Del humor al rubor
«El humor es un oasis entre los 'mala baba', los cabreados sin mácula, los 'mala leche' de barra de bar y ahora invadiendo otros espacios»

Ilustración creada con inteligencia artificial.
No son buenos tiempos para el humor, para la ironía, para la risa. Son tiempos sombríos. Gentes de «mala baba» o lo que un castizo denominaría los «mala leche» se han puesto al frente de las operaciones y se nota, y se lee, y se escucha, y se ve en el ambiente. Hasta ese humor que parece flotar en el aire de los días es un humor resabiado, toreado, desconfiado, remiso, a la defensiva, como si pidiera permiso para ejercer. Cierta confusión entre el exabrupto y el cachondeo. La literatura española ha conocido diversos itinerarios, distintos y distantes, de tratar y acercarse al humor. Para resumir, la vía cervantina y la vía quevedesca. Antes ya lo hubo y después, también. Pero tratándose de dos enormes escritores, valgan como punto de partida; al menos tratamos con los Siglos de Oro.
La vía Cervantes tuvo poco éxito. Y el éxito escaso vino desde Inglaterra. Allí sí leyeron la profunda ironía melancólica que se descubre en El Quijote y en el resto de su obra. Una ironía hacia adentro, un reírse de sí mismo como salvoconducto para reírse de los demás, o compartir las desdichas de la vida con humor e ironía, no tomarse en serio, dudar a cada instante de los pasos que uno da y confiar en que, en el fondo, todo, salvo la muerte —y ahí te quiero ver—, no es definitivo. La lección de Cervantes es soberana: provoca una leve sonrisa, un gesto de complicidad con el lector, con el interlocutor, un juego de ambos para saber que tomarse demasiado en serio uno mismo es un riesgo solemne de patetismo. No es extraño, pues, que esta manera tan delicada de tratar el humor, ese, si quiere el lector, inocente cinismo a la hora de enfrentarse con el lado oscuro de uno mismo y tomárselo con calma y humor, fuera descubierto en la vieja e irónica Inglaterra.
Por otro lado, tenemos la vía Quevedo, la línea que sí triunfó en la literatura genuinamente española: el chafarrinón, la mueca, la ridiculización del otro, la humillación de los propios personajes creados por el autor, la carcajada simplona y vociferante cuando las desgracias les suceden a otros, el adjetivo salvaje, lleno de ruido y de furia, para negar al contrario, el abecedario de insultos, siempre dirigidos al otro, no a uno mismo, de una riqueza, por cierto, descomunal en cuanto a la diversidad y variedad terminológica del español. Aquí el insulto tiene su público. De Quevedo a Cela, el lector puede trazar el viaje, dibujar el mapa, de esta segunda derivada del humor.
Y hubo otro que surgió en las primeras décadas del siglo XX, un híbrido, si así gusta, protagonizado por alguien con notable proyección en la literatura iberoamericana: Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888-Buenos Aires, 1963). Como con acierto denominó Víctor García de la Concha, «la generación unipersonal de Gómez de la Serna». Fue en sí mismo una generación entera que alumbró otra: la del 27. Y de esto ya hablaremos cuando toque (el año que viene). Para cualquier lector, Ramón. Como firmaba. Alguien que confesó tras la publicación de sus extraordinarias memorias, tituladas nada menos que Automoribundia, que el manuscrito estaba redactado con tinta roja porque él se dejaba la sangre escribiendo. Ya empieza, o termina, bien.
Alguien que aconsejaba: «En la vida hay que ser un poco tonto, porque si no lo son solo los demás y no te dejan nada». Alguien a quien Ortega cita en La deshumanización del arte (1925), junto a Joyce y Proust, como los tres escritores que miran «lupa en mano lo microscópico de la vida». Alguien a quien Borges —que no era muy partidario de Ramón, porque sus devociones iban más del lado del gran Rafael Cansinos Assens y la tertulia en el Colonial— en Inquisiciones (1925) señala como «el mayor de los tres Ramones» (hay que suponer que los otros dos son Ramón del Valle-Inclán y Juan Ramón Jiménez). Alguien cuya impronta en la literatura hispanoamericana fue importante, ya fuera entre los contemporáneos de Borges, Bioy Casares —según le confesó a uno en Buenos Aires—, Neruda y Octavio Paz, como en generaciones posteriores, ahí los testimonios de García Márquez, Julio Cortázar, Bryce Echenique.
Ramón logró convertirse en un personaje admirador de la chanza, el requiebro, lo atrabiliario de Quevedo y en un escritor cuya literatura surgía de la más conmovedora estirpe cervantina. En Pombo, su cuartel general tertuliano, aparecía el Quevedo guasón, disparatado, vocinglero, «un cosmorama», lo definió Saúl Yurkievich, y el propio Borges, que salió de allí disparado porque su filia británica se lo exigía, lo bautizó como «una verídica Enciclopedia o Libro de todas las cosas y otras muchas más» cuando se publicó La sagrada cripta de Pombo (1924). Ese Pombo de la calle Carretas madrileña, junto a la Puerta del Sol, que cada sábado Ramón resucitaba, la voz cavernosa —decía él cuando le imitaba y se grabó— del propio Quevedo.
Pero fue ese Ramón quien le dio alas a un grupo de jóvenes escritores a los que, décadas después, en 1983, y con motivo de su ingreso en la Academia, uno de ellos, José López Rubio, alumbró como La otra Generación del 27. Pura estirpe ramoniana. Aquellos a los que Andrés Trapiello recuperó para la historia literaria española, pues como bien advirtió fueron los que habían ganado la guerra y perdido la literatura: los Neville, Mihura, Tono, Jardiel, Herreros. Muchos de ellos habían viajado a Hollywood para trabajar en la que se denominaba «segunda versión» de las grandes producciones norteamericanas, es decir, las que se rodaban en español, para el inmenso mercado hispanoamericano y, por supuesto, de España. Esa, también, es otra historia que se ha contado con detalle, pero que nunca dejará de ser uno de los capítulos más desternillantes y maravillosos de un grupo de españoles por ahí fuera.
Un humor inteligente, desesperadamente irónico, que gira hacia sí mismo, que no deja títere con cabeza, siempre que el primer títere y la primera cabeza sea la de uno mismo, con profundo respeto a la capacidad del lector para entender, o suponer, lo que hubiera que entender o suponer, les caracteriza y les eleva. Un oasis entre los «mala baba», los cabreados sin mácula, los «mala leche» de barra de bar y ahora invadiendo otros espacios. Pasamos del humor, bendito humor, al rubor de escuchar y contemplar, con desolación, el patio de Monipodio patrio, tan airado como triste, de estos desolados días y, para colmo, el calor no acompaña. Amén.