The Objective
Gabriela Bustelo

La riqueza ética de Pujol

«El hombre que gobernó Cataluña durante 23 años, el astuto manipulador que parió el leviatán nacionalista contemporáneo, sigue en libertad»

Opinión
La riqueza ética de Pujol

Ilustración generada mediante IA.

Durante una década, el nacionalismo ha sido la jaqueca mediática diaria, el epicentro de todos los debates políticos, el asunto de cientos de miles de columnas frenéticas. Hasta que, de repente, casi sin que nadie se diera cuenta, el tema se ha convertido en un bostezo multitudinario, corpóreo y con los brazos alzados hacia el techo, como en ese cuadro inolvidable de Joseph Ducreux enseñando el gaznate al respetable. El nacionalismo catalán es ya el sopor colectivo, pongamos, de un público que ha tolerado una película demasiado larga, esperando un final que, cuando por fin llega, no resuelve el argumento de manera satisfactoria. Y en el centro de este vacío existencial, como un muñeco Yoda fosilizado, sigue Jordi Pujol. A sus 95 años, el prócer indepe se ha librado de la cárcel definitivamente.

En un país donde política y corrupción tienden a considerarse sinónimos, durante nuestra «joven democracia» han pasado por las cárceles españolas cientos de altos cargos, ministros y hasta un cuñado del rey. Pero el hombre que gobernó Cataluña durante 23 años, el astuto manipulador que parió el leviatán nacionalista contemporáneo, sigue en libertad. Durante décadas se le ha acusado, primero entre murmullos y finalmente con una documentación exhaustiva, de usar el soberanismo catalán como tapadera para un montaje personal de enriquecimiento ilícito y blanqueo de dinero.

El famoso Caso Pujol, que involucra una fortuna familiar aparecida como por arte de magia entre paraísos fiscales, trae a maltraer a jueces, fiscales y periodistas desde 2014, pero los rumores sobre las comisiones ya circulaban en tiempos de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. En aquel entonces, Felipe González llevaba diez años en el poder y Pujol 12 como President de la Generalitat. Cabe dar por hecho que el trapicheo catalanista ya estuviera en pleno funcionamiento.

No es fácil calcular el precio exacto del nacionalismo catalán, es decir, cuánto dinero público le ha costado a España el independentismo durante la democracia. Varios informes aseguran que el efecto negativo —el roto, para entendernos— asciende a miles de millones de euros, sobre todo desde la primera década de este siglo. Según un estudio de Think Tank Civismo, desde 2004 hasta 2018, el recrudecimiento del independentismo ocasionó un gasto acumulado de más de 18.500 millones de euros al conjunto de la economía española.

Pero todo había empezado mucho antes. Concretamente al poco de morir Franco, cuando el gobierno central de la novata democracia española empezó a desplegar la generosidad desmedida de un pariente con mala conciencia, privilegiando a Cataluña con un diluvio bíblico de poder político, fondos económicos y apoyo estatal. Miles y miles de millones de euros públicos fluían año tras año hacia la Generalitat. Colegios, televisiones autonómicas, policía local y un aparato diplomático paralelo, todo con cargo al erario. El gobierno central escribió meticulosamente su propio obituario, por así decirlo, durante los siguientes 40 años.

«El nacionalismo se nutrió del oxígeno de los gobiernos bipartidistas, engordando y volviéndose moralista»

¿Y qué hay de cierto en el argumentario del victimismo catalán? El analista financiero Ferrán Brunet, en su ensayo titulado Consecuencias económicas del separatismo catalán, publicado en Revista de Libros en noviembre de 2021, asegura que «por la calidad de las competencias y por la cantidad de los recursos, la estructura política, estatal y administrativa de España se encuentra entre las más descentralizadas de los Estados avanzados». Añade que la OCDE califica a España como regional country («por su estructura política altamente descentralizada»), siendo el único país que recibe este rango o categoría dentro del grupo de las naciones que son federaciones o casi-federaciones. En relación con las competencias, explica Brunet, España es el segundo país más descentralizado del mundo, solo por detrás de Alemania y con mayor autogobierno que Bélgica, Estados Unidos o Suiza.

Pero el lloriqueo quejumbroso del vampirismo catalanista, apoyado por los ángulos muertos de la Constitución española, funcionaba a la perfección. El nacionalismo se nutrió del oxígeno de los gobiernos bipartidistas, engordando y volviéndose moralista. Las quejas políticas llegaban disfrazadas de autenticidad, los chantajes financieros llegaban maquillados de dignidad existencial. España cayó bajo el hechizo. Cada senyera, cada urna ilegal, cada discurso sobre la injusticia histórica provocaba una estampida de tertulias y titulares, nacionales e internacionales. Los mismos personajes —el diabólico Estado español, el pueblo catalán martirizado, el espectro de Franco— repetían sus roles como si nadie tuviera memoria, enmascarando la voracidad económica bajo un velo de moralina autocompasiva.

Pujol, a sus 95 años, es el núcleo irradiador de esta tragedia. Primero enseñó a los catalanes a parasitar al resto de España. Tras poner en marcha el artefacto independentista, manipuló a sus propios paisanos, que le llamaban «el pare de la nació catalana», porque les usó como justificación espiritual para su propio enriquecimiento personal. En resumen, Jordi Pujol montó un bisnes que operaba en la autonomía catalana, eligiendo como marca para su empresa el muy comercial nombre de «Nacionalismo Catalán», que le permitió amasar una fortuna familiar multimillonaria. Está en su casa tan campante. ¿Estado de derecho? Ya será menos.

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