomas le permitan seguir escribiendo.