The Objective
Gabriela Bustelo

La caída de un gran impostor

«El Gobierno actual nos engaña desde hace meses con otra quimera económica comparable a la de Zapatero. ¿A qué esperamos para respetarnos como país?» 

Opinión
La caída de un gran impostor

Ilustración de Alejandra Svriz.

Con Zapatero —es decir, contra Zapatero— debuté como columnista política en La Razón en septiembre de 2007, ironizando sobre una imagen retocada del entonces presidente corriendo por una playa gaditana. En la foto sus expertos en imagen le presentaban como un superhéroe deportivo que flotaba ingrávido sobre el paisaje marino, las huellas de sus zapatillas Nike mágicamente borradas de la arena.

En aquel momento, su primera legislatura estaba avanzada. Ya se le llamaba Mr. Bean en las columnas nacionales. Ya producía hilaridad mediática su incapacidad para entender los discursos, las conversaciones informales y hasta los saludos de los líderes mundiales en las cumbres internacionales, por no entender ni «good morning» en inglés. Aquel primer texto mío mencionaba ambas cosas, añadiendo que el entonces gobernante socialista era una especie de Monsieur Hulot de Jacques Tati, tan torpe como inverosímil.

Diecinueve años y dos presidentes después de aquel fake presidencial trotando por la costa de Sanlúcar, el exdirigente socialista acaba de ser imputado por la Audiencia Nacional, que le acusa de presuntos delitos de tráfico de influencias, organización criminal y falsedad documental. Estos días es casi imposible eludir en los verticales mediáticos el goteo de tuits y posts sobre la supuesta trama financiera de Zapatero, vinculada al régimen populista de Venezuela, que habría usado sociedades pantalla para desviar comisiones y beneficiarse de negocios petrolíferos y del rescate de la aerolínea Plus Ultra durante la pandemia.

Pero ¿quién era —o quién no era— José Luis Rodríguez Zapatero antes de protagonizar esta primavera los titulares de la prensa planetaria? En 1986, a los 26 años, fue elegido diputado del PSOE por su León natal, convirtiéndose en el parlamentario más joven del Congreso hasta aquel momento. Desde entonces hasta la segunda victoria electoral de Aznar en el año 2000, Zapatero perfeccionó el arte de la invisibilidad, pasando casi 15 años sentado en el Congreso prácticamente sin respirar.

Antes de las bombas inexplicables, antes del guerracivilismo preceptivo, antes de la imposición nacionalista, antes de los contubernios terroristas, antes de la hecatombe económica, José Luis Rodríguez Zapatero fue el hombre que no estaba allí. Durante casi tres lustros, cero intervenciones memorables, cero presagios de que en aquel escaño tibio anidara un futuro líder. Hasta que el Partido Socialista Obrero Español, en una de sus ya clásicas decisiones marcianas, decidió darle una patada hacia arriba. La extraña forma en que Zapatero llegó al poder, tras un inesperado vuelco electoral forzado por un insólito atentado terrorista, fue el comienzo de una ominosa trayectoria que ahora parece haber llegado a un final tan estrepitoso como fue el inicio.

«Recordamos los eufemismos —desaceleración, brotes verdes, estancamiento leve— que sustituyeron durante meses a la palabra crisis»

En su ensayo España, publicado hace dos años, el periodista británico Michael Reid tiene un capítulo dedicado a lo que llama «un país desmadejado». Para el veterano analista de The Economist, el año fatídico en que la España funcional se vuelve disfuncional es 2008, el ecuador del mandato de Zapatero. Con el nuevo siglo, tras la entrada en el euro y conforme los españoles se iban enriqueciendo, metían su dinero en el sector inmobiliario, explica Reid, de modo que había «un 50% más de viviendas que de hogares». En aquellos momentos, el cogollo formado por los políticos locales, los promotores inmobiliarios y las cajas de ahorros formaba la mitad de la estructura monetaria del país.

Como es sabido, esa tupida maraña económica estaba agravada por un caciquismo bancario corrupto. Reid cuenta que en septiembre 2008 entrevistó a Zapatero y le asombró que el entonces presidente se negara a aceptar un desplome económico ya obvio, repitiendo tozudamente que «el sistema financiero español no iba a sufrir ningún daño estructural». Los columnistas del zapaterismo todavía recordamos los eufemismos —desaceleración transitoria, brotes verdes, estancamiento leve— que sustituyeron durante largos meses a la palabra crisis, eliminada del diccionario político en uno de los ejercicios de irresponsabilidad nacional mayores de la historia de la democracia.

En octubre de 2021, en el 40.º Congreso Federal del PSOE, celebrado en Valencia, José Luis Rodríguez Zapatero salió al atril con gesto de Buda omnisapiente y soltó esta frase que hoy nos define su capacidad teatral para mentir públicamente: «Hemos aprendido en las casas del pueblo, entre los compañeros, entre los militantes, entre las compañeras, que ser socialista es normalmente tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho». Mientras escribo esto, se multiplican los titulares sobre los casi cinco millones de euros que habría recibido en varias cuentas bancarias compartidas con sus hijas y su esposa, a la usanza de las mafias latinas tradicionales.

Y faltarían por aflorar otras cuentas todavía no descubiertas. Hace apenas unas horas, la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) ha incautado decenas de collares, pulseras, relojes y anillos de metales preciosos engastados con joyas en una caja fuerte en el despacho de Zapatero en la sede del PSOE de la calle madrileña de Ferraz.

El actual Gobierno socialista nos engaña desde hace meses con otra quimera económica comparable a la de Zapatero. Si los tiempos judiciales son los mismos, tardaremos 20 años en empezar lentamente a desmontar todo el espejismo sanchista. La pregunta que debemos hacernos es: ¿A qué estamos esperando para empezar a respetarnos como país? 

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