Xoan Bello, la vida en la literatura
«Las obras del escritor asturiano han sido comentadas, admiradas, seguidas por esa gente especial que considera a la literatura algo tan necesario como el aire puro»

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Cuando la vida, la de verdad, entra en la literatura, la de mentira, el misterio se convierte en rito, nace una realidad mágica, surge una geografía íntima que contagia al lector, y le permite descubrir otras vidas, vagabundear en otros sueños. «Lo que más admiro es la posición del lector, una persona libre ante el espejo de su conciencia: si leo a Montaigne, y lo leo bien, yo soy Montaigne. ¿Quién ofrece más por los cuatro duros que cuesta un libro?» Son palabras de un enorme escritor, alguien que, como para los escritores entregados a su obra, convierte en literatura todo cuanto vive y vive con el aliento de la creación de mundos, gentes e historias en palabras.
Fue Xoan Bello (Paniceiros, 1965-Oviedo 2025). Cuando publicó Historia Universal de Paniceiros (2002) el reconocimiento fue inmediato y general. Pronto se cumplirá un año de su muerte. Al regresar uno a Oviedo, como secretario del Premio Princesa de Asturias de las Letras, la presencia de Xoan Bello se ha hecho infinita. Poeta, novelista, ensayista, traductor, columnista, filólogo, fue alguien que siempre tuvo como referencia esencial de todo su quehacer literario y periodístico algo sagrado en estas cosas: el lector. Y su empeño en expresarse en la lengua de su tierra, Asturias. García Martín, Víctor Botas, Berta Piñán, entre otros, jalonan, junto a Xoan ese momento especial de un territorio condenadamente literario y esa ciudad, Oviedo. Y, para Xoan, el campo, el contacto con la realidad rural, la exaltación de unas vidas próximas, con su pasado y su presente y su incierto futuro. Xoan formó parte del Jurado del Premio Princesa de Asturias de las Letras durante años.
Fue, para uno, un formidable reencuentro. Antes fue durante los días en la casona de Verines, cuando por iniciativa de Víctor García de la Concha, cerca de una semana, convocaba a escritores españoles a debatir, en un paraje extraordinario, sobre un asunto seleccionado. Lo mejor, eran las conversaciones durante las comidas y las cenas, en un hotelito, digno de una película de Jacques Tati en la Playa de La Franca. En Oviedo, aquella amistad se convirtió en un momento de vida, una epifanía anual, una fiesta singular en torno a lo que nos interesaba la literatura pura y dura. En una de las sesiones me dejó sobre la mesa del Jurado, Incierta Historia de la Verdad (Rata, 2019), por cierto, qué título soberano para lo que ha venido después.
El prólogo era de su buen amigo y excelente poeta Martín López Vega, incluía un poema dedicado a Xoan, memorable: Yendo a casa de Xoan Bello con unas semillas que le traigo de Portugal y, más adelante, escribía sobre el libro: «Todos estos papeles juntos de ese ermitaño raro que es Xoan Bello, que no tiene ermita pero sí retiro, que no tiene rezo pero sí una oración secreta por las cosas buenas de la Tierra, que tiene más amigos que horas solitarias aunque de nada falte, nos llegan ahora en forma de libro, y son una memoria personal y también la memoria del mundo».
Al leerlo, uno recordó aquellos versos de Walt Whitman que decían algo así como que cuando hablo de mí, hablo de ti. El libro se cierra con un poema, La noche negra que es una de las declaraciones de amor más radiantes de tan sencilla como poderosa: «Dame la mano, /amor: de la noche negra salimos juntos». Sus páginas están llenas de vida. Es un libro que emociona. Las obras de Xoan han sido comentadas, admiradas, reconocidas, seguidas por esa gente especial que considera a la literatura algo tan necesario como el aire puro de la campiña asturiana.
«La literatura y Asturias fueron su emblema, su pasión y su entrega»
Uno quiere detenerse en este libro, en ese premonitorio título, en cada una de sus páginas que animan a vivir, a pensar, a soñar, a recordar. Tres son los grandes capítulos que lo componen: La silueta del alma, El laberinto del tiempo y La construcción de la ruina. Cada uno escribe sobre lo que le transforma, le importa. La literatura y Asturias fueron su emblema, su pasión y su entrega. Paniceiros era la historia universal y el mundo se abría en Paniceiros. Pocas ocasiones así. Xoan y uno teníamos nuestras geografías míticas, pero una ética común, un sentido y sensibilidad acorde a la conversación. Nos separaban, o mejor, nos distanciaban mil continentes y, sin embargo, en esa conversación tendíamos puentes infinitos, superábamos las ilusas fronteras ideológicas y construíamos un universo en el que la amistad fortalecía a los dos. Limaba y acercaba. Inmenso escritor Xoan Bello.
Tras las reuniones mañaneras del Jurado, nos reuníamos con Sonia, su mujer, para tomar el aperitivo en un chigre en el Fontán, al que el otro día regresé como discreto homenaje al amigo que ya no está. Sus cigarrillos y mis habanos, ahora después de las cenas del jurado, solos los dos, con lluvia o con frío, en los márgenes del hotel configuran esos momentos de la sensación verdadera de los que habló el Nobel Handke. Epifanías como medallones eternos que conserva uno en la memoria y los cuida y los cultiva con un mimo espeluznante. La memoria de alguien permanece. Xoan Bello brilla en la memoria.
Ahí sus libros, su presencia, su voz, su aspecto ajeno al tiempo, asturiano de todos los tiempos, con esa grandeza tímida de Asturias en sus ojos, en sus palabras, en su amistad. Noble, discreto, como bien señaló James Salter para esto de la literatura, de la memoria: «Queda lo escrito», pero en su caso, además de todo lo escrito, queda él en cada minuto que compartimos, para siempre.