¿Por qué le interesa al papa León XIV la Escuela de Salamanca?
«El mismo discurso del Papa apuntó el motivo: ‘Esta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral’»

'El Triunfo de la Iglesia' (1705) de Antonio Palomino (iglesia de San Esteban, Salamanca). | Mikel Aingeru (Freepik)
Algo insólito ocurrió hace dos semanas en el Congreso de los Diputados de España. Durante varios minutos no se lanzaron reproches de un partido a otro, no se discutió sobre cómo repartir el dinero, no se impusieron nuevas prohibiciones. Durante varios minutos se habló de filosofía. Más en concreto, de un movimiento filosófico surgido también en nuestro país, pero hace quinientos años: la Escuela de Salamanca. Y quien disertó sobre tan digno asunto fue asimismo un invitado poco usual: el papa León XIV.
Hay que reconocer que este discurso del sumo pontífice se aguardaba con cierto temor por parte de no pocos católicos. ¿Aprovecharía Su Santidad para criticar las numerosas leyes que el Gobierno de Sánchez lleva ocho años aprobando y que contradicen la moral católica: aborto, eutanasia, autodeterminación de género…? Resultaba poco probable: nadie imaginaba en León XIV una contundencia hostil hacia sus anfitriones. ¿Sería entonces el Gobierno socialcomunista el que se aprovecharía del discurso papal para fortalecer su propia narrativa a favor de la inmigración masiva, a favor de los 2,5 millones de personas que se ansía nacionalizar y a favor del medio millón de inmigrantes que se va a regularizar? Muchos así lo temían. Pues si alguna competencia ha demostrado el actual Gobierno es su habilidad para manejar en beneficio propio cualquier cosa que acontezca.
Al final, sin embargo, no ocurrió ni una cosa ni la otra. El discurso de León XIV, el primero que pronuncia ante un parlamento nacional, se insertó bien en la línea de alocuciones que dos de sus antecesores habían pronunciado ya ante otras cámaras legislativas: las de Juan Pablo II ante los parlamentos europeo, polaco e italiano, y las de Benedicto XVI en Westminster o el Bundestag. Como ellos, León XIV centró su discurso en asuntos de calado filosófico, en torno a los fundamentos de la política. Algo que resultó menos evidente en las palabras del papa Francisco ante el Congreso de los Estados Unidos en 2015, pues allí, en cambio, se centró más bien en asuntos de su agenda política concreta: ecología, migraciones, tráfico de armas, pena de muerte, luchas raciales…
Ahora bien, la grata sorpresa para muchos españoles, para muchos católicos y para muchos pensadores españoles y católicos es que el eje en torno al cual León XIV organizó sus reflexiones sobre lo político fue la citada Escuela de Salamanca, escuela que además celebra este año 2026 su 500.º aniversario. ¿Qué tiene ese movimiento filosófico de especial? ¿Por qué le ha resultado útil al papa? ¿Por qué nos puede resultar útil a nosotros, a la hora de afrontar la política en este siglo XXI? ¿Hay algo en esos pensadores salmantinos que moleste en especial al Gobierno del PSOE, que se ha negado a apoyar la citada conmemoración de su aniversario?
Para responder a estas preguntas hay que aclarar dos cosas: en primer lugar, que los logros de la Escuela de Salamanca van mucho más allá de sus reflexiones sobre la política; en segundo lugar, que esos logros han quedado un tanto oscurecidos en la arena de la política porque los filósofos salmantinos lograron ser a la vez muy modernos y muy poco modernos. Dicho de otro modo: fueron modernos, pero de una manera netamente distinta a la que finalmente triunfaría en la Modernidad europea posterior.
Vamos con lo primero: nos quedaríamos con una visión incompleta de la Escuela de Salamanca si no mentásemos que, aparte de reflexionar sobre los fundamentos de la política, allí también surgieron el Derecho internacional, la Economía moderna y algunas de las polémicas teológicas más influyentes de la historia. Y las tres cosas fueron el resultado del momento tan especial que vivía España entonces.
Pues el reciente descubrimiento y conquista de América —aquella primera globalización— estaba planteando multitud de preguntas. Ante todo, de tipo jurídico: ¿era legítima esa conquista? ¿Había alguien —el emperador o el papa— que tuviera dominio universal sobre el mundo y que, por tanto, pudiera reclamar aquellas tierras o donárselas a otros gobernantes, como los reyes españoles? ¿Cabía someter a esclavitud a los habitantes de las Indias? ¿Hay algún principio de Derecho que sea válido para todos los pueblos, con independencia de sus leyes concretas? ¿Cuándo era justo entablar una guerra contra gentes que desconocían la moral cristiana?
El dominico Francisco de Vitoria y sus colegas en Salamanca afrontaron esas dudas de modo tan brillante que hoy un busto de Vitoria adorna los jardines de la ONU en Nueva York. Su rótulo: «Fundador del Derecho de Gentes». También la sala del Consejo de la ONU en Ginebra lleva su nombre. Resulta razonable, pues, que el papa León XIV, que aludió en España varias veces al multilateralismo y al Derecho internacional, se haya sentido interesado por esas reflexiones salmantinas.
Pero, volviendo al siglo XVI, lo cierto es que la conquista de América, la llegada de su oro y su plata a Europa y la inflación que estos generaron plantearon enseguida preguntas económicas también: si el «precio justo» de un objeto no había cambiado por la mera llegada de riquezas desde más allá del Atlántico, ¿por qué estaban subiendo los precios reales de los bienes? ¿Era legítimo, si el coste de la vida subía, cobrar intereses por préstamos que se devolverían cuando todo se hubiese vuelto más caro? ¿Tenían de veras un precio objetivo las cosas, o todo dependía de cómo las valorasen sus compradores?
Miembros de la Escuela de Salamanca como Diego de Covarrubias, Luis de Molina y Martín de Azpilcueta pronto se pondrían a resolver tales problemas. El primero de ellos, Covarrubias, enseguida notó que el precio de algo no reposaba en un valor objetivo, sino subjetivo: una misma botella de agua no cuesta lo mismo si estás junto al río Tormes que si tratas de venderla —antes de que te la quiten de las manos— en el desierto; un diamante, en cambio, estará muy demandado en el primer caso, mientras que poco lo deseará un sediento en pleno Sáhara. Con estas ideas, nuestro eclesiástico se adelantó nada menos que tres siglos a la llamada «revolución marginalista», que hacia 1870 integraría esa teoría subjetiva del valor en la ciencia económica mundial.
Igualmente precursores resultarían Luis de Molina y Martín de Azpilcueta. De hecho, autores tan diferentes como J. A. Schumpeter y M. Grice-Hutchinson, ya en el siglo XX, les atribuirán nada menos que la invención del análisis económico científico y de la teoría monetaria, respectivamente. Tanto estas disciplinas como las reflexiones sobre el valor subjetivo de un producto resultan, quizá, tareas lejanas de las que hoy ocupan al papa León XIV, aunque no tanto de los intereses del joven Robert Prevost como matemático. En cualquier caso, lo que sí nos interesa destacar es que el enfoque que la Escuela de Salamanca adoptó ante estos asuntos económicos conecta bien con el enfoque que el papa —y cualquier católico— han de adoptar también hoy ante la economía en general: un enfoque que no desliga por completo la economía de la ética, como ocurriría pronto entre muchos pensadores modernos, sino que se ayuda de la ética para entender la economía y viceversa.
En cuanto a la teología, la ciencia estrella de su época, los salmantinos del Siglo de Oro español también debieron enfrentarse a preguntas novedosas. Y ello no solo por el reto de la reciente Reforma protestante, sino por el descubrimiento de millones de humanos al otro lado del Atlántico que habían vivido y fallecido sin jamás oír hablar de la fe o la gracia de Cristo. ¿Estaban todos ellos predestinados a la condenación? ¿No decía san Pablo, en su primera carta a Timoteo, que «Dios quiere que todos los hombres se salven»? Y, de ser así, ¿cómo los salvaba Dios? Aunque estas son preguntas teológicas que, curiosamente, el papa León XIV no abordó directamente en su visita a España, sí convivieron en su día, dentro de la Escuela de Salamanca, con algunas de sus respuestas más memorables: baste recordar las que enfrentaron a Domingo Báñez y Luis de Molina, cumbres especulativas de la teología universal; o baste citar a Domingo de Soto y Melchor Cano, figuras sin las que no se entiende el Concilio de Trento.
Ahora bien, volviendo a la filosofía política, ¿por qué le interesó a León XIV lo que ante los parlamentarios españoles llamó «la pregunta salmantina»? El mismo discurso del papa apuntó el motivo: «Esta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica» —es decir, el citado descubrimiento, conquista y evangelización de América— «con la lucidez de la razón moral». ¿Y cuál es esa razón moral que puede iluminar nuestra acción en la historia? También lo indicó el papa, apoyándose en las reflexiones de la Escuela de Salamanca: «Que la voluntad de la mayoría… respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar». Es decir, que ningún poder —tampoco el de la mayoría, tampoco el «democrático»— pueda atropellar «el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales» que ponen coto a tal poder. Toda una enseñanza para un parlamento como el español, que ha emitido leyes que permiten acabar con jóvenes deprimidas —como Noelia Castillo—, niños aún en el seno materno o ancianos en dificultades.
Tanto los pensadores salmantinos como el papa nos vienen a recordar, contra tales legislaciones, que hay algo más importante y anterior a la política; que hay algo más importante y anterior a las leyes humanas; que hay, en suma, algo más importante que los discursos histéricos de Irene Montero o los chabacanos de Gabriel Rufián en sede parlamentaria. Y tenemos suerte porque ese algo, muchísimo más precioso que el palacio del Congreso entero, se halla bien cerca de cada uno: se encuentra dentro de cada persona. Es un «valor irreductible» o, como la llamó la declaración doctrinal de 2024, una «dignidad infinita».
El libro del Génesis, más poético, ya explicó esta misma idea hace milenios: cada uno de nosotros ha sido creado a «imagen y semejanza» de Dios; nada hay en el mundo que se parezca más a la divinidad que un ser humano, por tanto. Santa Teresa, asimismo mencionada por León XIV, también echó mano de la lírica para expresarlo en un poema que pone voz a Dios mismo:
Alma, buscarte has en Mí,
y a Mí buscarme has en ti.
(…)
Y si acaso no supieres
dónde me hallarás a Mí,
no andes de aquí para allí,
sino, si hallarme quisieres,
a Mí buscarme has en ti.
Esa imagen de lo divino que cada uno llevamos dentro no puede, por tanto, renunciarse, venderse o comprarse; tampoco puede borrarse del todo, por nefastos que sean nuestros actos o atribulada que sea nuestra vida. Solo hay una actitud que hace honor a tan alta dignidad que cada cual posee: el respeto máximo e, incluso, el amor.
Ay, pero la política que triunfó tras la Escuela de Salamanca, la que acabaría fundando nuestro mundo moderno, olvidó pronto estos principios. Ni Hobbes, para el que solo somos átomos egoístas del sistema social, ni Rousseau, para el que la voluntad general jamás se equivoca, reconocen un valor interior en cada persona que ponga límite a las imposiciones del poder. No digamos ya si avanzamos hasta el siglo XIX o el XX, en que revolucionarios y totalitarios de todo signo han preferido aplastar antes que reconocer la dignidad de cada cual. Tampoco nuestros «democráticos» sistemas actuales se hallan libres de culpa: pese a todo el blablablá sobre los derechos que figura en nuestras constituciones, esos mismos derechos son luego socavados por unos u otros poderes, entre el aplauso de tantos.
Esto es lo que León XIV recordó a los diputados españoles hace un par de semanas. Y esto es lo que la Escuela de Salamanca lleva cinco siglos recordándonos a todos.