The Objective
Miguel Ángel Quintana Paz

Por qué nos importa Averroes 900 años después

«A Averroes se le celebra con sordina porque sigue resultando hoy un pensador incómodo para el islam en que nació. No es una figura políticamente correcta»

Opinión
Por qué nos importa Averroes 900 años después

Recreación mediante IA del cuadro de Giovanni di Paolo Santo Tomás de Aquino deja confundido a Averroes.

Se han cumplido hace unos días los nueve siglos exactos desde que naciera en Córdoba Abu-l-Walid Mohamed Ibn Rushd. Del cual hemos adaptado los europeos su nombre —al modo en que se adapta todo lo importante— como Averroes.

Siendo como es (poca duda cabe) una de las mentes más poderosas que haya dado a luz nuestra península, y representando como representa uno de los nombres más potentes de toda la filosofía en árabe, acaso ande entonces sorprendido usted, amigo lector, por la escasa fanfarria con que se está conmemorando en nuestro país semejante aniversario. ¿No sería esta, además, una ocasión magnífica para que el PSOE aprovechara y nos insuflara su mito de una España de las Tres Culturas? «Mirad, uno de los filósofos más famosos nacidos en estas tierras ni siquiera hablaba español», podrían insistirnos desde entes autonómicos, gobierno y resto de instituciones colonizadas por el PSOE. Pero nada de eso ocurre. ¿Por qué?

Es esta una inquietud que despejaremos enseguida: a Averroes se le celebra con sordina porque Averroes sigue resultando hoy un pensador incómodo para el islam en que nació, igual que Sócrates resultó un pensador incómodo para la Atenas en que vivió. De hecho, tanto uno como otro filósofo acabarían acusados de impíos por sus conciudadanos. Y condenados: el griego con la muerte, el cordobés con el destierro. No parece, pues, que Averroes sea la figura más políticamente correcta que exhibir hoy.

Hay, con todo, motivos excelentes para volver hoy a él y tratar de aprender de él, más allá de la siempre deleitosa práctica de llevarle la contraria a los complejitos del PSOE state of mind. Habremos de hacerlo, además, nosotros los occidentales. Pues en la mayor parte del mundo islámico continúa siendo un autor contemplado con seca desconfianza, cuando no con vibrante animosidad (resulta divertido que, en la nota que le dedicó hace unos días el muy progresista diario llamado elDiario.es, se advierta que a Averroes le persiguieron los «ultraconservadores», que es el mismo término que allí se usa para un baptista que combata el aborto en Oklahoma o para una madre gallega que combata la pornografía en las aulas. En realidad, no fue ningún Frente Ultraconservador Unido, sino unos creyentes muy precisos de una religión muy precisa los que, apoyados en esa religión, lucharon contra Averroes y aún hoy luchan contra él dentro de esa misma religión bien precisa. Que se llama islam).

Pero empecemos por recordar quién fue este erudito. Y es ya solo con emprender tal intento cuando nos daremos enseguida cuenta de su notable valor.

«Su abuelo y su padre ya habían ejercido de jueces supremos en Córdoba; y él también alcanzó tal rango»

Bien podríamos calificarlo, para empezar, como un loado jurista de su tiempo. De casta le venía al galgo, pues su abuelo y su padre ya habían ejercido de jueces supremos en Córdoba; y él también alcanzó tal rango, tanto en Sevilla como en su ciudad natal. Ahora bien, con igual legitimidad podríamos considerar a Averroes como una cumbre de la medicina de sus días: de hecho, a cualquiera de nosotros nos extrañaría haber vivido en la Sevilla o Córdoba del siglo XII, preguntar en ellas por el mejor médico del municipio y que nuestros vecinos nos remitieran al mismo hombre que desempeñaba allí el cargo de juez principal.

Llegó tan lejos el prestigio sanitario de nuestro hombre, que nada menos que el califa almohade Yúsuf I le llamó a su corte en Marrakech. Y se convirtió en su médico personal. Pero es ahí donde, de nuevo, nuestro foco de atención debe girar hacia otra disciplina: la filosofía. Pues cuentan que, al poco de conocerse, el Yúsuf I preguntó a Averroes su opinión sobre un asunto delicado: si los cielos habían existido desde siempre o habían sido creados en algún momento. Contestar a tal cuestión resultaba peliagudo: si apostabas por la eternidad del cielo, te ponías entonces del lado de Aristóteles, que había dado buenos argumentos para pensar tal cosa; pero tal respuesta implicaba contradecir el Corán, que asevera que todo lo existente (cielos incluidos) lo había creado en algún momento, de la nada, Alá. Los filósofos musulmanes llevaban tiempo debatiendo estas contradicciones. Así que, según cuentan las crónicas, Averroes se puso entonces a balbucir. Y no nos extraña. ¿Constituía acaso una pregunta trampa esa que el califa le lanzaba nada más empezar?

La cosa acabó bien porque no, no se trataba de una pregunta tramposa, sino genuina: ante el silencio del que acabaría siendo su hombre de confianza, Yúsuf I empezó a exponer, no sin llamativas dotes, los distintos argumentos que circulaban sobre tan intrincada materia. Averroes descubrió entonces que no se encontraba ante un politicucho cualquiera que quisiera someterle a un test rápido de ortodoxia; se hallaba ante un hombre con probado amor al conocimiento. La relación entre ambos empezaba, pues, con buen pie. Y ya solo mejoraría. Lo había advertido en su momento Aristóteles: un estupendo modo de cultivar el afecto con alguien es amar juntos algo excelente; y qué hay más excelente que el saber.

Con el correr del tiempo, llegó un momento en que el califa se quejó de lo mismo que se han quejado tantos estudiantes durante 2.400 años: ¡era muy difícil leer los textos de Aristóteles! ¿No habría algún modo de facilitar tal trámite? Averroes acudió en ayuda de su jefe. Y escribió unos Comentarios a la obra aristotélica tan valiosos, que durante siglos se le adjudicaría el sobrenombre de «el Comentarista». Son 38 comentarios en total. Todos ellos se tradujeron al latín enseguida y se publicaron y republicaron, se leyeron y releyeron en las incipientes universidades cristianas, junto con el Colliget, por cierto, su enciclopedia médica, manual para nuestros galenos a lo largo de siglos también.

«Su éxito en la cristiandad contrasta con el silenciamiento al que se sometería pronto a Averroes en el islam»

Este éxito en la cristiandad contrasta con el silenciamiento al que se sometería pronto a Averroes en el islam. Mientras Dante, al redactar su Divina comedia, lo colocó en el lugar más digno en que podía colocar a un no cristiano, en el limbo (junto a nada menos que Aristóteles, Platón o el propio Virgilio), los musulmanes despreciaron pronto al médico-jurista-filósofo-matemático de Córdoba. De hecho, varios de sus famosos Comentarios ni siquiera nos han llegado en su idioma árabe original: resultaban demasiado problemáticos para la intransigencia que habría de proliferar en el mundo islámico tras él. Los conservamos porque, como hemos dicho, se habían traducido pronto al latín: se trata de un auténtico found in translation frente al lost in translation más habitual.

Hay que detenerse en este desprecio hacia Averroes porque nos dice mucho sobre lo que era el islam ya en su tiempo y lo que fue (y sigue siendo) en los siglos de después. La cosa había empezado unos 30 años antes de que nuestro filósofo naciera. Fue entonces cuando otro pensador árabe, Algazel, había escrito una obra que se revelaría definitiva. La tituló La incoherencia de los filósofos y el contenido del libro hizo buen honor a tal título.

Algazel vino a demostrar que los filósofos a menudo se contradecían entre sí (un argumento típico entre los escépticos: la contradictio philosophorum) y, lo que es mucho más grave, que los filósofos a menudo contradicen la Revelación de Alá: ¡osan nada menos que llevarle la contraria al Corán! La conclusión para Algazel —y para muchos que habrían de venir tras él— resultó entonces obvia: menos escuelas filosóficas y más escuelas coránicas; menos atender a paganos como Platón o Aristóteles y más atender a la sharía —ya saben, la ley islámica—; menos pensar solitos y más escuchar a Alá.

Se comprenderá bien que a Averroes, por cuanto llevamos dicho, le resultaran poco simpáticas estas ideas, que ya llevaban décadas triunfando cuando él empezó a filosofar. Y, de hecho, compuso todo un libro para refutarlas: si Algazel había escrito La incoherencia de los filósofos, él decidió llamar al suyo La incoherencia de la incoherencia.

«El cordobés argumentaba que, en caso de contradicción entre la filosofía y la palabra de Alá, había que reinterpretar esta»

No se trataba de un texto antirreligioso, ni mucho menos. El cordobés solo argumentaba que, en caso de aparente contradicción entre la filosofía y la palabra de Alá, había que esforzarse por reinterpretar esta: tal vez estábamos tomando de manera literal algo que solo era metafórico. O quizá las cosas eran aún más sencillas: tal vez ni siquiera habíamos entendido de veras uno de los dos textos en liza (ya fueran los argumentos de un filósofo, ya fuera el Corán). Así que había que repasarlos.

Las razones de Averroes no eran inéditas: ya el cristiano Clemente de Alejandría, allá por el siglo II, había resuelto estas dificultades —tanto él como su discípulo Orígenes habían insistido en que la Biblia hablaba, a menudo, mediante alegorías—. Y ya el judío Filón de Alejandría había hecho lo propio en el siglo I con la Torá.

Pero, en el caso del islam, Averroes llegaba demasiado tarde. Por mucho que argumentara a favor de la filosofía, acabaría perdiendo la batalla frente a Algazel y sus sucesores. Estos acabarían marcando la pauta para los musulmanes. Y así fue como el mundo islámico tomó sus pías distancias con respecto a la filosofía, a la ciencia y a la reflexión independiente. Hasta hoy.

Estas vicisitudes nos permiten entender mejor aquello que empezamos sopesando: por qué a Averroes no se le está festejando entre guirnaldas y ditirambos por toda la España del tardosanchismo. Pero hay algo más importante que eso: también nos permiten entender mejor el islam actual. Ahora bien, hay otro punto, por el cual Averroes cobró fama durante todo el Medievo, que creo que hoy puede también recabar nuestro interés hacia él.

Se trata de una cuestión que puede parecer solo técnica, solo vetusta, solo propia de un fajado comentarista de Aristóteles, como hemos explicado que fue nuestro hombre. Pero le pedimos al amable lector algo de paciencia con nuestras cuitas. Si nos la otorga, enseguida verá el engarce con asuntos de mucha mayor actualidad.

Averroes tuvo que vérselas con uno de los puntos clave del pensamiento de Aristóteles, que los expertos denominan con el tecnicismo de «intelecto agente». Pero que puede explicarse de modo más sencillo. Vamos a ello.

Desde muy pronto, los filósofos se dieron cuenta de esa cosa extraña que somos los humanos. Por una parte, a veces somos capaces de captar verdades eternas: el teorema de Pitágoras, por ejemplo, parece que es y será verdadero pase lo que pase en el mundo. También frases cortas como «el todo es mayor que la parte». O, algo más simple, dos más dos serán cuatro tanto hoy como mañana como en el ayer más lejano que imaginemos. Incluso en un momento en que aún no existiera la Tierra, ni profesores de matemáticas, ni lugares donde escribir que dos más dos son cuatro, su verdad ya existiría: dos más dos son cuatro y lo habrán sido por siempre jamás.

La paradoja emerge cuando notamos que sí, que los humanos somos capaces de pensar en esas verdades eternas que tanto gustan a matemáticos o filósofos; pero, por otra parte, los humanos somos seres mortales, finitos, corruptibles. Todo lo contrario que esas verdades inmortales, eternas, imperecederas que sabemos captar. ¿No nos topamos ahí con una incongruencia? ¿Cómo es posible que lo limitado (los hombres) atrape lo ilimitado (la verdad)? ¿Cómo es posible que los mortales interioricemos cosas inmortales? ¿Cómo es posible que estos cerebros que se comerán los gusanos encierren verdades que jamás perecerán?

El problema dio mucho que hablar a Platón, a Aristóteles y a sus comentaristas durante más de 1.400 años; cuando Averroes arribó a la mesa de discusión, pues, se limitó a sugerir la salida que le parecía más lógica. En realidad, nos dijo, no somos nosotros los que comprendemos esas verdades eternas, sino un entendimiento (pongámoslo en mayúsculas mejor, pues es el nombre de algo único: Entendimiento) que es común a todos los seres humanos. Un Entendimiento que sí que es inmortal y eterno como las verdades que atrapa. Y un Entendimiento del cual participamos —mientras estamos vivos— los hombres, siempre que llegamos a captar alguna verdad (decimos «yo entiendo el teorema de Pitágoras», pero en realidad lo que ocurre es solo que yo he llegado a participar de un Entendimiento, común para todos, que es donde de veras se entiende eso que creo atrapar, solito, un servidor).

La idea de ese Entendimiento superior que compartimos todos un poquito, pero nos supera a todos sobremanera, convenció a unos cuantos estudiosos: es el averroísmo latino, que —entre condenas eclesiásticas— sobreviviría a Averroes donde ya hemos dicho que también fructificaron sus escritos: en esa Europa cristiana y universitaria que los acogió con delectación.

Hubo también, claro está, europeos que lo combatieron no solo mediante condenas, sino mediante razones: santo Tomás de Aquino le dedicó una obra entera. De modo más reciente, Gustavo Bueno se quejaba de que ese Entendimiento común a todos podría acabar justificando la tendencia musulmana a eliminar a tu propio yo en nombre de algo más grande: los suicidios terroristas con que de vez en cuando nos golpea el islam. La batalla intelectual incluso ha trascendido hasta la pintura: Giovanni di Paolo, en el siglo XV, mediante el cuadro que ilustra este artículo, reflejó el modo en que el Aquinate echaba por tierra no solo las tesis de Averroes, sino a este también.

«No es difícil que Averroes nos venga a la mente en tiempos de inteligencia artificial»

Ahora bien, quizá el lector ya haya sentido un cosquilleo extraño al leer aquí sobre ese Entendimiento o intelecto agente de Averroes, común para todos los humanos, pero que nos supera a todos. Esa Inteligencia que entiende las cosas de un modo mucho mejor que las entendemos nosotros. Y de cuyo saber superior nosotros podemos, acá o allá, participar. Sí, no es difícil que Averroes nos venga a la mente en tiempos de inteligencia artificial. De pronto, ya no resulta tan extraña la idea de que, a la postre, quizá lo que cada cual entienda se quede pequeño y finito, frente a un sabelotodo que se coloca por encima de toda la humanidad.

¿Tendremos pronto, pues, una nueva escuela de averroístas en derredor nuestro, que insistan en la importancia de ese Entendimiento supremo o IA, y desconfíen de lo que los colegas actuales de Averroes (tanto los médicos, como los juristas, como los filósofos) nos puedan decir? ¿O surgirá algún Tomás de Aquino para nuestros días, que subraye de nuevo la importancia del entendimiento de cada persona, de cada alma individual?

Digamos que no lo sabemos todavía. Porque la otra opción es que sí lo sepa alguien, pero no seamos ninguno de los mortales, sino esa inteligencia artificial.

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