El Papa, parlamentario
«Pudo haberle respondido que para nosotros aborto y eutanasia son, a partir de este Gobierno de progreso, más que derechos, el octavo y el noveno sacramentos»

Ilustración de Alejandra Svriz
Era la primera vez que un Papa hablaba en el Congreso de los Diputados, algo que podría ser calificado con todo rigor de «acontecimiento histórico». Y fue un éxito, como vino a subrayar la ovación que los representantes de la soberanía española le dedicaron al final de su discurso: siete minutos de aplausos ininterrumpidos, una verdadera plusmarca si tenemos en cuenta la filiación y las querencias de la mayoría parlamentaria que hoy por hoy sostiene al poder ejecutivo. Son cinco minutos más que los que esa misma tropa dedicó a José Luis Ábalos, no diré más.
No se trata de una comparación estricta, sino de una mera analogía. Entre los escenarios que se han dispuesto para la visita papal, quizá habría convenido incluir Zaragoza, la ciudad del Pilar, Santiago de Compostela y, ¿por qué no?, el Valle de los Caídos, esa basílica que el Gobierno de Sánchez parece empeñado en desacralizar —ellos lo llaman resignificar—, pero lo único que parecen haber acordado es que no dinamitarán la cruz.
Debe uno confesar que, así, de primeras, no era muy partidario de esta comparecencia de León XIV, pero después de consumada y en vista de lo visto, hay que concluir que ha estado bastante bien. Tampoco era cosa de llevarle a Las Ventas para que asistiera a una de las últimas corridas de San Isidro, no le fuera a dar un torozón a Ernest Urtasun, que aplaudió al Papa como un caballero desde el banco azul.
Francina Armengol hizo un discurso de parte, como suele. Nunca se ha podido oír a esta mujer en una defensa cerrada de las instituciones, empezando por la que ella preside, antes que cualquier otra consideración. Abogó por posicionarse en el lado correcto, por la paz y por restaurar el orden internacional, así como por afrontar «la llaga abierta» que suponen «los abusos en la Iglesia y la reparación y la indemnización de las víctimas».
A la parte sanchista del hemiciclo debió de sorprenderle un poco que el Santo Padre no centrara su discurso en el tema que tan graciosamente le proponía la presidenta del Congreso de los Diputados y que trajera sus propias prioridades discursivas. Sobre todo ahora que ha sido acogido como propio incluso por Juan Carlos Monedero, que le recordaba, en un flagrante plagio de Enrique Tierno Galván —autor de la frase y tan simulador como ocurrente—, que «Dios no abandona nunca a un buen marxista» y que «el Sermón de la Montaña es parte de eso que llamamos izquierda». La otra parte deben ser las bienaventuranzas.
«En una sola frase, que era el centro nuclear de su discurso, enunció dos sentencias contra el aborto y la eutanasia»
El Papa estuvo clásico y prefirió articular su discurso en la defensa de la dignidad de la vida humana, que «debe ser reconocida desde su concepción hasta su ocaso natural». En una sola frase, que era el centro nuclear de su discurso, enunció dos sentencias contra el aborto y la eutanasia. Era una intervención excepcional; es de suponer que Pedro Sánchez habría preferido un debate ordinario, de los miércoles a los que no va casi nunca. Si hubiera tenido carácter ordinario, la presidenta del Congreso habría dado la palabra al presidente del Gobierno —sin límite de tiempo—, aunque fuera por alusiones, para replicar al jefe del Estado vaticano y recordarle que justamente él pensaba blindar el derecho al aborto incluyéndolo en la Constitución. Y con la eutanasia, otro tanto; le expondría ya de paso los avatares y el proceso de la muerte asistida de la joven Noelia Castillo, tan justamente aplaudida por la mayoría de los diputados a los que se había dirigido. En realidad, dada la presencia del jefe de la Iglesia católica y dejándose llevar por su natural inclinación a la mímesis, pudo haberle respondido que para nosotros aborto y eutanasia son, a partir de este Gobierno de progreso, más que derechos, el octavo y el noveno sacramentos. De hecho, podría haber acusado al Santo Padre de hacer lo mismo que el PP y Vox: votar sistemáticamente en contra de los avances en derechos de las mujeres y atropellar principios básicos de igualdad al bloquear su iniciativa de blindar el aborto en la Constitución española.
El caso es que el Papa se centró en lo suyo, en lo que Bolaños ha destacado como un discurso «absolutamente concordante» con la posición del Gobierno. Mientras León XIV desgranaba estas razones, Armengol le seguía con la legendaria mirada de la vaquita cuando veía pasar el tren. A un servidor le gustó el discurso del Papa. No sé cómo decirlo, me pareció más elocuente que Rufián.