The Objective
Tadeu

Yo y mi prioridad, el dilema de Feijóo

«Que el PP acepte ese marco nacionalista es el primer síntoma de una posible deriva. Pero antes de que todo esto pueda llegar a ser una realidad, de aquí año y pico, Feijóo ha de optar por unos de los dos caminos que se bifurcan que tiene ya hoy ante sí…»

Opinión
Yo y mi prioridad, el dilema de Feijóo

Ilustración de Alejandra Svriz.

La «prioridad nacional» de Vox —por más que Alberto Núñez Feijóo intente rebajarla— es ilegal en España y en Europa. El arraigo no conoce partidas de nacimiento. Podrán ensayarse atajos administrativos para disfrazarla, y la tentación será grande. Se podrá engañar un rato a los socios europeos, pero el inmigrante regularizado acabará instalándose donde quiera o pueda en Europa.

Lo decisivo del asunto es cómo integrar de la mejor manera a los de fuera que están aquí. Para ello no hay soluciones mágicas. Es un problema complejo que requiere de soluciones complejas. El tema de la inmigración ya es el gran tema de nuestro tiempo. Y sobre el que girarán todos los debates electorales en Europa. Se la necesita tanto como se la teme. Sólo Europa puede servir de regulador, pues el mercado es único y ha de seguir siéndolo. Urge un consenso europeo para que deje de ser la inmigración una prerrogativa estrictamente nacional.

Francia actuará aquí como un espejo por adelantado: si Marine Le Pen alcanza el poder en mayo del 27, ella o su delfín,  ya se sabe que la priorité será su bandera. 

Si el lepenismo triunfa, Vox querrá sangre cuando negocie su entrada en la Moncloa.

Por otro lado, la prioridad «nacional» no es nada nuevo: ya existía en España, de facto, en Cataluña y País Vasco: mitad ley, mitad práctica, pero siempre discriminación. Primero los de aquí y luego los forasteros, aunque los forasteros lleven tanto tiempo como los de aquí. (Oriol Junqueras, hombre de rara doctrina, vio un filón y no dudó en asegurar que el castellano (no el español) sería cooficial en la República Catalana; es decir de segunda. Como ahora). 

Vox quiere centralizar ese modelo vasco-catalán bajo una consigna de rescate patriótico trumpista: «Hacer España grande otra vez». El terreno, tras años de sanchismo entreguista, está abonado. El péndulo, cuando es de ley, es duro: el «somos más» del Sánchez bailón ya se agotó y las autonómicas están funcionando como primarias para el Palacio de la Moncloa. Las de Andalucía de mayo cerrarán el nuevo ciclo del «Ya nos sois más», con el mismo 60% PP VOX que se ha ido viendo.

Santiago Abascal ha girado, en época de tribulaciones internas: se acabó hacer oposición desde fuera, ahora toca hacerla desde dentro. La jugada es arriesgada pero los riesgos eran dobles: ahí está Podemos, del asalto al cielo a la mendicidad; y Ciudadanos de Rivera: de vislumbrar el colchón monclovita al olvido. Con todo, para Vox las autonomías van a ser el trampolín hacia la cohabitación estatal: un vicepresidencia primera y varios ministerios «duros». A Feijóo le tocará aceptar, como Pedro Sánchez con Pablo Iglesias, porque repetir elecciones sería jugar con fuego, y darle una segunda chance a Sánchez. El resultado podría ser un Gobierno «voxizado», con un poder superior a su peso real por parte del socio menor.

Ahora bien, que desde ya el PP acepte ese marco nacionalista es el primer síntoma de una posible deriva. Pero antes de que todo esto pueda llegar a ser una realidad, de aquí año y pico, Feijóo ha de optar por unos de los dos caminos que se bifurcan que tiene hoy ante sí. 

Feijóo va a esperar. En Extremadura ya ha ensayado la voxización; Aragón apunta igual; Castilla y León parece decidido. La incógnita es Andalucía: si hay mayoría absoluta, Juan Manuel Moreno podrá marcar distancia con Feijóo, como Isabel Díaz Ayuso. Con ello podrían darse dos corrientes en el PP, el peor veneno para el partido. 

Pero el dilema  de Feijóo es inevitable en la era post Rajoy, el rey que no quiso reinar: acercarse a Vox para disputarle electores o mirar al centro para captar al socialista desencantado o abstencionista.  En ambos casos sabiendo que ha de gobernar con Vox.  Nada fácil la papeleta.

José María Aznar logró integrar todo el espectro; Mariano Rajoy heredó la fórmula pero la malbarató. Hoy esto es inviable. Feijóo no abarca pero El PP ganará. Queda por ver si convencerá.

Coda 1 ) El país petit. No es la primera vez que Pedro Sánchez llama «país» a Cataluña. Es la jerga heredada de Jordi Pujol: el «país petit» convertido en categoría política. La inflación semántica tiene efectos colaterales:  siempre inquietó a Comunidad Valenciana y Islas Baleares, aunque luego allí votan como votan. Y encabrona a media España.  Sánchez lo sabe, pero hay que seguir, a galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar… Cisne negro o cisne blanco, lo que cuenta para él es llegar hasta el final de la legislatura, pues  nunca se sabe lo que puede ocurrir en un mundo tan convulso, cuando uno está en el lado de los buenos de la Historia.

Mientras tanto, la legislatura sigue conectada a la respiración asistida que administra Míriam Nogueras (con los vascos no hace falta tanta comedia, son gente de fiar: ya saben ellos lo que han firmado en secreto y su pequeño país ya se llama País… Vasco); Sánchez quiere darle razones para que no corte el oxígeno. Pero a la espera de lo que diga la justicia europea sobre la amnistía, Carles Puigdemont es más un recuerdo que un plan electoral. Y Junts per Catalunya, ya en fase hiperrealista tras el fiasco del referéndum, quiere cobrar algo, beneficios tangibles que vender a una parroquia cada vez más tentada por Sílvia Orriols. Saben, además, que el sanchismo tiene fecha de caducidad y que el relevo será Alberto Núñez Feijóo: un regionalista obligado a ejercer de centralista, con margen escaso si VOX condiciona la mayoría. Poco que rascar, por mucho que Feijóo quisiera. En el año que queda de legislatura habrá por lo tanto muchos pases por caja. Porque el horizonte catalán en el frente interno tampoco es amable para los independentistas. Esquerra Republicana de Catalunya no reeditará fácilmente un bloque independentista si depende de Junts más Aliança Catalana, y preferirá acuerdos con el Partit dels Socialistes de Catalunya, agente  comercial de Sánchez. La aritmética manda más que la épica.

Coda 2) Mal agüero. Los vídeos inéditos aparecidos en THE OBJECTIVE del conocido Comité Federal de «Puerto Hurraco» —la jornada del Crisis del Comité Federal del PSOE de 2016— han devuelto a primer plano aquel esperpéntico ajuste de cuentas. La defenestración de Pedro Sánchez tuvo algo de sainete si no fuese por lo que llegaría después: susanistas llorosos o en estado de pánico y justificaciones pedestres de los tránsfugas pedristas («tengo una hipoteca que pagar»). Mientras tanto, un desconocido Quim Torra merodeaba por la calle Ferraz como un ave carroñera, para darle baraka a Sánchez.

Los adelantos del libro de Ketty Garat funcionan como radiografías del sanchismo y coinciden, con puntualidad casi de marketing con los primeros compases judiciales del llamado caso mascarillas y los casos que vendrán sobre el entorno de Sánchez.  Los jueces leen —aunque deban fingir que no— y parte del material ya está en los autos.

El interés no es sólo moral, es también metodológico. Los episodios narrados no prueban siempre delitos, pero sí revelan un modo de hacer  y de estar. Y, en política, el estilo —la vieja lección atribuida a Winston Churchill— acaba siendo el fondo. Esta vez, quizá, con más consecuencias electorales de las que suele provocar nunca un libro. Esto no hay Kitchen que lo salve.

Coda 3) Registrador de la realidad. Compareció Mariano Rajoy en el caso Caso Kitchen con su conocida socarronería: negó todo, hasta las premisas, y se presentó, una vez más, como registrador de la realidad. La escena no sorprendió a nadie. Pocos dudan de los métodos de financiación del Partido Popular en aquellos años. Pero la acusación descansa en buena medida en Luis Bárcenas, que asegura haber tenido pruebas… que ya no tiene. La credibilidad, así, queda en suspenso. Y para la Justicia rige el principio in dubio pro reo, tanto más cuanto que Rajoy ni siquiera está imputado (como tampoco lo estuvo Felipe González en su momento en los grandes asuntos que tumbaron su Gobierno), por mucho que un testigo haya de decir la verdad.  Si le pilla estando Madrid, igual se acerca a la puerta de Soto del Real a decirles a su ministro y secretario de Estado: «Sed fuertes y muchas gracias».

Coda 4) San Mendoza. Nadie se cree que la broma sobre Sant Jordi  analfabeto y torturador de animales de Eduardo Mendoza no estuviera preparada. Vaya uno, él. Y estaba cantado el éxito de la lanzada al dragón muerto. 

Cuestionario con Mostaza. Otra semana más charlamos con Manu Mostaza Barrios, politólogo, encuestólogo de cabecera, sobre sondeos y otras hierbas… literarias.

-De nuevo el CIS en acción, esta vez con un barómetro sobre los comicios andaluces. ¿Qué le parece?

Otra vez el centro gubernamental se cubre las espaldas con unas horquillas ridículamente altas. Por comparar, si la encuesta del Centro de Estudios Andaluces le daba por ejemplo al PSOE entre 26 y 27 escaños, el CIS le otorga de 27 a 34 escaños: frente a una horquilla de un escaño, una horquilla de siete. En Vox la horquilla es incluso más alta: estima entre 8 y 17 escaños par la formación de Abascal. Sinceramente, esas horquillas las dibujamos usted y yo simplemente leyendo el periódico de las últimas semanas. 

-¿Vuelve a sobreestimar a la izquierda en general?

Es la marca de la casa del profesor Tezanos. Siempre lo hace. Cuando intenta afinar el número más probable de escaños de cada formación, hasta ahora ha sobreestimado a las fuerzas de la izquierda y de la extrema izquierda. Y esta encuesta no es diferente. Le da como resultado más probable a Montero un escaño más que en 2022, también mejora el resultado de la coalición de Sumar y dobla los escaños de la extrema izquierda nacionalista andaluza. Nada nuevo bajo el sol. 

-¿Algún otro dato de interés en este CIS?

Para el contribuyente, desde luego: la encuesta se basa en más de 8.000 entrevistas. Para que se haga una idea, la del Centro de Estudios Andaluces es de poco más de 3.000, y las de los medios privados,  por ejemplo la de Sigma Dos no llega a las 2.000, y la de ABC se queda en 1.000. Veremos cuando se sepan los resultados si es lícito destinar tanto dinero del contribuyente para que al final se ofrezcan horquillas tan amplias y resultados tan sesgados. 

En fin, de la encuesta destacaría que el único político que aprueba es Juanma Moreno, y la mala valoración de la candidata impuesta por Moncloa: hasta los dos de la extrema izquierda obtienen mejor nota que ella. 

-El resultado de VOX en Andalucía puede ser un indicador, si no de haber tocado techo ¿al menos de haber frenado su ascensión, en gran parte por su cisma en marcha?

Sí, sin duda. Pero la monocausalidad, en cualquier ámbito demoscópico, suele ser ingenua. Los problemas internos no ayudan, porque a los ciudadanos nos les gusta el ruido dentro de un partido. Pero creo que tampoco ayuda el apoyo acrítico al presidente Trump en la guerra contra Irán —a los españoles no les gustan las guerras— ni la sensación de que el voto a Vox es un voto de utilidad incierta…

-Pero llueve sobre mojado, esta semana el CIS ha publicado también un barómetro nacional con unos resultados sorprendentes…

Y tanto. ¡Le da al PSOE trece puntos de ventaja sobre el PP! Si alguien se lo tomara en serio en Moncloa, habrían convocado elecciones esta misma semana. El resto del barómetro es  sencillamente bochornoso: por supuesto sigue sin preguntar por la corrupción del entorno del presidente del gobierno, por la amnistía, por la oscura salida de presos con delitos de sangre de las cárceles vascas… y no deja de darle vueltas a la guerra de Irán, buscando enfatizar el papel del presidente del gobierno en el conflicto, signifique eso lo que signifique… Además, un tema vital para los españoles, pregunta sobre el cambio de hora. En fin, si fuera gratis sería hasta divertido. 

-En su opinión ¿qué preguntas debería preguntar el CIS, no sólo ahora, sino de manera general y continuada?

No se puede regular todo, y no se puede poner en una ley el cuestionario de cada mes, pero creo que sería bueno que el programa de trabajo lo aprobara cada año el Parlamento. Un programa con un tronco de preguntas básicas, dejando siempre espacio para las novedades de cada momento. Y como nuestra cultura política es la que es, quizá habría hasta que reservar un cupo de preguntas que pudieran plantear los grupos parlamentarios. No pasa nada por preguntar y por conocer; una sociedad libre no debería tener miedo a conocer lo que piensa ¿Por qué no se pregunta sobre temas que parecen tabú en nuestra democracia? La pena de muerte, la monarquía, la inmigración…  

-Por cierto, ha habido mucha polémica en España esta semana con un debate en La Sexta y los datos que aporta un tuitero, Jon González…

Sí, ha sido espectacular. Nunca estuvo más justificado lo de que «el dato mata el relato».  En un programa de entretenimiento se rieron de un tertuliano. Jon Echevarría, de las Juventudes PP, aportaba datos que desmontaban, la narrativa oficial. Jon González, el analista tuitero que había preparado los datos, se enfadó y dejó en ridículo a los asistentes. Tanto que al presidente del gobierno, nada menos, tuvieron que prepararle un gráfico, con otros indicadores, de los que se usan en el primer ciclo de educación infantil para tranquilizar a la audiencia. Cuando Moncloa vive obsesionada por los relatos para niños (el bien contra el mal, somos mejores, ahí hay un muro…) , en cuanto un adulto entra en la sala todo se desmonta.

-Esta semana se ha celebrado el Día del Libro… ¿Cómo ve los datos de la lectura en España que se han publicado?

Somos un país que sigue conservando cierto respeto por la letra impresa. Nuestros datos de lectura son por ejemplo muy superiores a los de Italia o a los de Portugal, y dos tercios de los españoles lee libros en su tiempo libre. Ahora bien, me sigue fascinando que haya un tercio de españoles que no lee nunca, o casi nunca. 

El encuestado puede mentir porque sabe que la lectura es un marcador social. Además, todo depende de cómo se mida: en realidad esos dos tercios leen, en su mayoría, muy poco; un auténtico lector lee al menos un libro al mes, ¿no le parece? 

Sí, todas las mediciones impactan en la persona que es medida, eso es indudable, pero me quedo con la parte positiva: en nuestro imaginario colectivo, la lectura es un elemento de prestigio. Eso es lo más relevante, qué quiere que le diga. Más allá de un punto o de dos puntos de subida o bajada…

Tampoco tengo muy claro qué significa ser un «auténtico lector». Yo leo más periódicos o revistas que libros, y me tengo por persona lectora. ¿Es un tema de sólo de número? ¿De soporte? ¿De formato? No tengo una respuesta clara, la verdad…

¿No  habría que estudiar qué clase de libros se leen para medir de verdad la calidad del «lectorado» en un país en que la venta de libros está muy polarizada en los títulos más vendidos, a diferencia de otros países del entorno donde  se leen más títulos diferentes…  

No creo que sea tan raro, la verdad. Desde hace más de un siglo sabemos que el Principio de Pareto funciona de manera misteriosa en casi todos los ámbitos de la vida. Ya sabe: el 20% de los casos ocurren el 80% de las veces. Es decir, en una lengua, por ejemplo, el 20% de las palabras ocupan el 80% de la conversación. En el armario de cualquier lector, el 20% de la ropa es la que se pone el 80% de las veces. En un negocio, el 80% de las ventas provienen apenas del 20% de los clientes. No es raro, por lo tanto, que el 20% de los autores venda el 80% de los libros.

-¿Qué más dicen las encuestas sobre este particular?

En toda Europa hay una clarísima brecha de género: leen más las mujeres que los varones. Y leen más las personas del medio urbano que del medio rural. Pero como en este caso los perdedores son varones o viven en el campo, a nadie parece preocuparle demasiado. Y debería hacerlo. 

-A los jóvenes, ¿se los comen las pantallas?  ¿No deberían computarse las horas de lectura en pantalla?

Aunque la metodología de estos estudios está sometida a algunas críticas, los resultados son de interés, porque en España la lectura parece crecer entre  los más jóvenes, al revés de lo que parece estar ocurriendo en países como Francia y Alemania. A ver si en esto también va a haber una excepción española…

Y no, no te tengo claro que deban de computarse también las pantallas. Creo que la experiencia de lectura no es la misma —la pantalla es un multidispositivo, el papel no— y creo que está por ver aún los efectos que tienen en nuestra capacidad de concentración. 

 -Que crezca más no significa en absoluto que los jóvenes españoles lean más que los franceses y alemanes. Simplemente van acortando poco a poco la enorme distancia que los separa de sus homólogos europeos.

Se he levantado usted empeñado en ver el vaso medio vacío. Es verdad que estamos por debajo, pero le rebato lo de la «enorme distancia». En esto tampoco España es diferente. Estamos por debajo porque nuestro proceso de alfabetización global fue solo un poco más tardío que el de las grandes potencias europeas del siglo XX. Nuestros datos de lectura son similares a los alemanes, muy superiores a los polacos (por las tentaciones esas bobas de que en las sociedades comunistas la vida era gris, pero culta), a los británicos y están, en efecto, aún un poco por debajo de los franceses. 

¿Alguna novela para nuestros lectores?

Ya sabe que creo que, a partir de la madurez, una persona ha de abandonar la novela, así que hace años que solo leo esa «literatura infantil para adultos» (Pla dixit) en contadas ocasiones así que no sé muy bien qué decirle. El año pasado hice una excepción con Mil ojos esconde la noche, la continuación de la mítica Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada, que leí recién terminada la facultad. Es un libro magnífico, toda la saga, en realidad. Pero déjeme que le apunte que la abundancia de novela entre las personas (supuestamente) adultas explica bien el proceso de infantilización en el que estamos inmersos en Occidente…

 ¿Por qué habla de infantilización por culpa de la novela? Es el gran género literario de la modernidad desde el siglo XIX y el que registra mejor la realidad, ese espejo que se pasea a lo largo del camino, en palabras de Stendhal. No se puede entender el siglo XIX  europeo sin Zola, Balzac, Dickens y Tolstoi, ni el XX sin Kafka y Proust o Pessoa)  y el que conforma el canon cultural occidental e incluso universal, por encima del ensayo, que, por cierto, carece de canon, por su intrínseco contenido ideológico…

Es un debate interesante. Su argumento valía para la modernidad, para un mundo de alfabetización media y sin más medios de conocer la realidad. En esta postmodernidad pasada de vueltas en la que vivimos creo que la primacía del ensayo sobre la novela sería un primer paso para intentar salvar el legado de la ilustración. Pero vaya usted a saber…

-Entonces qué recomienda a los lectores para esta feria. 

Tengo mediado Los fundadores, una historia sobre la gente que fundó Paypal, muchos de los cuales están hoy en la primera línea de Silicon Valley (Musk, Thiel…), y estoy también, fascinado, con Nómadas, de Anthony Sattin, un libro que plantea una pregunta incómoda: ¿Y si nuestra imagen del nomadismo como algo salvaje y primitivo se debe más que nada a que ellos no han contado su historia y la hemos contado nosotros, sedentario milenarios? Dos libros muy recomendables. ¿El pasado y el futuro?

-¿Y la poesía?

Prosa poética mejor. Me sobrecogió leer El jardinero y la muerte de Gueorgui Gospodínov:  una forma hermosa de acercarse a la muerte de un padre. En esa línea, cuesta superar las ausencias, me han fascinado los 80.000 soldados de terracota, de Maribel Andrés Llamero, sobre el mismo tema: «Qué se hace con un padre / que no está. Qué eres ahora / que no tienes materia».

Publicidad