The Objective
Santi González

Zapatero disminuido

«Pues claro que son auténticas. Los más tontos del lugar comprendieron desde el primer día que nadie metería un collar de circonitas en una caja fuerte»

Opinión
Zapatero disminuido

Ilustración de Alejandra Svriz

La noticia es que Zapatero ha sido emplazado por el juez del caso Plus Ultra, José Luis Calama, para que acredite el origen de las joyas encontradas por la UDEF en la caja fuerte de su despacho. El juez, insaciable en su curiosidad, quiere saber también el año de fabricación de aquellas piezas y, a expensas de una peritación oficial, ya ha encargado una primera tasación del centenar largo de joyas, de la que ha resultado que las piedras —diamantes, zafiros y rubíes— son auténticas y que tienen un valor superior a un millón de euros, así, a ojo. Pues claro que son auténticas. Los más tontos del lugar comprendieron desde el primer día que nadie metería un collar de circonitas en una caja fuerte. Y, aun admitiendo que las joyas fueran auténticas, nadie comprendería que pudieran ser herencia de la madre de Zapatero, aquella portentosa mujer a la que su hijo tomaba por sibila, al pedir que le dijera, ya en su lecho de muerte, si creía que él iba a ser presidente del Gobierno, a lo que la pitonisa respondió que sí. Ni la madre ni la suegra: no sería comprensible que Sonsoles no hubiera lucido alguna de ellas, esa gargantilla de diamantes con zafiros de talla pera, en las ocasiones señaladas, pongamos que hablo de las dos sesiones de investidura que superó su marido en el Congreso.

A grandes males, grandes remedios. Yo creo que lo suyo sería que Rodríguez Z. se disfrazara de Marilyn en Los caballeros las prefieren rubias, con su vestido rosa y su escote «palabra de honor», y le cantara a modo de respuesta: Diamonds Are a Girl’s Best Friend. Ojo, tiene que ser él; las góticas serían un error de casting. No las acabo de ver en plan Lorelei Lee. Ahora que la visita del Papa ha vuelto a actualizar los pareados —«Papa León, te queremos un montón»—, aunque era mejor el que se le dispensó a Wojtyła en el 82 —«Juan Pablo Segundo, te quiere todo el mundo»—, al yerno de Sabiniano cabría acuñarle algo parecido a: «Amigo Zapatero, vigílate el pandero».

Él debe de estar algo mohíno por lo del joyerío y se comprende que no haya querido estar en el agasajo parlamentario al Papa, aunque se comprenderá mejor cuando se conozca el origen de una quincalla tan lujosa, su valor real y la fecha en que pasó a poder de Zapatero. Pero debería superar esta fase de abatimiento y pensar en los testimonios que le resultan favorables. Un suponer, el de la exvicepresidenta primera del Gobierno, exministra de Hacienda y actual jefa de la oposición en el Parlamento de Andalucía, que hace bien poco, en la recta final de la campaña electoral andaluza, proclamó su orgullosa confianza en él: «Yo, cuando deje la Presidencia de la Junta de Andalucía, quiero ser como Zapatero. Es mi espejo y a quien quiero parecerme». Natural, por algo era el faro moral del PSOE y el referente intelectual de la izquierda, y por eso están como están el PSOE y la izquierda española.

Zapatero fue un referente no solo de la izquierda, también del separatismo. Él y su reivindicación de la España plurilingüe pusieron la base argumental para que la portavoz en el Congreso del prófugo de Waterloo se saltara el protocolo para pedirle a León XIV que en Cataluña hablase en catalán, con la falacia de que es la única lengua propia de Cataluña. Se lo dijo en inglés y, un momento después, otro portavoz, Eduard Pujol, aquel venado a quien perseguía por la calle Princesa en patinete un señor maduro, repitió el mensaje en italiano.

Ayer, en Barcelona, el Papa habló en catalán y en español, tal como había anunciado la agencia Europa Press. La víspera lo había dejado claro en el Congreso. Ni plurinacionalidad ni plurilingüismo, sino la nación española y «una lengua que une continentes». Tal vez debió responder a los emisarios de Puigdemont en latín y que les fuera traducido al inglés y al italiano, lenguas maternas de estos dos farsantes. Hace poco citaba los dos precedentes de este disparate de Babel: el de un andaluz —Montilla— hablando en catalán a otro —Chaves— que lo seguía por pinganillo, y el de los batasunos que se hacían traducir al euskera las palabras de un peneuvista que solo hablaba castellano, aparentando no entenderle. Esta es una actitud básica de los nacionalistas ante la lengua común, la koiné que une continentes, como dice el Papa, pero que no sirve para comunicarse de un lado a otro de la calle o dentro del Congreso de los Diputados.

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