El nuevo Versalles: la rendición incondicional de Trump ante los ayatolás
Los republicanos y los israelíes cuestionan sin piedad un indigno memorando de paz

De izquierda a derecha: Marco Rubio, Donald Trump, Emmanuel Macron y Jean-Noël Barrot durante la firma del memorando sobre el conflicto iraní en el Palacio de Versalles. | Daniel Torok (EP)
Escribo estas líneas sin saber qué titulará la prensa, aunque a estas horas ya sé lo justo para temerme lo peor. La ceremonia de Bürgenstock (Suiza) entre Estados Unidos e Irán para sellar el memorando de entendimiento —una firma «técnica» en un resort de montaña que iba a ponerle el lazo al paquete— parece que se ha pospuesto. Vance no coge el avión. Los suizos, impertérritos, anuncian que siguen abiertos a preparar el encuentro. ¿Pero qué ha pasado? ¿Ha habido un problema de logística? No. Nada de eso. Más bien, que Israel sigue bombardeando el sur del Líbano y que Teherán, astutamente, deja la delegación en tierra. Los iraníes siguen presionando hasta el último momento. Se les da muy bien hacerlo. Y la foto del final feliz se les ha torcido.
Pero la foto que de verdad importa ya está hecha, y es para enmarcarla en el Museo de los Horrores. Donald Trump firmó un desastroso memorando que pone fin a su guerra contra Irán en el Palacio de Versalles. Versalles. Uno imagina al asesor que eligió el escenario y no sabe si reír o llamar a un historiador. Porque en Versalles, en 1919, las potencias firmaron un tratado para acabar con una guerra y fundar la Sociedad de Naciones, y ya sabemos cómo terminó aquello: sesenta millones de muertos dos décadas más tarde. Estampar allí la firma en un papel que entrega a un régimen enemigo cientos de miles de millones en petrodólares tiene un simbolismo tan siniestro que cuesta creer que nadie lo advirtiera. O peor: que lo advirtieran y les diera igual.
Durante años, Trump prometió que acabaría con la amenaza iraní. Que jamás permitiría a los ayatolás el arma nuclear. Que aplastaría al régimen y se pondría del lado del pueblo. Cuando empezó la guerra, subió la apuesta: «victoria total y completa», «rendición incondicional», cambio de régimen, «enriquecimiento cero» y un Estados Unidos que, mano a mano con Irán, desenterraría hasta el último gramo del uranio sepultado en las montañas. Incluso amenazó con «devolverles a la edad de piedra». De todo aquello no queda nada. El régimen sigue en pie. El enriquecimiento se «congela» en el statu quo, que es una forma elegante de decir que continúa. Y lo del uranio desenterrado se ha quedado en un eufemismo de laboratorio: un down-blend, una dilución bajo supervisión que ni de lejos alcanza lo que el propio Obama le arrancó a Teherán en 2015. La única rendición incondicional de esta guerra ha sido la suya. La de Trump.
Repasemos el botín del vencedor. Estados Unidos levanta el bloqueo, retira las sanciones, descongela miles de millones en activos iraníes y se compromete —junto a sus «socios regionales»— a un plan de reconstrucción de al menos 300.000 millones de dólares. El republicano Thomas Massie ha hecho una cuenta que escuece: esos 300.000 millones son cinco veces lo que el Congreso gasta cada año en las carreteras y los puentes de su propio país. Y Marc Thiessen, tampoco nada sospechoso de antitrumpismo, lo compara con financiar la reconstrucción de Alemania mientras los nazis siguen en el poder. Y uno piensa en la escena absurda: «Te he derrotado por completo y, de paso, te he ingresado trescientos mil millones en la cuenta». ¿Estamos de coña?
A mí lo que de verdad me duele es la traición. En enero, cuando el pueblo iraní volvió a llenar las calles contra la dictadura, el régimen respondió como sabe: a tiros. Miles de muertos —decenas de miles, según las cuentas más altas— en apenas unas semanas. Llegué incluso a entrevistar a la chica del cigarrillo que quemaba una foto de Jameneí —que se hizo tan viral— para este mismo medio. Trump, que había prometido estar con ellos, tardó. Calculó. Y mientras Washington calculaba, el régimen mataba. Cuando por fin llegaron los bombardeos junto a Israel, y cayó el propio Jameneí el primer día de guerra, pareció por un instante que el final estaba cerca. Duró poco. En lugar de apretar hasta el colapso, Trump optó por un alto el fuego prematuro y, ahora, por este memorando. Los que se jugaron la vida en enero han vuelto a comprobar que Occidente prefiere la foto del apretón de manos con los verdugos al riesgo de una victoria real. El régimen no ha caído; ha mudado de piel. El poder ya no reside tanto en los clérigos viejos como en los generales jóvenes de la Guardia Revolucionaria, más brutales y con más sed de revancha. Trump quería un cambio de régimen y, a su manera, lo ha conseguido. A peor. Pienso en la chica del cigarrillo y me asalta la rabia.
Estratégicamente, el balance sería de chiste si no fuera trágico. Estados Unidos e Israel lograron la superioridad aérea, hundieron buena parte de la armada iraní, pulverizaron su aviación, decapitaron al régimen. Lo tenían contra las cuerdas. Y pestañearon. Bastó que Irán cerrara el estrecho de Ormuz —por donde circula la quinta parte del petróleo del mundo— para que al presidente le entrara el pánico, con las elecciones de noviembre respirándole en la nuca y su propio partido afilando los cuchillos. El saldo: 13 soldados estadounidenses muertos, más de cien mil millones gastados y los surtidores por las nubes, todo para regresar a la situación del 27 de febrero, la víspera de la guerra. Mucho ruido y pocas nueces. Y una lección que Teherán no olvidará: el chantaje funciona. Hay una escena que lo dice todo. Un periodista le recuerda a Trump una vieja frase que dijo un hombre sabio: «Irán nunca ha ganado una guerra, pero nunca ha perdido una negociación». Trump pregunta: «¿Quién dijo eso?». El periodista responde: «Usted, señor presidente».
Lo más revelador es que, esta vez, no hace falta ser de izquierdas para verlo: se lo están afeando los suyos. El acuerdo es tan indefendible que el Partido Republicano, que suele rendirle pleitesía, se le ha echado al cuello. Bill Cassidy lo ha llamado «el peor error de política exterior en décadas» y ha sentenciado que «Reagan se revuelve en su tumba». Ted Cruz, con buen criterio, afirma que regalar miles de millones a unos «lunáticos teocráticos que quieren [asesinarles]» no parece la mejor de las ideas. Ben Shapiro, que jaleó los bombardeos, califica el pacto directamente de «desastre» y culpa a Vance. Y la Casa Blanca, consciente de lo que ha firmado, ha optado por cobardear: entregar el texto al Congreso y esconder la cabeza. Ni comparecencias, ni explicaciones a los legisladores. Soltaron el papel y echaron a correr.
Mientras los aliados conservadores de Trump en Estados Unidos e Israel lo cuestionan sin piedad, en España sigue habiendo quien lo defiende como a un héroe antisistema incontestable, casi mesiánico. Perfiles que llevan años vendiendo a un Trump infalible. Cuando gana, es un genio; cuando firma algo que sus propios senadores llaman «rendición» y «desastre», callan o buscan la coartada. Criticar este acuerdo, para ellos, es o ser progre o no entender una jugada maestra. Apuntar que ha dado oxígeno al régimen que financia a Hamás y a Hezbolá y que no ha conseguido sus objetivos principales es poco menos que una herejía. La ironía es deliciosa: el club de fans español le aplaude el arrojo de «atreverse con Irán» justo cuando lo que ha hecho es atreverse a firmar un alto el fuego que paga la reconstrucción del país que arma a quienes sueñan con borrar a Israel del mapa. Y para rematar: China ha celebrado el acuerdo y ha pedido a Israel que se contenga. Cuando Pekín te felicita por tu política de seguridad, conviene revisar las cuentas.
Trump se vende como un «pismeiquer», un pacificador. No lo es. Es un charlatán que ya solo engaña a los más cafeteros. Lo que ha firmado en Versalles no es la paz: es un respiro para que Irán recupere el aliento, se rearme y vuelva. Huelga decir que Irán jamás cumple sus promesas. También, por cierto, es un respiro para el propio Trump, con los nubarrones de las midterms a la vista. Israel no se va a quedar de brazos cruzados viendo cómo el régimen que ha jurado destruirlo fabrica la bomba con el dinero recién descongelado. Así que este memorando no cierra una guerra: le pone fecha a la siguiente. Lo firmaron en Versalles. Y ya sabemos cómo acabó el Versalles del siglo pasado.
