The Objective
Javier Rioyo

Gaudí: catalán, pobre, testarudo y santo

«Gaudí expulsaría a los mercaderes y sus aliados del templo que soñó. Ahora es un parque temático de pago. La oración no es necesaria»

El verso suelto
Gaudí: catalán, pobre, testarudo y santo

Ilustración generada mediante IA.

«Toda santidad es más o menos española:

si Dios fuera Cíclope, España le serviría de ojo»

E. M. Cioran

Nunca se conocieron Gaudí y Pla. No estoy seguro de que hubieran podido ser amigos. El ampurdanés apreciaba los vinos populares, secos, frescos, poco pretenciosos y una comida lenta, de paciencia y buenos productos. Gaudí ni bebía ni comía; era vegetariano y frugal —alguna vez le vieron comer una lechuga untada en un vaso de leche—. Sin embargo, estos dos catalanes de pueblo, estos dos artistas universales, tienen no pocos parecidos en su falta de vanidad, su misantropía y su poco apego al dinero.

A Pla le hubiera gustado ser rico, hacerse buenos trajes, viajar, darse a placeres costosos, nunca pretenciosos, y algunas otras fugas que se consiguen con la felicidad de ser bien pagado, y se supo conformar con lo que tuvo. Gaudí —que se pasó la vida mendigando para su causa, su obra, su obsesión— solo le preocupaba el dinero para seguir con el sueño de la construcción de su templo. Plá luchaba por encontrar el artículo perfecto. Gaudí por la catedral más sorprendente. Dos formas de vanidad, de genialidad, de obsesión.

Dos catalanes sentimentales, soñadores, tan distintos, tan paralelos. Uno pegado a la tierra, a sus pequeños placeres y sus amables tentaciones. Otro soñador de cielos, de formas arbóreas, angelicales, casi imposibles. Pla, de poca fe, amante de las humildes parroquias, del sencillo románico de su pueblo, supo admirar ese colosalismo de la imaginación y el exceso del templo expiatorio. Sobre Gaudí nos hizo un retrato que nos gusta recordar, recuperar, antes que los inciensos papales y las excentricidades de la santidad le pongan al arquitecto en los altares. Nunca fue ni tan santo, ni tan sobrio, ni tan humilde, ni tan pobre.

El casi santo Gaudí también fue un exaltado descreído, un vociferante joven que gustaba burlarse de los creyentes, de los beatos. Ni tuvo la lucidez del escéptico y conservador escritor. Ni le podemos imaginar haciendo noche en los cafés ni en otros lugares de placeres más o menos confesables, pero sí nos creemos el retrato del joven airado que Pla cuenta de primera mano, de testigos y amigos del que fuera el joven y exaltado arquitecto. Tenemos que imaginar al joven hijo del calderero de Ruidoms, al estudiante de Reus, paseando por las Ramblas bien vestido, presumido y andariego; gourmet y amante de los coches, muy aficionado a la tertulia del Café Pelayo y un tanto ácrata. El más destacado anticatólico de aquella pandilla de jóvenes anticlericales fue el arrebatado joven catalán, con más rauxa que seny, llamado Antoni Gaudí.

En aquel cenáculo de jóvenes amigos, el preferido rito nocturno era blasfemar en grupo. Un rito de nocturnidad que así cuenta Pla: «Era tan apasionadamente anticatólico que no vacilaba en absoluto ante las más ruidosas manifestaciones de anticlericalismo, parándose, por ejemplo, ante la puerta de las iglesias para abuchear a los fieles (que entonces entraban o salían) con el grito, entonces muy elocuente, de lanudos. Terminada la ceremonia blasfematoria, los contertulios se iban con la satisfacción del deber cumplido, excepto Gaudí, que se quedaba unos momentos solo y después se unía a la tertulia de los Guimerá, Ysart, Vilanova».

«Fue un hombre lleno de contradicciones, de vehemencia y apasionamiento»

Antes de ser el reconocido arquitecto espiritualista, el beato entregado a su fe y su obra, fue un hombre lleno de contradicciones, de vehemencia y apasionamiento. Un joven más de su tiempo, de unos años de muchas hogueras sociales, de presencia del anarquismo, de la irrupción de las ideas socialistas y revolucionarias. Era un radical alejado del espíritu burgués y del seny. Un individualista peleón y vociferante, un descreído de casi todo, con dudas sobre el discurso del progreso, de lo material y botiguer. Lejos de un señor Esteve de visión corta, «la falta de imaginación, el vuelo gallináceo, el negocio, el tedio» y todo aquel espíritu del catalanismo burgués, educado, bien pensante y más preocupado por el debe y haber que por el atrevimiento.

Gaudí era por aquel entonces un catalán —y catalanista— atrevido, cercano al excéntrico Francesc Pujols, del que nunca dejaría de ser amigo. Pujols era otro de aquellos inclasificables catalanes, tan del gusto de Pla o de Dalí o del primer Gaudí. Pujols, antes de la Guerra Civil, se consideraba el campeón del mundo de matar moscas, inventor de la palanca matamoscas y reivindicador de que un día los catalanes, por el simple derecho de su origen, deberían tener todo pagado allá donde fueran. También era Pujols el divulgador de una particular manera de entender la religión: «Yo, como discípulo que soy de Ramón Llull, he encontrado una ciencia universal que permite fundar la religión en la ciencia… Se podrá ser religioso sin ir a misa, sin ser místico, sin creer en milagros y sin ser católico». Todo comodidades. Curioso personaje este que pasaba de ser conservador por las mañanas a progresista en las tardes o al revés.

Todo ese mundo de anticlericalismo, particular ateísmo o manera libérrima de entender la fe, cambiaron cuando Gaudí fue el elegido arquitecto por el librero Bocabella para sustituir a otro, muy convencional, que ya había iniciado las obras del templo expiatorio dedicado a la Sagrada Familia. Un grupo de católicos tradicionalistas preocupados por los azarosos tiempos decidieron alcanzar a Dios, mediante la intercesión de San José, para el triunfo de la iglesia en el mundo y en España en particular.

Se formó la Asociación Espiritual de Devotos de san José —después conocidos como los Josefinos— y por 30.000 duros compraron el local donde hoy está la Sagrada Familia. En 1885, el joven Gaudí recibió el encargo de construir esa nueva catedral del integrismo católico catalán. Todo sucedió por razones suprarreales; un familiar de Bocabella tuvo un sueño donde el encargado de la obra era un hombre de ojos azules. Cuando el librero se entrevistó con el joven arquitecto y observó sus ojos azules, decidió que ese sería su hombre. Gaudí no habló de su pasado poco católico, ni de sus ideas arquitectónicas que negaban el clasicismo, el gótico, el magisterio de Paladio o los gustos afrancesados de la burguesía, de los seguidores de Eugenio d’Ors y el novecentismo.

«Su falta fe, sus dudas, se fueron transformando en un profundo, primitivo y peculiar cristianismo»

En Gaudí había crecido otra idea, otro empeño, otras formas arquitectónicas que se alejaban del gótico y sus muletas; los contrafuertes y arbotantes serían rechazados por este visionario al que ya le estaban ardiendo unas nuevas ideas religiosas; sus dudas se iban transformando en hogueras internas. Su falta de fe, sus dudas, se fueron transformando en un profundo, primitivo y peculiar cristianismo.

Había conseguido fama y dinero con los marqueses de Comillas y la emparentada familia Güell. Nada importaba que la fortuna tuviera el tráfico de esclavos en su pasado. Todo lo borra la confesión y alguna leve penitencia. Gaudí se construyó una casa en el Parque Güell, vivió, ya obsesionado con su obra de la Sagrada Familia, para vivir con su anciano padre y su sobrina Rosa Egea, gran aficionada a empinar el codo.  Pronto murieron ambos y se quedó solo con su destino. Ya había construido, sin mucho control, el Palacio Arzobispal de Astorga, la Casa de los Botines en León, la casa de los marqueses en Comillas y algunos fallidos intentos como el muy sorprendente y desconocido proyecto de una catedral en Tánger.

Nada le importaba más que seguir con su obra. Siempre faltaba dinero a pesar de aportaciones anónimas y populares. Se pasó la vida pidiendo limosna. Voluntariamente se convirtió en un pobre sin perder su orgullo y su convencimiento de estar elegido, ungido, para continuar su proyecto dilatado, paralizado, aplazado y siempre renovado. Lento como las catedrales góticas. Vendió su casa, apenas cobraba por su trabajo, vivía en un rincón del estudio, desatendió su vestimenta y su aspecto. Vistió de pobre, el pantalón caído como un Charlot de Barcelona, era asceta algo displicente, cada vez más huraño, testarudo como una mula y, convencido de tener razón, «discutía a martillazos», era orgulloso y perentorio. Vivió hasta el final como un cristiano primitivo, sencillo, sobrio y ensimismado. Fue atropellado por un tranvía y murió en el hospital como un pobre, como lo que era, lo que eligió ser.

El retrato de Pla termina con estas palabras: «No es el visionario de la nada, el loco de la inanidad, como tantas veces ha parecido ser la condición típica del país: es el hombre que, abandonando las fórmulas (empíricas) de la catedral gótica, calculó racionalmente, micrográficamente, un inmenso armatoste. Este hecho sensacional, único, coloca al hombre al nivel de su idea de grandeza. Y, como Llull, proyecta sobre una sublime obsesión una dedicación total, vierte en ella las últimas gotas de la propia miseria humana, en un país de gente temblorosa, embobada ante el dinero».

Un catalán que nunca imaginó que el momento álgido de su pueblo, el momento del Templo, fuera a tener compañías indeseables, indeseadas, de ricos en círculo, juntos y revueltos, de izquierdas de salones republicanos, de rufianes varios, de exiliados, golpistas, separatistas, racistas, de mantenedores de una gran mentira, donde tampoco los catalanes como Dalí, Pla o Gaudí tienen su lugar en el secuestrado templo. Gaudí expulsaría a los mercaderes y sus aliados del templo que soñó. Ahora es un parque temático de pago. La oración no es necesaria.

Publicidad