El paraíso de los márgenes
«'Ferias y Atracciones', de Juan Eduardo Cirlot, es un libro deslumbrante, un ejercicio literario, ensayístico, de una profundidad y dimensión colosales»

Ilustración generada mediante IA.
Nada como vivir al margen. Y contemplar, como un «espectador» orteguiano, el guirigay de la vida. Yves Bonnefoy escribió: «Ama la perfección / porque la imperfección es la cima». Qué bien suena. Para la RAE, margen sugiere estar al margen, mantenerse apartado, marginado, ajeno a lo que sucede; es una decisión voluntaria, no ser parte importante de lo que está sucediendo. Mirar y ver. Fue el actor Harvey Keitel quien, en una entrevista, cuando le preguntaron cuál era su anhelo más íntimo, confesó algo así como: «Ser anónimo e invisible para poder pasear por Brooklyn».
No está mal. Ir a la contra de lo que ocurre. Pero ir de verdad. Ignorar lo que pasa porque lo que pasa merece, artísticamente, ignorarse. Son una buena nómina la de los escritores que han buscado su ideal literario más allá del éxito y situarse, benditamente, en los márgenes de la literatura. Lugar apacible. Algo así como un lugar, si no secreto, sí discreto, en el que asentarse y que te vengan a ver o a buscar.
Por ejemplo, qué aburrido debe ser el éxito, porque después del éxito, ¿qué viene? O más éxito, y es una repetición de lo ya conocido y disfrutado, y conduce, no hay escapatoria, a la rutina del éxito, al repetir la fórmula; es una opción, o el fracaso. Muy desagradable después del éxito. El éxito deja un inquietante vacío. Y ahora, ¿qué? Y el fracaso siempre es un mal cálculo, además de desagradable y moderadamente incómodo para la moral de uno, sobre todo después de conocer los placeres (efímeros) del éxito. Así es como el éxito aburre, cansa, rompe la emoción, la expectativa, la intriga y el suspense. Una obra que no tiene éxito siempre será una obra en construcción, en busca del éxito o en busca de otros horizontes.
El gran ensayista mexicano Gabriel Zaid recordó que, en nuestro caso, un escritor debe elegir, y probablemente pueda, entre tener cien mil lectores en un año o cien mil lectores en cien años. Y no es lo mismo. El corte de los cien años es complicado, de manera especial, porque es muy probable que uno no lo vea. Pero a ello iba. A mayor éxito, mayor derrumbe. ¿Quién desea algo tan desagradable? Claro que solo fracasa quien busca el éxito, al resto le da exactamente lo mismo.
Estos días uno leía a un escritor de esos que no buscaron el éxito y, sin embargo, el tiempo consolida su obra de manera extraordinaria: Juan Eduardo Cirlot (1916-1973). Uno se encontró en la librería Farinelli del Real Sitio de la Granja de San Ildefonso (Segovia), con un libro deslumbrante de Cirlot, un libro que, probablemente, en su obra, cumple aquello de los márgenes, pura marginalia, notas y comentarios: Ferias y Atracciones (WunderKammer, 2023) con un prólogo, modelo de introducción a una obra de Eugenio Granell.
«Cirlot con una erudición, ajena a la pedantería, ilustra cada capítulo remontándose, si es el caso, a lo más ancestral de la existencia»
La primera edición data de 1950 y sus páginas invitan a un recorrido, entre la magia y la fascinación, por un parque de atracciones; bien podía ser la Barcelona de la época, pero eso es lo de menos, o lo de más. Las páginas se abren con estas palabras de Granell: «No son extrañas en la historia de la vanguardia imágenes de sus principales protagonistas en los parques de atracciones. Apollinaire, Picasso, Picabia, Breton, Dalí, Buñuel o John Cage, entre tantos que visitaron asiduamente esos lugares, entendiendo que allí se daba el tipo de vida que ellos buscaban como alternativa a la rutina reglada de la ciudad del trabajo».
Es decir, soñar, perderse en el azar, que todo lo puede, y el placer simultáneo del asombro. Y Granell adelanta lo que se encontrará el lector con el mismo o semejante asombro que Cirlot: un lugar infernal, el decorado y la música, la irrealidad del lugar y su carácter efímero, un cuadro, un mundo, la rueda y lo ancestral, las leyendas antiguas y los clásicos, José Gutiérrez Solana, el principio y el fin del principio del libro. Como escribe Cirlot, «ese mundo dentro de otro mundo». O como apunta: «Una de las características del Parque de Atracciones es que consiste en la escenografía, a gran formato, del ilusionismo». ¿Y no es de ilusión de lo que se nutre la vida? La de verdad. Allí, la cabeza parlante, el hombre orquesta, el tiro al blanco, las bicicletas mecánicas, los columpios, las barcas, las grutas mágicas, las casas encantadas, las casas de la risa, la gruta.
La idea de un viaje a lo desconocido, o las maneras de encontrar el porvenir. Lo que vendrá se mezcla con el faquir profético, el pájaro del destino, la revelación del destino, las clarividentes, la noria vertical, el cielo de los caballitos, los muñecos mecánicos, el domador, los dioramas, las canoas eléctricas, la rueda aérea, los asientos voladores, la espiral del laberinto, la domadora de pulgas, el futbolín y los premios.
Cirlot, con una erudición ajena a la pedantería, ilustra cada capítulo remontándose, si es el caso, a lo más ancestral de la existencia o a lo más cercano de esos años cincuenta. Es un ejercicio literario, ensayístico, de una profundidad y dimensión colosales. Y ahí están sus cerca de poco más de 130 páginas. En una edición exquisita y, valga insistir en ello, con un prólogo de Granell que anuncia y desgrana, con notable lucidez, lo que el lector se encontrará.
No es de extrañar que Victoria Cirlot (1955), hija del escritor, eminente profesora de Literatura Medieval en la Universidad Pompeu Fabra, publicara Marginalia (Vaso Roto, 2025), como suma y resumen de ese anhelo de vivir en aquello que se escribe en los bordes de las páginas y que, como en el caso de Juan Eduardo y de Victoria, constituye algo esencial que se aleja, voluntariamente, del centro para romper los horizontes de la imaginación, la ilusión y, sobre todo, los sueños.