The Objective
Santi González

Nacionalistas con la lengua fuera

«Lo de la raza perdió mucho prestigio después de la experiencia nacionalsocialista en Alemania y fue perdiendo predicamento en favor de la lengua»

Opinión
Nacionalistas con la lengua fuera

Ilustración generada mediante IA.

Citaba Fernando Navarro en su columna de El Español un artículo de Sabino Arana en el que sostenía la raza como esencia de la vasquidad y afirmaba que «si me dieran a elegir entre una Bizkaya poblada de maketos que solo hablasen euskera y una Bizkaya poblada de bizkainos que solo hablasen castellano, escogería sin dubitar esta segunda». Luego lo que pasa es que lo de la raza perdió mucho prestigio después de la experiencia nacionalsocialista en Alemania y fue perdiendo predicamento en favor de la lengua.

Eso lo tenía claro Xabier Arzalluz, burukide máximo, que, a mediados de los años noventa, en una rueda de prensa convocada en Sabin Etxea, hizo a los periodistas la siguiente declaración de principios: «Prefiero al negro-negro que habla euskera al vasco que no lo hable». Una de las mujeres del partido sentadas tras los periodistas en la sala de prensa puso el colofón adecuado a la afirmación del líder: «Para que luego digan que es racista». La verdad verdadera de la vida era que, a la hora de nombrar cargos para la Diputación o cualquier otra institución gobernada por el partido, preferían al vasco analfabeto antes que al negro salido del barnetegi, el negro euskaldun, el negro que tenía el alma blanca, como tituló Alberto Insúa una de sus novelas.

El caso es que el Sumo Pontífice había definido el castellano o español «como una lengua que une continentes», pero la mayor parte de los medios destacaron que en Barcelona se había expresado en catalán y castellano; alguno de ellos añadía que lo había hecho siguiendo la petición de Míriam Nogueras. También Salvador Illa, que apenas puso el pie en el suelo del aeropuerto, le notificó que estaba «pisando el suelo de una nación», a lo que añadió la petición de que «en los actos que fuera a protagonizar en Cataluña utilizase el catalán».

Después de Illa, fue el presidente del Parlamento catalán, Josep Rull, del afamado dúo cómico Rull y Turull, el que le subrayó, en el claustro de la catedral, que «Cataluña es una nación con lengua propia e instituciones propias». «Las lenguas están hechas para entenderse», dijo en su esplendor de 2005 el presunto semianalfabeto y corrupto Zapatero, a lo que tuvo que responder Rafael Sánchez Ferlosio que solo sirven para que se entiendan los respectivos hablantes entre sí.

León XIV contradijo a ambos y se refirió a Cataluña como una «región», como un «hogar amplio», al tiempo que instó a los catalanes a ser «constructores de unidad». Robert Prevost dixit. «Qué Pixi ni Dixi», replicaría la que fue ministra de Cultura Carmen Calvo al senador popular Juan Van Halen en 2005: «Usted para mí nunca será Van-Halen ‘Dixi’ ni ‘Pixi’; será su señoría, el senador Van-Halen». Con este precedente, a Sánchez no le quedó más remedio que nombrarla presidenta del Consejo de Estado unos años más tarde.

«Para un euskaldun es un concepto binario: está la lengua propia, el euskera, y la extraña, el erdara»

La lengua es para los nacionalistas una antonomasia, la lengua del Paraíso, idea que Juan Bautista Erro acuñó en su libro El Mundo Primitivo, en el que afirma «la primacía y antigüedad de la lengua euskera sobre los demás idiomas de la tierra», lo que lo llevará a decir que la lengua primitiva fue infusa directamente por Dios al hombre y no creada por este, y que este idioma primitivo creado por Dios y hablado en el Paraíso fue el euskera, mantenido tras la confusión de lenguas en Babel, salvado del Diluvio universal por Noé y traído al País Vasco por Túbal.

El antónimo de la lengua del Paraíso es la lengua del infierno. Si llaman «lengua propia» a la que peor hablan, no ha de sorprender que califiquen de «lengua extraña» a la que mejor. Para un euskaldun es un concepto binario: está la lengua propia, el euskera, y la extraña, el erdara. El erdara es, por supuesto, el castellano, pero también el francés, el inglés o el alemán.

El citado Arzalluz, que afirmaba haber leído a los clásicos —el Cantar del Cid, Berceo, el Arcipreste de Hita, Cervantes, Lope, Calderón, Gracián y Quevedo—, y no hay razón para sospechar que mintiera, podría haber asociado la lengua española con cualquiera de estos cualificados hablantes y escribientes, pero no se trata solo de exaltar lo propio, sino de denigrar lo ajeno.

El denuesto de Arzalluz tenía un copyright. ETA envió en 1975 una carta amenazadora al Café Iruña de Bilbao, que convocaba un concurso de relatos en español, en la que decía: «Mientras muchos de nuestros compañeros caen en las cunetas o en los montes de Vasconia y otros se pudren en las cárceles españolas, usted ofrece regalos a los cultivadores de la lengua de Franco, su Gobierno y la Guardia Civil. Le sugerimos que piense mejor dónde debe invertir sus ayudas literarias en el futuro…».

Aunque algún medio ha publicado que había hecho caso a Nogueras al hablar en catalán, hay que precisar: León XIV habló en las dos lenguas cooficiales de la comunidad autónoma. O sea, la Constitución. Lo que caracteriza a los nacionalistas —el objetivo de Nogueras y Salvador Illa, o de Aitor Esteban— no es la reivindicación del catalán o del euskera, propósito indudablemente constitucional, tal como señala la Carta Magna en su artículo 3, sino la prohibición del español.

Publicidad