Sectarismo moral
«Las propuestas menos liberales, tanto en la izquierda como en la derecha, han convertido la discusión pública en un dilema entre la bondad y la maldad»

Ilustración generada con IA.
En octubre de 2008, cuando aún estaban en plena campaña por la presidencia de Estados Unidos, el candidato republicano John McCain hizo algo que hoy parecería inaudito, casi absurdo: contradijo a sus votantes cuando empezaron a dudar de la idoneidad moral de Obama. Uno de ellos le dijo en un mítin que Obama le producía temor porque el demócrata tenía vinculos con el terrorismo doméstico, y otra señora agregó que no se podía confiar en él por su origen árabe. Ante estos comentarios delirantes, McCain hizo algo extrañísimo, casi alienígena: actuó de forma honorable y sacó de su error a sus potenciales votantes. Obama era una persona decente, les dijo, y no había motivos para temer en caso de que ganara las elecciones. Lo que estaba en juego no era su decencia, de la que no cabían dudas, sino ciertas ideas y ciertos asuntos de gobierno sobre los que tenían divergencias fundamentales.
Lo que McCain estaba tratando de hacer era muy importante. Trataba de mostrar que las diferencias con Obama eran ideológicas y políticas, no morales. Tanto él como su oponente pertenecían a la misma comunidad y compartían el mismo compromiso patriótico con Estados Unidos y con la democracia liberal, y le pareció tan importante subrayar esto y aplacar los rumores que situaban a Obama por fuera de ese horizonte moral y que lo asociaban con otras creencias y otras lealtades, que estuvo dispuesto a perder votos. La moral, ese elemento que aglutina poblaciones humanas y que permite a dos personas que no se conocen confiar la una en la otra, o al menos no echarse la mano al puñal cuando se cruzan en un callejón oscuro, se podía instrumentalizar muy fácilmente para fracturar el tejido social y establecer nuevos recelos, nuevos temores, nuevas fronteras.
McCain no lo hizo en esa ocasión, se negó a demonizar y a deslegitimar a su rival, y tal vez su derrota en esas elecciones les mostró a muchos que esa decencia y esa responsabilidad ética eran estratégicamente nocivas, y que lo más sensato en términos electorales era confirmar los prejuicios de los votantes o incluso inculcarlos. Si dudaban o recelaban de la moralidad del contrincante, lo eficaz era azuzar sus miedos y convertir al oponente en un enemigo y en una amenaza vital, no contradecirlos o tranquilizarlos y mucho menos decirles la verdad. Trump pareció haber aprendido esa lección y su carrera y su ascenso político lo demuestran. No solo reafirmó los temores de la señora del mitin de McCain, apoyando la mentira que ubicaba a Obama en Kenia, no en Hawái, en el momento de nacer, sino que hizo circular el rumor de que el padre del demócrata Ted Cruz conocía al asesino de J.F. Kennedy, y se sumó al linchamiento mediático de otro de sus enemigos, Joe Scarborough, cuando lo acusaron falsamente de haber asesinado a su asistente.
El ataque moral al adversario se convirtió en un elemento neurálgico de la nueva política. Más que un buen programa, más que despertar el optimismo y las emociones positivas del votante, las campañas y la retórica se dedicaron a demostrar que el rival padecía una patología moral y que su triunfo abriría las puertas del infierno. Esa es la nueva normalidad de las disputas electorales a nivel global. Las propuestas menos liberales, tanto en la izquierda como en la derecha, han convertido la discusión pública en un dilema entre la bondad y la maldad, con la clara intención de consolidar y fortalecer la propia tribu, el nosotros, y de segregar a todo aquel que no reafirme la virtud propia o no combata la maldad ajena. La fractura social que se observa en tantos países tiene que ver con eso: ya no se confía en el otro. La guerra por el poder se ha envilecido y se ha hecho estrictamente utilitaria. Lo de menos es preservar la confianza en el otro; lo importante es determinar dos cosas: qué sirve para conseguir el poder y hasta dónde estoy dispuesto a llegar para impedir que el otro lo obtenga.
La hipermoralización es un arma política más que usa para legitimar las prácticas más abyectas y la corrupción más rastrera, siempre bajo la misma premisa o con la misma excusa: la mayor perversión es que los otros lleguen al poder. Nosotros, los buenos, estamos obligados a evitarlo a como dé lugar, recurriendo a cualquier estrategia, incluso rompiendo vínculos, fragmentando la comunidad o poniendo nuevas barreras y muros que nos separen de quienes están dispuestos a apoyar al Mal. En los setenta se decía que el mal era el capital. Lo que más daño le está haciendo a las sociedades hoy es un exceso y un uso sectario de la moral.