Fobia a la democracia
«La democracia es la aceptación serena de que se puede perder. El resto, la apelación al fascismo, la épica de la resistencia, no es más que la escenografía del miedo»

Ilustración generada mediante IA.
«Un Estado que empequeñece a sus hombres para hacer de ellos instrumentos más dóciles, aun con fines benéficos, descubrirá que con hombres pequeños no puede lograrse nada grande»
John Stuart Mill, Sobre la libertad
Patxi López ha calificado la maniobra de Junts y del PP como «el acto de mayor cobardía política de los últimos tiempos». La frase tendría su gracia si no la hubiese pronunciado quien, esa misma mañana, había impedido que el Congreso votara. Porque eso es lo que ocurrió el martes: la Mesa de la Cámara, donde el PSOE y Sumar gozan de mayoría y que preside la socialista Francina Armengol, inadmitió las enmiendas que instaban a Pedro Sánchez a convocar elecciones. Cinco votos contra cuatro.
El argumento —impecable en su literalidad, pues la disolución es prerrogativa exclusiva del presidente— oculta mal su verdadero motivo: evitar que una mayoría del hemiciclo (PP, Vox, Junts, PNV, UPN, Coalición Canaria, con la incógnita de ERC) expresara, aunque fuese de modo simbólico, que esta legislatura está agotada. Y no es casual que la jugada llegue en una de las semanas más delicadas para el Gobierno, con el goteo incesante de nuevas informaciones como telón de fondo: cuando arrecia el escrutinio, se cierra la ventanilla del voto.
Conviene detenerse en la inversión, porque es reveladora. López reprocha a la oposición que, «como no se atreven a presentar una moción de censura, hacen esta trampa» a ver «si a través de una enmienda cuela». Démosle la vuelta: la trampa consiste en decidir, desde la Mesa, qué puede y qué no puede pronunciar la soberanía popular. La cobardía no es votar; es impedir que se vote. Y se impide, precisamente, porque se sabe que se perdería. He aquí, en estado puro, la fobia a la democracia: no el rechazo de sus formas —que se conservan con esmero notarial—, sino el pánico a su contenido, que es siempre la posibilidad de perder.
Esta pulsión necesita una coartada moral, y una parte de la izquierda lleva décadas fabricándola. «La izquierda no puede robar», proclamó Rufián en el Congreso a propósito de los casos que cercan al Gobierno. La fórmula es vieja: la presunta superioridad moral como salvoconducto, la idea de que las buenas intenciones redimen los malos actos. No es casual que el mismo dirigente sentencie que «está de moda ser facha»: quien se cree moralmente superior necesita un enemigo moralmente inferior, y reparte carnés de buenos y malos con la misma soltura con que el prusés distinguía entre catalanes dignos e indignos.
Pero no hay nada más corrupto que negar la voz al pueblo por miedo al resultado; nada más corrupto que sostener a un Ejecutivo acosado no ya por presuntos episodios de corrupción, sino por lo que empieza a parecer presunta corrupción de Estado —el caso que salpica a la Fiscalía, el presunto intento de coacción sobre la Guardia Civil— y blindarlo, además, contra el escrutinio de las urnas. La superioridad moral, cuando se convierte en patente de corso, es solo el nombre amable de la impunidad.
«¿Qué fue de Suresnes, de aquel PSOE que en 1974 eligió Europa, la moderación y, después, la Constitución frente al maximalismo»
El guion, por lo demás, no es nuevo. A Francisco Largo Caballero se le atribuye una sentencia que conviene releer: «La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la Revolución». Es el viejo reflejo: la democracia como herramienta desechable en cuanto deja de dar la razón. Y aquel «Lenin español» tiene hoy quien le actualice el catecismo. Gabriel Rufián reclama un frente «soberanista» de izquierdas a escala estatal —«menos pureza y más cabeza»—; Joan Tardà lleva años predicando esa misma liturgia frentepopulista. El esquema es idéntico: agitar el fantasma de la ultraderecha fascista para levantar un escenario de suma cero en el que solo caben dos trincheras y en el que disentir del bloque equivale a desertar.
Lo inquietante es adónde conduce ese relato. Cuando la política se concibe como guerra, el paso siguiente es la calle. Ya lo vimos en Cataluña, donde los CDR ensayaron una coreografía de escuadristas para fabricar la sensación de anomia que toda ruptura necesita. No sería descabellado temer su réplica: la España de la trinchera ideológica reeditada como espectáculo. Da la impresión de que algunos añoran de veras uno de los capítulos más sombríos de nuestra historia, como si la concordia de 1978 fuese una culpa que purgar y no un logro que defender.
Y aquí cabe preguntarse, sin retórica: ¿dónde está el socialismo democrático? ¿Dónde quedó la visión de Estado, esa que antepone el país al cálculo de la propia supervivencia? ¿Qué fue de Suresnes, de aquel PSOE que en 1974 eligió Europa, la moderación y, después, la Constitución frente al maximalismo; de aquel que entendió lo que es la democracia: que gobernar no es patrimonializar el poder, sino administrarlo a préstamo, y que el depositario de la soberanía es siempre el ciudadano? El partido que se reinventó para ser homologable a la socialdemocracia europea es hoy rehén de quienes desprecian el marco que lo hizo posible.
Porque la democracia es, antes que ninguna otra cosa, la aceptación serena de que se puede perder. Quien tutela al ciudadano «hasta que vote bien» —es decir, hasta que vote lo suyo— no protege la democracia: la teme. El resto —la apelación incesante al fascismo, el frente que se invoca, la épica de la resistencia— no es más que la escenografía con la que se disfraza ese miedo. Y quien teme el veredicto del pueblo ha dejado ya, quizás sin saberlo, de ser demócrata.