El triunfo de una democracia menguante
«La sentencia del Supremo contra Ábalos demuestra que, a pesar de todo, en España la Justicia funciona. Y no olvidemos tampoco la crucial aportación de la prensa libre»

El exministro de Transportes, José Luis Ábalos. | J.J. Guillén (EFE)
Muy podrida tiene que estar una democracia para que condenen a 24 años de cárcel a un exministro del Gobierno en curso y aquí no suceda nada. El presidente se niega a asumir su evidente responsabilidad política, los diputados que le sostienen prefieren mirar para otro lado y sus millones de votantes se consuelan con que al menos no gobierna la derecha.
A todos ellos parece no importarles demasiado que el Tribunal Supremo, por unanimidad, haya descrito en su sentencia del caso Ábalos hasta diez hechos probados a cual más grave: desde las mordidas de 10.000 euros al mes para el ministro hasta el enchufe de sus amiguitas en dos empresas públicas.
Nadie, ni en el Gobierno ni en el Congreso ni en el PSOE, parece sentir vergüenza por el hecho de que durante tres años el Ministerio de Transportes estuviera en manos de unos auténticos sinvergüenzas, más preocupados de llenar sus bolsillos que de luchar contra la pandemia o de invertir en infraestructuras.
Como hemos dicho ya en anteriores ocasiones, España está secuestrada por una banda de malhechores. Y todos ellos están dispuestos a taparse sus miserias (y delitos) con tal de seguir chupando del bote.
En estos momentos, la democracia española asiste a una dramática batalla entre quienes luchan por la limpieza del sistema y los corruptos que defienden su impunidad. No está muy claro qué bando va a resultar vencedor, pero la sentencia del Supremo supone un importante revulsivo para los primeros.
Todavía hay un resquicio para la esperanza. A pesar del Gobierno y de todas sus maniobras para impedir que avancen las investigaciones, los jueces han logrado sacar adelante un juicio al que también contribuyeron de manera decisiva otros estamentos fundamentales en un Estado de derecho: los fiscales, los policías, los guardias civiles y los periodistas.
Y que nadie se confunda: Ábalos es Sánchez. Y la condena del primero supondría el fin del segundo en cualquier país occidental. Por cuatro motivos que conviene recordar:
1.- Sánchez no hizo absolutamente nada contra Ábalos cuando mi equipo (Alberto Sanz, Antonio Rodríguez y Gonzalo Araluce) destapó en Vozpópuli el caso mascarillas el 14 de abril de 2020, cuando era evidente por las informaciones publicadas que se estaba aprovechando la pandemia para robar a manos llenas.
2.- Lo destituyó mucho más tarde, en julio de 2021. Y, sin embargo, cuando Ketty Garat desveló los sucios motivos por los que en realidad lo echó (vida disoluta, gastos disparatados, compañías peligrosas), no se le ocurrió otra cosa que mandarle un whatsapp de apoyo: «Te escribo para trasladarte mi solidaridad ante los infundios que estamos viendo en los medios», le escribió el 6 de noviembre de 2021 tras las primeras exclusivas de THE OBJECTIVE.
3.- Durante su tiempo fuera del Gobierno, mantuvieron un frecuente intercambio de mensajes, hasta el punto de que Sánchez rescató a Ábalos para las elecciones generales de 2023, cuando lo metió de nuevo en el Congreso de los Diputados a pesar de que para entonces este periódico ya había publicado notables noticias sobre sus andanzas.
4.- Cuando estalló el mal llamado caso Koldo con las detenciones de su asesor y de Aldama a comienzos de 2024, Sánchez trató de apartarse de Ábalos… pero las investigaciones policiales han revelado con el paso del tiempo que el PSOE ha estado durante estos años detrás de las defensas jurídicas de Koldo y Ábalos. Por eso ellos no han tirado de la manta, porque siguen notando el calorcito de la protección gubernamental que, quién sabe, quizás se traduzca pronto en un apaño en el Constitucional o en un indulto.
Por tanto, el presidente no puede esgrimir desconocimiento porque, aunque realmente no se hubiera enterado de nada, fue advertido en innumerables ocasiones por un grupo de valientes periodistas que se atrevieron a escribir noticias críticas contra el ministro más mimado por la prensa (sí, también la de derechas) desde aquel Delcygate de enero de 2020.
Y por cierto: resulta conmovedor que hoy se pretendan atribuir el mérito de la condena aquellos periodistas y medios que estuvieron durante años mamando de la teta del ministro valenciano. Lo hicieron con descaro y sin ningún rubor, tildaron nuestras noticias de «invenciones periodísticas» y no aparecieron en la escena hasta que la UCO destapó oficialmente todo el pastel a comienzos de 2024.
Pero la realidad es la que es. Los tres testimonios clave en el juicio del Supremo fueron los de tres mujeres: Jésica Rodríguez, Claudia Montes y Carmen Pano. Y las tres fueron desveladas por este periódico, junto con otras muchas exclusivas durante los últimos cinco años: desde los enchufes de Jésica y Miss Asturias hasta las bolsas con dinero en efectivo de Pano, pasando por el piso de Plaza de España pagado por la trama, los viajes oficiales con el ministro, los chalés de Cádiz y Marbella, la trama de los hidrocarburos…
Desde THE OBJECTIVE no nos vamos a regocijar nunca por la condena o el ingreso en prisión de alguien, pero sí estamos muy orgullosos por haber desvelado las pruebas para que la Justicia tome medidas contra una panda de corruptos. Es una de las misiones fundamentales del periodismo: publicar lo que algunos no quieren que salga a la luz y desenmascarar a aquellos que abusan de su poder.
También nos alegra enormemente que todos los medios de comunicación hayan terminado por admitir la realidad. La mayoría de ellos permanecieron en silencio mientras este periódico iba publicando una tras otra las noticias que ahora constituyen este caso. Y otros, afortunadamente los menos, se prestaron a una campaña organizada por el Gobierno para denigrar al medio y los profesionales que hacían su trabajo. Periodistas que no han publicado una sola exclusiva en su vida se permitieron el lujo de dar lecciones a los que sí estaban haciendo su trabajo. El tiempo ha puesto a cada uno en su lugar y, aunque no se atreverán nunca a pedir perdón, al menos nos queda el consuelo de ver cómo esos ‘colegas’ no han tenido más remedio que informar ahora de lo que antes consideraban bulos.