Todos con el Papa de Roma, toma
«Hay algo chocante sin duda en ver a un líder religioso vestido de lo suyo dando un discurso político en un Parlamento democrático»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Por una vez, Echenique estuvo coherente: «¡El telediario de La 1 de TVE dando la misa!». Aquí. Y por una vez la podemia perdió la oportunidad de no callarse y denunciar, con tino, que apenas hubo monjas visibles en los actos litúrgicos cuando son la base del trabajo de campo. Pero quia de quias, se le ahorró al Papa la crítica al inveterado machismo católico.
Y es que, con las ausencias doctrinarias de Podemos, ERC y el BNG —Bildu juzgó que quedar bien con el cupo del clero vasco, que tantos votos quita y da, bien valía una suspensión temporal de su alianza nacionalista para las europeas—, el Congreso, comunistas incluidos, se entregó a una de esas unanimidades que solo se producen cuando nadie quiere correr riesgos. Los aplausos batieron ampliamente el registro alcanzado en la jura de la princesa Leonor, en la que solo aplaudió una parte de la Cámara. Incluso cabe sospechar que habrían durado más si el propio pontífice no hubiera sido invitado insistentemente por la presidenta, Francina Armengol —por una vez salió vestida de calle—, a abandonar el hemiciclo. Hay algo chocante, sin duda, en ver a un líder religioso vestido de lo suyo dando un discurso político en un Parlamento democrático. De hecho, no ocurre casi nunca. Pero ser el Vaticano un Estado tiene esa ventaja competitiva a la que Sánchez ha querido agarrarse (ya que Mahoma no fue a la montaña monclovita). En otra coyuntura y con el PP gobernando, no está nada claro si hubiera habido consenso para la sesión parlamentaria.
El fenómeno tiene su interés. España es hoy menos católica que nunca, como bien ha recordado Iñaki Ellakuría en El Mundo sobre la ilusión de la unanimidad católica, pero el papado conserva una capacidad de convocatoria política que ya solo compite con los Juegos Olímpicos o los Mundiales de fútbol. El Papa se ha convertido en una figura global. Y, como toda figura global, sirve para que cada cual vea en ella exactamente lo que desea ver y luego pueda vender.
Eso fue precisamente lo que ocurrió. El unanimismo parlamentario apenas duró lo que tardaron los partidos en seleccionar del discurso pontificio las frases que mejor encajaban con sus respectivas trincheras y echárselas en cara a la de enfrente. Cada cual se llevó el Papa a su sardina. Unos encontraron al defensor de los pobres y las pateras; otros, al predicador de la dignidad humana y el debelador del aborto y la eutanasia; algunos, incluso, al aliado involuntario y coyuntural contra sus adversarios bélicos.
La operación no resulta difícil. La doctrina moderna de la Iglesia es una de las construcciones intelectuales más hospitalarias que existen. Todo cabe. En ella conviven posiciones inequívocamente conservadoras sobre cuestiones como el aborto, la eutanasia o el papel de la mujer, junto a un igualitarismo moral radical, un universalismo exigente y una crítica constante de los excesos del mercado. El resultado permite a casi cualquiera practicar el viejo arte del pick and choose: escoger lo conveniente y olvidar el resto.
El discurso pronunciado en el Congreso no se apartó de ese esquema. Fue, esencialmente, una homilía trasladada a la política: ayuda a los desfavorecidos, respeto a la dignidad humana, fraternidad y responsabilidad moral. Y paz en el mundo para los hombres de buena voluntad. No en nombre de la razón ilustrada ni del humanismo secular, sino en nombre de la fe. Ese misterio inexplicable e inexplicado, pero que responde al cableado evolutivo de la especie. (El comunismo y su fe fanática en el progreso también bebían de la misma fuente utópica, aunque su resultado fuera el infierno en la Tierra).
Pero conviene reconocer que ninguna ideología política ha abrazado, sin embargo, una idea del cristianismo que resulta tan extravagante, y al mismo tiempo tan admirable y surrealista, como el mandato crístico de amar al enemigo. Ninguna ideología contemporánea, de izquierdas o de derechas, ha conseguido adoptar una exigencia más radical. Con esa paradoja todos deben convivir. Nadie ama a sus enemigos. Hasta míster Prevost ama más al Real Madrid de Pérez que al Barça de Déu.
La paradoja se acentúa cuando, desde el otro lado, la Iglesia parece querer ignorar que el sistema que más se aproxima, aunque imperfectamente, a algunos de sus ideales igualitarios y ultrafraternos no es otro que la democracia liberal y capitalista. Un sistema lleno de defectos, desigualdades y contradicciones, sin duda, pero también el único que ha logrado combinar prosperidad, derechos individuales, pluralismo y protección de los más vulnerables a una escala razonable. No se trata de amar a los enemigos, pero sí de acomodar y no maltratar a quienes son nuestros adversarios. No es poca cosa.
Naturalmente, las democracias liberales son también los lugares donde peor prospera la fe entendida como aceptación de una verdad revelada. Allí donde los ciudadanos adquieren la costumbre de preguntar por qué, los dogmas empiezan a sufrir. No es una casualidad. La libertad tiene esa desagradable costumbre de pedir explicaciones.
Pero el Papa olvidó mencionar que la democracia es, por defecto, y con mucha diferencia, el menos malo de los sistemas para el hombre, según el refranero churchilliano. Tal vez sea por aquello de la soga en casa propia y porque la pirámide jerárquica de la Iglesia está basada en patrones de funcionamiento propios de cualquier autoritarismo. Para un seguidor de Cristo, y no solo de su Iglesia, lo cristiano sería predicar la democracia cuando viaja a las dictaduras, más que quejarse del capitalismo cuando visita las democracias.
Mención aparte merece su paso por Cataluña, a cuestas del elefante y del sempiterno problema catalán, esta vez encarnado en lo que hablara o dejase de hablar el paquidermo bilingüe. Desde Waterloo, ya Puigdemont había arengado a sus feligreses para que hicieran patente su desacuerdo porque el Papa usase, como estaba previsto, mayoritariamente el español en sus intervenciones. Es un idioma que domina y el de su nacionalidad peruana. Pero eso no podía ser un eximente. El Papa debía hablar en alfabeto fonético el catalán (al menos le ahorraron tener que ponerse el pinganillo); y se produjeron dislates tales como el durísimo testimonio de una joven catalana cuyo padre quiso matar a su madre, hecho en castellano, que se vio respondido en catalán fonético por Prevost.
Y es que dio su fruto que en el Congreso Míriam Nogueras y Eduard Pujol (Pujol, predestinato) le hicieran una encerrona para presionarlo, pues al final el uso del catalán se equiparó al del castellano (hasta los más matemáticos quisieron cronometrarlo). Pero de nada sirvió, pues de lo que se trataba no era de que hablase catalán, sino de que no hablase español.

A punto estuvieron de lograr los independentistas su objetivo de aprovechar que el món ens mira y colar una performance con esteladas escondidas surgidas del forro del coro y un canto de Els segadors fuera de programa de propina, de no ser por la intervención de las fuerzas del orden, que desarticularon al comando. Una ocasión como esta pocas veces la podrán repetir. Y demuestra lo anémicas que andan las fuerzas de Waterloo, a la espera de la sentencia del martes en Luxemburgo y de si puede o no volver a tierra santa Puigdemont… Es lo más probable, vista la alergia de los jueces europeos a meterse donde en realidad sí deberían meterse.
Coda 1) La joyita de la corona socialista. Habría cierta justicia poética, a lo Al Capone, en que el zapaterismo acabara tropezando por unas joyas de procedencia dudosa y unas declaraciones fiscales presuntamente olvidadas. No sería la primera vez que la épica política acaba reducida a una cuestión de impuestos. Los tiempos de la Justicia, sin embargo, siguen siendo los que son. En el mejor de los casos, el juicio por este y otros asuntos que afectan a José Luis Rodríguez Zapatero no se celebraría antes de un año largo. Es decir: difícilmente habría una sentencia antes de las próximas elecciones generales. Un alivio táctico para Pedro Sánchez. Pero los efectos políticos de una investigación no esperan necesariamente a una condena. El sanchismo encontró en Zapatero algo más que un expresidente: encontró un referente moral, por emplear esa palabra cursi tan querida por el lenguaje político contemporáneo. Si la figura de Zapatero queda destrozada, el relato que ha sostenido al PSOE durante los últimos años también se resentirá electoralmente. La Justicia es lenta. Lo singular es que, a veces, sus consecuencias actúan, en contra de lo que prevé la ley, retrospectivamente, reescribiendo biografías, revisando prestigios y obligando a releer etapas enteras de la vida política. Herencia maldita que deberá cargar quien se haga cargo del PSOE del día después.
Coda 2) Soldatets de Catalunya. Más abajo se debate con Manu Mostaza sobre la encuesta de Sigma Dos y los posibles cambios de tendencia electoral en Cataluña. Pero, más allá de los decimales y las proyecciones, hay un hecho político difícil de ignorar: descartada una mayoría constitucionalista, para la que no dan los números ni las siglas, la fragmentación del Parlamento catalán estrecha considerablemente el campo de las alianzas posibles. En ese escenario, la única mayoría potencialmente operativa sería una alianza transversal del independentismo, desde la CUP hasta Aliança Catalana. Quizá no bastaría para formar un gobierno estable, pero sí podría servir para una investidura. La política tiene estas ironías: cuanto más disperso parece un espacio político, más incentivos encuentra para reagruparse, no para algo, sino contra algo.
La cuestión de fondo es otra. Una eventual recomposición de ese bloque independentista tendría inevitablemente como horizonte la reactivación, bajo nuevas formas, del proyecto que se conoció como Procés. Esta vez, sin embargo, el contexto jurídico sería distinto. Tras la experiencia de 2017, las fronteras entre el desafío político y la respuesta penal han dejado de parecer tan evidentes como entonces. ¿Lo volverán a hacer? La pregunta sigue siendo pertinente. Entre otras cosas, porque fueron ellos mismos quienes prometieron hacerlo. Deben hacerlo o no se lo perdonarán… el día del funeral de Pujol, cuando lo prometerán en sus obituarios ya preparados.
Coda 3) Trump, el anunciante. Trump ha vociferado su enésimo acuerdo de paz con Irán. A este paso no pasará a la historia como un hacedor de paz, sino como un fabricante compulsivo de anuncios. Su verdadera especialidad quizá no sea la diplomacia, sino el mercado de futuros. Algún día alguien debería calcular cuánto dinero han ganado él y su entorno en las sucesivas oscilaciones bursátiles provocadas por declaraciones que, casualmente, conocían antes que nadie.
Más inquietante aún es el estado de la oposición. Los demócratas siguen instalados en una mezcla de estupor y melancolía poselectoral. De la simpática Kamala Harris apenas se tienen noticias. Su desaparición del primer plano no augura nada bueno para un partido sin líderes que parece haber confundido la reflexión estratégica con la hibernación. Si la situación no cambia, las elecciones de noviembre podrían confirmar algo más grave que el hecho de que Trump salga vivo de la quema: la incapacidad demócrata para convertir los errores de Trump en una alternativa de Gobierno.
Cuestionario con Mostaza
Una semana más, preguntamos al politólogo y encuestólogo Manuel Mostaza Barrios sobre asuntos estelares y candentes para la humanidad.
PREGUNTA.- Se fue el Papa: ¿tendrá impacto electoral su visita? Todos los partidos parecen haber arrimado el ascua a su sardina… ¿Se va a difuminar muy rápidamente el eco de la visita?
RESPUESTA.- Todo va muy rápido… En pocos días, la visita del Papa será ya solo un recuerdo lejano. Ni la agenda judicial se va a relajar ni la parálisis del Gobierno va a variar en lo más mínimo. Sí, creo que sí: en pocos días estaremos a otras cosas.
P.- Sigue el rosario de escándalos en torno al sanchismo. ¿Hasta cuándo puede aguantar Sánchez sin convocar elecciones?
R.- Para quien el poder es un fin en sí mismo, lo importante es estar allí: da igual el coste y da igual la imagen. El poder como elemento fundamental, no para transformar, no para guiar, no para gestionar; solo para mandar. El presidente no se irá hasta que lo echen, a través de una moción de censura u obligado por una rebelión de lo poco que queda del Partido Socialista. Hace unos meses pensaba que quizá un cisne negro le obligaría a irse, pero los cisnes ya son todos negros y ahí sigue, pensando que gobierna.
P.- El CIS acaba de quitarle al PSOE cinco puntos de golpe, la mayor caída en un solo mes que se recuerda, y aun así lo deja ganando con cuatro de ventaja. Según Yáñez en TO, en el CIS se producen «atrocidades metodológicas», es decir, aberraciones. Usted, que se dedica a esto: ¿qué es más verosímil, que un partido pierda 5 puntos en 30 días o que los tuviera de atrezo desde el principio y el supuesto genio Tezanos se esté poniendo la venda antes de la herida? ¿Llegará el día en que se vaya acercando el CIS al promedio de las encuestas privadas?
R.- Todo lo que rodea al CIS es un completo disparate. Fíjese que el trabajo de campo del barómetro que usted comenta se cerró el 4 de junio, antes del informe de la UCO sobre las facturas falsas y de lo peor de la trama Leire. Así que, en realidad, la caída de cinco puntos no recoge nada de lo que ha ocurrido en los últimos días. Creo que, en efecto, desde el Centro están virando la tendencia con algún objetivo que a mí se me escapa, pero tenga clara una cosa: el CIS de Sánchez-Tezanos no describe la realidad; intenta cambiarla, pervirtiendo así su naturaleza fundacional.
P.- Siguiendo con el CIS, el otro día un artículo muy interesante hablaba del «centro» como un problema. ¿Cómo lo ve usted? ¿Han dejado de ser de centroizquierda y de centroderecha el PSOE y el PP?
R.- Creo que los parámetros con los que crecimos, las grandes rupturas de la modernidad, llevan años mutando, pero no sabemos bien hacia dónde. España se había acostumbrado a convivir con las dicotomías centro/periferia o bien izquierda/derecha, y con ellas gestionaba nuestra pluralidad, pero no tengo muy claro que esto vaya a seguir siendo válido en los próximos años. Si a eso se le suma la polarización, el horizonte no es muy halagüeño para la idea del centro, en efecto.
P.- ¿Sería imposible hoy un nuevo Cs con peso electoral?
R.- Es complicado: nuestro sistema de partidos dificulta que se estabilicen terceros partidos con presencia nacional en todo el territorio. Más o menos un tercio de nuestras circunscripciones eligen menos de cuatro diputados, y ahí necesitas un porcentaje muy alto para entrar con el último diputado.
P.- El último sondeo de Sigma Dos augura una altísima fragmentación en el Parlamento de Cataluña… ¿A qué puede deberse?
R.- Frente a la narrativa nacionalista, Cataluña es —desde un punto de vista identitario— aún más plural que el conjunto de España; por eso su subsistema de partidos está tan fragmentado: cada partido nacional está presente allí, pero además tiene una réplica, digamos, local, que en el PSOE se desdobla, además, entre el PSC y ERC; luego están las parejas PP y Junts, Vox y Aliança, los Comunes con Sumar. Hasta tienen una Herri Batasuna («Unidad Popular», en euskera) folclórica y local…
P.- ¿Quiénes son estos? Las candidaturas de Unidad Popular (CUP)… ¿Es tan impensable un frente independentista en la Generalitat, desde la CUP hasta Aliança Catalana, para relanzar el Procés? Con las actuales encuestas no se vislumbra ninguna otra coalición de investidura verosímil…
R.- No lo veo sencillo. La sociedad catalana ha cambiado en estos diez años y el apoyo a la secesión (¡se independizan las colonias!) es el más bajo de los últimos tiempos. Además, la sociedad va cambiando, y Cataluña tiene hoy más presencia de inmigración latina que hace diez años: casi se ha duplicado. Y esta no es una población, a priori, favorable a un movimiento político que cercena sus derechos como castellanohablantes. Por si esto fuera poco, en muchos aspectos los votantes de Aliança Catalana en Ripoll, Camprodon o Vic están más cerca de Vox que de la CUP o de Esquerra.
P.- ¿Primaría más en ellos el rechazo a la inmigración que el independentismo? ¿No será más bien que ERC y la CUP no querrían verse manchados por unos supuestos racistas?
R.- Las dos cosas, posiblemente. Son profundamente xenófobos, aunque unos lo disimulen más que otros.
P.- Aliança Catalana se está comiendo literalmente a Junts, a base de ser más antiinmigración: no solo le molestan los «españoles», sino también los inmigrantes sudamericanos y, sobre todo, musulmanes…
R.- Sí, puede ser. Junts no es una estructura sólida y, además, está muy condicionada por la errática personalidad del huido Puigdemont. A los que tenemos ya una edad —casi dos, como dice mi viejo amigo Antonio— nos parece que fue ayer, pero Convergència desapareció hace ya diez años. Y llevaba ya varios coqueteando con el secesionismo de manera descarada. Creo que detrás de Aliança hay, como nos contaba el profesor Antonio Elorza en clase, una ideología paseísta («passéiste» en francés), como buenos herederos del carlismo. Paseísta como antimoderno, en palabras de Antoine Compagnon; como antónimo de futurista: la utopía —una sociedad homogénea, monolingüe y pura— de un mundo que no existía en realidad, pero que funciona como una narrativa muy poderosa ante la naturaleza disolvente de la modernidad.
P.- ¿Correría incluso riesgo real Junts de desaparecer? ¿Dónde se van a refugiar los botiguers y las clases medias catalanistas?
R.- Vaya usted a saber; quizá los botiguers se acaben extinguiendo con el pospujolismo: es un tema biológico. Las sociedades cambian. Nosotros crecimos viendo a una clase media que se hizo catalanista en los años sesenta y setenta, pero no está escrito en ningún sitio, ni siquiera en Montserrat, que eso vaya a ser así siempre. Y fíjese: el único lugar de España en el que Vox le disputa la primacía al PP en eso que la extrema izquierda llama «espacio político de las derechas» es Cataluña…
P.- ¿A qué puede deberse esta competencia en el españolismo?
R.- Es una buena pregunta y no tengo una respuesta clara. Quizá a que en Cataluña el espacio de la derecha esté más desacomplejado que en el resto de España ante la asfixia de vivir bajo un régimen nacionalista de manera ininterrumpida durante décadas…
P.- Se firmó pacto de Gobierno en Castilla y León y ya tenemos un nuevo Gobierno de coalición entre las dos derechas… ¿No hay alternativa en la derecha a estos acuerdos? ¿Qué demonios es la prioridad nacional? No legal según el derecho de la Unión…
R.- Ahora mismo no, no la hay. El electorado se está haciendo conservador y eso ha abierto el hueco a un partido a la derecha de los populares. A ver qué tal funciona, porque la primera experiencia no fue especialmente brillante: en España estos Gobiernos funcionan de facto como dos Gobiernos en uno…
P.- ¿Qué demonios es la prioridad nacional? No es legal según el derecho de la Unión…
R.- Y, en lo que hace a la prioridad nacional, si se traduce por arraigo, está plenamente contemplada. Si va más allá, es verdad que no está contemplada porque va contra el derecho comunitario, pero le digo dos cosas relevantes: que también el derecho cambia, y que el gran éxito de Vox estriba en que, por primera vez en nuestra democracia, no es la izquierda la que fija el campo de juego del debate. En estos temas, y por primera vez en décadas, la izquierda juega fuera de casa.
P.- «Eurostat confirma que España cerró 2025 como campeona de paro de la UE: 10,5 %, casi el doble de la media. Pero el Gobierno celebra cada mes un récord histórico de empleo y somos la gran economía que más crece. ¿Cómo se puede ser a la vez el alumno estrella y el último de la clase? ¿Dónde está el truco: en la estadística de afiliación o en un mercado laboral que llevamos cuarenta años sin arreglar? Sigue habiendo una gran economía sumergida, ¿pero se puede cifrar?»
R.- Seguimos teniendo un desempleo de carácter estructural, difícil de corregir, pero es verdad que está ligado a la baja cualificación: la posibilidad de estar en paro es mucho mayor si se carece de estudios. Y también está ligado a cómo es, en parte, nuestra estructura productiva: empleos de temporada, a tiempo parcial…
En cuanto a la economía sumergida, no es fácil de estimar, ni mediante encuestas ni mediante métodos indirectos. En cualquier caso, no es lo mismo economía sumergida que empleo sumergido; es decir, quien te presta un servicio sin IVA seguro que está dado de alta en la Seguridad Social…
P.- El INE dice que la vivienda sube un 12,9%, el mayor ritmo desde la burbuja de 2007, y que ya no queda ni una sola comunidad por debajo del 10%. Pero las compraventas llevan tres meses cayendo: se compra menos y más caro. ¿Quién está ganando estas operaciones inmobiliarias? Y, como demóscopo: ¿cuántos votos vale un piso que no te puedes comprar y a qué partido se los está regalando este Gobierno, suponiendo que se atribuya esta situación al porco Governo? ¿Qué podría hacer este para mejorar la situación?
R.- Estamos en un mundo de precios de burbuja inmobiliaria, pero sin el volumen de burbuja. Hay menos oferta y por eso se compra menos, pero mucho más caro. Es decir, el mercado no absorbe la demanda, sino que la expulsa. Se construye mucho menos de lo que se necesita, porque se crean hogares —inmigrantes, personas emancipadas— a un ritmo mucho mayor que el que la maraña administrativa permite construir…
La economía vale mucho a la hora de decidir el voto; cuando tienes la sensación de que te va mal, eso es una variable poderosa a la hora de decantarlo. Desde luego, a la coalición de gobierno no le va a beneficiar: basar tu política en un montón de propaganda y anuncios vacíos no llena las urnas.
P.- Un think tank europeo, no la Moncloa, acaba de medir que solo el 11% de los europeos ve ya a EEUU como aliado, y que en ningún país se fían de que Trump nos defendiera. Pero el mismo estudio dice dos cosas incómodas: que el pulso de Sánchez con Trump no representa a la opinión europea media, y que los españoles quieren rearmarse… siempre que lo pague otro. ¿Somos el país más antiamericano de Europa o solo el que mejor disimula que no piensa poner un euro?
R.- La población europea va entendiendo que se acabó la era de la defensa gratuita, aunque nos cuesta entender que esto significa que la vamos a tener que pagar nosotros. Me interesa del estudio que en Europa aún se diferencia entre Trump y los Estados Unidos. El propio estudio dice que los europeos creen que la relación mejorará cuando pase esta Administración. También nos oponemos a volver a comprar gas a los rusos, pero seguimos queriendo energía barata… Todas estas contradicciones tendrán que resolverse en los próximos años.
P.- Pew también dice que la UE es hoy más popular que cuando los británicos votaron irse: del 49% al 62% de opinión favorable en diez años. Y, a la vez, el ECFR dice que ya nadie se fía de Washington. ¿Los europeos se han vuelto federalistas por amor o pánico?
R.- El Brexit fue un error: la coda de la nostalgia imperial de un mundo que había dejado de existir hacía décadas. Hay un dicho muy cruel en Bruselas que dice que hay dos tipos de Estados en Europa: los que son pequeños y los que aún no se han dado cuenta de que son pequeños… Dejar atrás la infancia es entender que el mundo no es como a uno le gustaría que fuera…
P.- ¿Y qué le dice a usted, como demóscopo, que ningún partido eurófobo del continente se atreva ya a pronunciar la palabra «salida»?
R.- La idea de una Europa unida es muy fuerte en muchos países, también en el nuestro. A nadie de más de 40 años le tienen que explicar mucho los beneficios de habernos sumado al club comunitario, así que entiendo que ya ni siquiera aquellos siniestros a sueldo de Moscú o de Washington se atreven a proponer esas cosas. Dicho esto: hay muchas maneras de entender el proyecto europeo, no solo una. Debatamos, hablemos, pactemos…
P.- Según Statista, el 62% de los británicos votaría a favor de reincorporarse a la UE, frente a un 38% que preferiría mantenerse fuera del bloque comunitario. El «arrepentimiento» del Brexit ronda el 57% de los ciudadanos, que considera que la decisión de abandonar la UE fue un error, y ello a pesar del viento en popa de Farage, con un 30% de intención de voto, lo que con el sistema electoral puede darle fácilmente Downing Street… ¿Cómo se explica?
R.- Significa, en realidad, que, como se sabe en teoría de juegos, las preferencias de las personas no son transitivas: podemos querer a la vez o de manera consecutiva cosas que son contradictorias. Europa es un continente envejecido y temeroso, y nuestra parte racional sabe que la única salida es unirnos y generar economías de escala, pero la parte irracional sueña con ese mundo lejano: el del poderoso Estado nación que dio forma al mundo moderno…
P.- El Gobierno americano acaba de publicar que sus niños de 13 años que leen por placer han pasado del 27% al 14% en una década: la mitad. Pero en España las encuestas dicen que nuestros jóvenes leen cada vez más. Misma generación, mismo TikTok, resultados opuestos. Usted, que vive de las encuestas: ¿somos la excepción lectora del planeta o simplemente aquí preguntamos «¿lees?» y allí miran el teléfono? ¿Cuánta lectura española es real y cuánta es quedar bien con el encuestador?
R.- Cuando las encuestas dan resultados tan dispares, suele deberse a diferencias metodológicas: ¿están midiendo lo mismo y de la misma manera? Y este es el caso: una cosa es la conducta y otra la declaración de cuánto lees al año. Además, en España hay —todavía— un marcador socialmente positivo a favor de la lectura: sigue quedando mal decir que no lees nada.
P.- Acaba la Feria del Libro… ¿Qué se trae entre manos?
R.- Un libro que engaña: Pequeña historia de la Antigua Roma, del gran Emilio del Río. El formato, la portada y las ilustraciones de Julius sugieren que estamos ante un libro para niños, y nada más lejos de la realidad. Es un ensayo que aporta el minimum minimorum que cualquier persona culta ha de saber sobre la historia de Roma y sobre lo que ha supuesto para Occidente. Ramón Cotarelo nos contaba en la universidad que «somos Nueva Roma». Si usted, caro lector, ha llegado hasta aquí, es uno di noi, así que cómpreselo ya y déjese llevar por el ansia viva de aprender.