Como si Dios existiera
«La visita del Papa nos invita a reflexionar sobre si defender hoy el cristianismo se ha convertido, lejos de cualquier impulso reaccionario, en un acto de rebeldía»

Ilustración de Alejandra Svriz
Por primera vez en 15 años, un Papa ha vuelto a pisar Madrid, y lo ha hecho llenando la ciudad como no lo ha hecho ningún otro movimiento político o social en décadas: medio millón de personas, en su mayoría jóvenes, acudieron el sábado a la vigilia de la plaza de Lima a esperar a León XIV. Un acontecimiento semejante invita a detenerse a pensar, incluso a quienes lo observamos desde fuera de la comunidad cristiana, porque lo que pone sobre la mesa no es únicamente una cuestión religiosa. Nos invita, más bien, a hacer la reflexión largamente aplazada de si defender hoy el cristianismo se ha convertido, lejos de cualquier impulso reaccionario, en un acto de rebeldía, y la de si creer en Dios o simplemente buscar la fe, lejos de la sumisión distópica que algunos temen, no es sino uno de los actos de libertad más radicales que nos quedan.
Conviene aclarar las coordenadas desde las que escribo: soy hijo de cristianos que hace mucho se alejaron de la Iglesia y que decidieron no bautizarme, de modo que crecí sin ir a misa, ni catequesis, e incluso con un escepticismo casi militante que nadie me inculcó hacia cuanto no pudiera medirse o tocarse. Sobre el reciente resurgir de lo religioso ya he escrito antes en La vuelta de Dios, aunque desde una perspectiva más analítica, como quien examina un fenómeno ajeno y se limita a comprenderlo y respetarlo. Esta vez lo hago desde una posición de mayor implicación personal.
No es que me haya sumado ahora a esa supuesta ola de espiritualidad, pues aún estoy lejos de convertirme al cristianismo, ni siquiera que haya decidido asumir sin más el paquete cultural de la derecha tradicional. La diferencia esta ocasión, tal vez como el siguiente paso natural, es que he empezado a interrogarme: ¿por qué me interpela a mí esto y con qué profundidad?
La primera respuesta la obtuve allí mismo, aquella noche, en la vigilia de oración en una Castellana completamente desbordada de jóvenes españoles. Lo que me abrumó no fue la figura del Papa, hacia la que siento más curiosidad o respeto que devoción, ni la liturgia, que apenas comprendo, sino el momento del rezo en absoluto silencio. Fue sobrecogedor ver a aquella multitud, buena parte de ella de mi edad, recogerse a la vez en una misma oración, detenerse, alzar la mirada y reconocerse parte de algo más grande que ella misma, en una época que no cesa de repetirnos que no hay nada más allá del ego, del instante y de la autosatisfacción inmediata. Incluso yo pude llegar a sentirme parte de ello. Comprendí entonces que ese vacío del que tanto se habla todavía tiene quien le haga frente y que buena parte de una generación a la que se ha dado por perdida para lo trascendente no ha renunciado en absoluto a la fe que durante siglos dio forma a nuestra idea de comunidad.
Es importante evitar un posible equívoco, pues no creo que ese gesto sea una mera pose contracultural, como puede ocurrir con otras posiciones adoptadas por la juventud como forma de cuestionar el statu quo. Esta es una rebeldía de otra índole. Es la resistencia a una intrascendencia que se nos ofrece como liberación y que, en el fondo, nos deja a la intemperie. En un tiempo en el que el discurso político y social dominante se ha empeñado desde hace años en arrancarnos las raíces y que confunde la aconfesionalidad del Estado con el laicismo más beligerante, defender el sustrato cristiano de nuestra civilización es defender los valores que durante dos mil años han modelado lo que somos. Las civilizaciones se comportan como los árboles: si se pudre la raíz, tarde o temprano muere todo el árbol. Tal defensa no consiste en imponer credo alguno a nadie, sino en no dilapidar, por el mero afán de parecer modernos, una herencia que no es de izquierdas ni de derechas.
«La libertad auténtica es libertad también para acercarse a una comunidad, la cristiana, y buscar a Dios»
Queda entonces la segunda cuestión, la más compleja y la más personal: más allá de la identidad, ¿cuál es el sentido de buscar la fe? Debo ser honesto y admitir que me cuesta enormemente creer, y no me veo, ni me he visto nunca, obligado a hacerlo ni por mi familia, ni por mi entorno, ni por las tendencias predominantes de la sociedad. Y, sin embargo, esa misma libertad que me exime de creer es la que me permite buscar y me impulsa a hacerlo. Porque no es verdaderamente libre quien se ha vaciado de creencias hasta no quedarle ninguna, sino quien conserva intacta la capacidad de elegir sobre ellas.
La libertad auténtica es libertad también para acercarse a una comunidad, la cristiana, y buscar a Dios. Tal vez esto parezca de perogrullo, pero no lo es en un mundo donde se ha dado por hecho que la fe solo es capaz de oprimir y no de liberar. La fe, así, no obliga a plegarse a imposición alguna ni a renunciar al juicio propio, sino que supone ejercer esa libertad que es inherente a todas las personas en su grado más alto.
No salí de la plaza de Lima convertido, ni lo esperaba; sigo sin creer y no sé si lo haré algún día. Pero entendí que la duda, cuando se elige, abre una puerta hacia una vida con sentido, y que no hacen falta certezas para apostar por ella. Y aquella noche no apostaba yo solo: apostaban también los cientos de miles de jóvenes que me rodeaban, conscientes de que las raíces no sobreviven si no hay quien las cuide y de que hay cosas que solo permanecen cuando se sostienen en una comunidad libremente elegida cada día. A eso invitó Ratzinger, lo mismo a creyentes que a escépticos, como propuesta para uno mismo y para Europa entera; y es la apuesta que hago hoy: al menos, vivir como si Dios existiera.