The Objective
Javier Rioyo

Las 'Leires' y el esperpento de nunca acabar

«Madrid sigue siendo habitáculo de toda clase de rufianes, de mentirosos de todo pelaje y trepas que han ocupado instituciones y poder»

El verso suelto
Las ‘Leires’ y el esperpento de nunca acabar

Imagen creada con inteligencia artificial.

«Un día se vendrá a ver Madrid para contemplar

la ciudad más viva del pasado y del presente…

por encima de modas y amaneramientos»

Ramón Gómez de la Serna

Madrid no se acaba nunca; entre la destrucción y la construcción, entre la historia y el presente, la ciudad se mira en sus golfos y sus golfemias. Corte de los milagros, ciudad de alto riesgo, de altas cunas y bajas camas. Capital de la picaresca, refugio de farsas, residencia de farsantes y amparo de enfangados. Valle-Inclán, genial observador, superviviente de la selva madrileña y conocedor de sus fieras, decidió contarnos con esa deformación de los espejos del callejón de Gato —¡que se salven los pocos que quedan, por favor!— en los que lo cóncavo o lo convexo de su imagen nos devolvía una forma grotesca de nuestra realidad.

Nos gustaba mirarnos siendo otros, algo ridículos, deformados y con una extravagancia que no siempre nos sentaba mal. Se están perdiendo. Lo que no significa que estemos mejorando. Seguimos siendo capital de nuestro esperpento nacional, centro de nuestro ruedo ibérico. El engaño sigue viviendo a la vuelta de la esquina; la misma esquina que desde hace siglos andamos buscando para engañar o ser engañados. Nosotros, es la suerte que nos ha correspondido, no hemos sabido —quizás tampoco querido— engañar; pero sí hemos conocido muchos engaños, trampas y engañadores.

Nunca nos regalaron pedruscos imperiales, ni joyas engarzadas, ni casas, ni una mala mina en ninguna alta sierra. Nosotros somos de los que tenemos que pagar al fontanero o al desatascador de nuestros fangos. No sabemos enfangarnos, pero sí endeudarnos. No somos bambis, ni caperucitas rojas, ni lobos, ni lecheras del cuento, aunque nos sigan queriendo meter goles por la escuadra izquierda, pases al natural o torearnos de salón. No siempre nos pillan en guardia, a veces caemos en la trampa.

Somos de insistir en el tropiezo y olvidar los propósitos de enmienda. Supervivientes de esta donna e mobile que es nuestra ciudad, a la que seguimos queriendo aunque sea una compañera inestable. Casquivana, esquiva, entregada, abierta o impenetrable dama que se da o se niega según sean nuestros deseos o nuestras realidades. Madrid nos gusta y nos confunde; casi nunca se niega pero nunca se termina de dar. Así hay que quererla, abierta y en perpetua fuga; penetrable aunque huidiza.

La ciudad sigue siendo infección y contagio, habitáculo de toda clase de rufianes, de mentirosos de todo pelaje y trepas que han ocupado instituciones y poder. Están en la Moncloa o el Ateneo, en Ferraz o en sus barrios residenciales, en ministerios o institutos. Una historia que debe terminar. Los madrileños han votado y decidido su Gobierno y su Ayuntamiento; han podido elegir, han elegido. Allá cada cual. Ahora a los madrileños y al resto de españoles también nos debería tocar poder elegir nuestros gobernantes y nuestro Gobierno, nuestro parlamento y nuestro parlamentario.

«Ha llegado el momento para que los enjoyados, imputados y demás ralea, se miren al espejo y vean su verdadero rostro»

Ha llegado el momento para que los enjoyados, enfangados, portavoces, acusados, imputados y demás ralea se miren en su espejo y vean su verdadero rostro. Que sean capaces de mirarse y mirarnos, de escuchar y escucharnos. Que se reconozcan en su ser mamarrachos, lerdos, disparatados o ridículos y que se reinventen, se confiesen y admitan la penitencia. O reciban el premio, todo es posible en nuestro incomprensible mundo. La situación es de insoportable esperpento hecho realidad. Troppo vero, como dijo Inocencio al verse retratado por Velázquez.

Que estos del sanchismo de hoy, estos habitantes de nuestra ciudad —y de otras—, sean capaces de conocer su historia, su paisaje y su paisanaje. Un poco de preocupación, de interés, que para eso se os paga. Hoy los azares peripatéticos me han llevado hacia el sur desde esta mi frontera en la Plaza Tirso de Molina hasta la antigua fábrica de cervezas El Águila, allá por las Delicias. Quería ver la exposición dedicada a mi cercano Valle-Inclán —un tiempo habitó en esta plaza que entonces se llamaba del Progreso—, al autor tan gallego, tan madrileño, tan universal. La pequeña exposición es perfecta en su propuesta entre el didactismo y la recuperación de algunos de sus pasos escritos y fotografiados de su vida.

La mayor parte en Madrid, entre sus tertulias y cafés, sus redacciones e imprentas, sus teatros y sus calles. Nada le fue ajeno, ni la política, ni los corruptos, ni los corrompidos o los poderosos. Cuando vemos a esta Leire Díez —de manifiesto empeño en querer maniobrar, perseguir, amenazar a los que se atrevieran a denunciar a Sánchez y su entorno—, nos acordamos del esperpento y sus peores actuaciones. Pícara, chulesca, contumaz, mentirosa e irrisoria que resulta ser la imagen y semejanza de los «suyos». Sin embargo, para no ocultar lo que no debemos, no olvidar el pasado, no dejarlo herrumbrar, ni reescribir, debemos reconocer los parecidos entre el joven Valle Inclán y Leire y otras figuras de nuestra plaza pública.

En el catálogo de la exposición en el Leguidú: que tenemos que agradecer al Madrid de Leguina y Tierno. Los más representativos de aquellos tiempos en que los socialistas no salían en procesión reivindicando su limpieza ética, ni se colgaban joyas, ni se escondían en sus barricadas. En ese libro para la exposición se recuerda el lado Leire de Valle, con perdón: «Para asentarse definitivamente en Madrid necesita, además de un libro que lo avale como escritor, unos ingresos fijos. En marzo había logrado un puesto: por la Dirección General de Instrucción Pública ha sido nombrado para ocupar un cargo con el sueldo de 2.000 pesetas anuales, en el negociado de Construcciones Civiles, nuestro apreciable amigo y distinguido escritor Ramón del Valle Inclán…». El cargo recibido era lo que se denominaba «momio», es decir, un puesto público en el que no había necesidad de presentarse al trabajo, limitándose a cobrar el sueldo. 

«Cualquier comparación con la realidad de estos pícaros de ahora, con estos momios y estas momias es puro esperpento»

Hasta aquí los parecidos «razonables» entre Leire, Jésica o cómo se llamen las chicas de Ábalos, Cerdán, Sánchez o Zapateros en general. Ramón María, como un hermano de nuestro tiempo, casi ni conocía su lugar de trabajo, sus funciones y esas gaitas de la clase trabajadora. No solo en esos finales de años del siglo XIX, sabemos que Valle, antes de su destino en la Academia de Bellas Artes en Roma, recibió otro cargo en tiempos republicanos de manos de su amigo Manuel Azaña. Así anota el político en su diario de junio de 1932: «Valle-Inclán ha dimitido del cargo que le dimos el año pasado. Estaba sin un céntimo y no tenía ni para comer. Inventé para él una función: la de Conservador de Patrimonio Artístico… No tenía nada que hacer y, pasados unos meses, hubo que asignarle alguna ocupación. Se le dijo que atendiera al Palacio de Aranjuez. Al punto riñó con la junta de patronato de lo que fue patrimonio de la Corona».

La parte del genio del autor, el poder considerar una ofensa que le pusieran a trabajar en algo tan ajeno a sus intereses, está en la lógica y el carácter del personaje. No así el retrato de «pobre de pedir» que hace Azaña. Entonces era un autor de éxito y recibía buenas liquidaciones. Aunque algo debía pasar con los agujeros de sus bolsillos, por los hijos, los caprichos o su incapacidad de administrarse, conoció la precariedad a lo largo de su vida.

Cualquier comparación con la realidad de estos pícaros de ahora, con estos momios y estas momias, es puro esperpento. A los genios como Valle-Inclán naturalmente que se les debe becar, atender, dignificar y hacer posible que su trabajo no dependa de caridades ni regalos. Sus colegas antepasados, llámense Cervantes, Quevedo, Góngora, eran beneficiados, mantenidos, por algunos nobles. No siempre bien, no siempre con generosidad ni altruismo. Mucho tuvieron que sufrir Miguel, Francisco o Luis. Mucho don Ramón. No merecen comparación, ni lo hacemos. Solo recordamos.

Animamos a todos ellos a que sigan contando, que la literatura no les espera, simplemente que tiren de la manta si no quieren ser manteados por la historia. Que sus memorias se recuperen y sean capaces de hacer narraciones creíbles. Menos cuentos, menos cuentistas. Que los esperpentos sean felices creaciones de la imaginación. ¡Solo nos falta decir: la imaginación al poder! Qué mal tenemos que estar para acudir a esas chorradas de aquellas barricadas de las mentiras de nuestros mayores. Perdón, que me tengo que poner en la cola de mi «momio» y no me puedo despistar.

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