The Objective
Juan José Laborda

El Papa del mundo nuevo

«León XIV emplea los conceptos fundamentales de la democracia europea, la igualdad y la libertad de los seres humanos»

Opinión
El Papa del mundo nuevo

Ilustración de Alejandra Svriz.

La estancia en España del papa León XIV, Robert F. Prevost (Chicago, 1955), me ha suscitado algunas ideas, que expongo a continuación. Mi deseo es que sus palabras no se sumerjan en la vorágine de la actualidad.

Señalo que León XIV es el Papa del «mundo nuevo», porque su origen, y gran parte de su vida, están vinculados con el Nuevo Mundo; es un americano integral, nacido en la ciudad de Chicago, que primero fue francesa y después inglesa (en el siglo XVIII), pero además tiene la nacionalidad peruana, y Perú —como México y sus dos universidades (¡ambas del siglo XVI!)— es una de las bases de la presencia histórica de España en América. 

Es decir, sintetiza personalmente lo que anteriormente se conocía como Cristiandad, y una vez que los cristianos dejaron de asesinarse en las guerras de religión, se denominó Europa. Pero León XIV proyecta el «mundo nuevo», y lo hace desde España. Sus discursos, en Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife, contienen esa novedad. El esfuerzo de su lectura es formativo.

¿Anuncia un mundo nuevo?

Desde la desaparición de la Unión Soviética y su consecuencia, la globalización (solo) capitalista —El fin de la historia y el último hombre, de Francis Fukuyama—, esa realidad plantea la pregunta que no tiene una respuesta: ¡aún no sabemos cómo será nuestro presente y el futuro! 

Mi intuición, en este caso, me dice que, alterando el rumbo de sus predecesores, con sus actos está indicando que la Iglesia católica prioriza los valores de la civilización europea, cuyo origen procede de la síntesis de las culturas clásicas griega, romana y hebrea, las matrices del cristianismo

El primer Papa que se hizo presente en África fue Pablo VI, en su viaje a Uganda en 1969, e hizo famoso su discurso, cuando exclamó: «¡África, sé tú misma!». Después hubo más visitas apostólicas, y en ellas los distintos pontífices pusieron toda su esperanza en África, cuyas sociedades eran más receptivas a mensajes religiosos, en contraste con las secularizadas sociedades de patrón europeo.

El último viaje de un pontífice a África ha sido con el mismo León XIV, que se desplazó a Argelia, Camerún y Guinea Ecuatorial. En Argelia, el Papa agustino contempló las ruinas cristianas de Hipona, donde vivió san Agustín, y que ahora están cerca de la ciudad musulmana de Annaba, cuya población europea y judía fue expulsada con la independencia de Argelia. Tenía sentido que allí hablase en sus discursos del diálogo interreligioso. En Camerún y Guinea Ecuatorial, además de los contenidos habituales, disertó ante multitudes que le aclamaban jubilosas. Sin embargo, y es mi opinión, hoy en día no es posible pedir que «África sea ella misma», pues esa identidad ha sido un invento de factura ideológica y política, la mayoría de las veces, procedente del Primer Mundo, para el llamado Tercer Mundo.

«Pero León XIV proyecta el «mundo nuevo», y lo hace desde España. Sus discursos, en Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife, contienen esa novedad»

León XIV, retornando, eso sí, críticamente, a los fundamentos filosóficos de la Cristiandad, que son los de Europa, intenta abrir un camino para encontrar sentido a nuestro presente y al futuro. Él no tiene complejos afirmando esos fundamentos. ¿Por qué habría de tenerlos si lo mejor de la globalización surge de ellos? El individuo como fundamento igualitario del orden social; la democracia representativa; el Estado de derecho; la libertad de cátedra y de crítica; la ciencia; la universidad, etcétera, son creaciones del genio europeo, aunque sean elementos que la globalización reclama hoy como propios. 

El Papa los ha expuesto en España, y muy posiblemente, porque sabe que España fue y es un Estado cuya catolicidad —«katholikós», es decir, «universal»— es su signo histórico, como consecuencia de su relación con América y con otros continentes, durante siglos. 

Esa catolicidad, que se puede traducir con el kantiano significado de «cosmopolitismo», ha cobrado actualidad con la singular relación de este Papa, con el Rey de España. Ambos son jefes de Estado, y la estabilidad que proyectan procede de una larguísima historia, que representan ellos y las formas políticas de sus Estados; una especial común legitimidad, según escribió Guglielmo Ferrero. 

El día de su llegada, en el Palacio Real, presentes la Familia Real y las autoridades del Estado, dijo lo siguiente: «Veo aquí una vocación específica de Europa, de la que España es protagonista original y fundamental. Es el regalo que el Viejo Continente puede hacer al mundo si quiere permanecer joven, pues joven es quien siente que tiene un futuro y una misión que aún interpelan [sic]. Apreciar la complejidad y estudiarla, aprender a no negarla y a vivirla como una bendición, huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos: he aquí la tarea de quien tiene una gran historia a sus espaldas».

En ese discurso, pone ejemplos hispánicos que afirmaron su individualidad, por la que son recordados en los libros de historia: «La verdad es siempre más grande que nosotros y por eso nos sorprende y nos atrae hacia caminos de purificación y reconciliación, en los que el diálogo con los demás —y con el Otro con mayúscula— se vuelve fundamental. Se trata de Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, que se hicieron amigos en la pasión por el Misterio divino. La suya es una mística con los ojos abiertos, es decir, no ajena a la historia, sino que, por el contrario, lleva a la raíz de las cuestiones, al corazón de la realidad».

Doctor en Teología, sabe la distinción —aportación de Max Weber— entre la «mística», asociada a las creencias católicas, y el «ascetismo», asociado a la fe de los protestantes. Él tiene interés en sostener que el caso de estos dos santos españoles es un diferente modelo weberiano de misticismo. Y no lo es únicamente por razones eruditas: ha encontrado en el misticismo de Juan de la Cruz y Teresa de Ávila un argumento de modernidad, de individualidad, frente al modelo protestante, cuyo ascetismo fue funcional en el origen del capitalismo, pero que ahora ese protestantismo ha evolucionado en una moral que rechaza la igualdad de los seres humanos y el atesoramiento de dinero como signo de redención. 

El Papa, dirigiéndose a los diputados y senadores, reunidos en sesión solemne, resalta la contribución de España a la creación del concepto europeo de la libertad, y además de Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, cita el ejemplo de Alfonso X el Sabio, Averroes, Maimónides, Ignacio de Loyola, Miguel de Cervantes o Miguel de Unamuno. Y a continuación, destaca la obra de fray Francisco de Vitoria y de la Escuela de Salamanca, para afirmar la igualdad de todos los seres humanos: «Esta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza».

León XIV, a continuación, emplea los conceptos fundamentales de la democracia europea, la igualdad y la libertad de los seres humanos; y poniendo a Europa como ejemplo, La Declaración de los Derechos Humanos define al ciudadano europeo, y al ofrecerlo como modelo, está enunciando que su mensaje religioso no es militante, sino ecuménico.  

Es impresionante que se refiera al emblema originario: «Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo»; y también se refiere al documento diplomático que estableció el lugar de Europa en la actual globalización: con «el Acta Final de Helsinki, de 1 de agosto 1975 […], los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía».

La incertidumbre es el signo de nuestro presente. Arrojados al futuro, los que se esfuerzan por lograr un mundo mejor han descubierto que León XIV está trabajando con ellos desde un mismo propósito. 

Publicidad