La España aldeana y el anillo de Robert Prevost
La visita de León XIV no altera la invariante de las élites políticas: entender sus mensajes como un aval a sus delirios

El papa León XIV. | Alejandro Barrosa (EP)
«Los españoles siempre hemos ido detrás de los curas, ya fuese con un cirio o con un palo». Agustín de Foxá, escritor y falangista, describía así la devoción (interesada) de las élites de nuestro país por el clero. La frase no tendría nada de extraño si se reparase —cosa que raras veces se hace— en el hecho (indudable) de que la Iglesia administra el asombroso monopolio de la absolución total de los pecados terrestres —incluyendo los carnales y los derivados de la avaricia y la corrupción— y tiene una indiscutible maestría en asuntos como la pompa y las puestas en escena majestuosas y sublimes. El teatro, como todos sabemos, es una de las grandeurs del Vaticano. Un arte en el que no tiene rival y además ha hecho escuela.
Como es imposible encontrar religión sin ceremonial, ni existe galardón alguno en el que el premiado no sea el propio jurado que lo concede, el viaje de León XIV por las Españas —con paradas en Madrid, Barcelona y Canarias— puede ser leído, al margen de las creencias individuales de cada cual, como otra manifestación más del provincianismo ibérico —que aquí llamaremos «indigenismo»—, ese prodigio de la naturaleza que consiste en entender la realidad a través de las orejeras de la identidad, el filtro de las urgencias diferenciales y la ley (fatal) de las frustraciones particulares.
La visita de Prevost tenía un claro objetivo pastoral, pero también ha sido política. España ya no es el país de sacristías de Machado (Antonio), aunque la intensa secularización del último medio siglo se haya topado, para asombro de la izquierda idiota, con un intenso revival católico entre una parte de los jóvenes, a los que las insoportables sesiones de catequesis woke —la juventud es la edad de los poetas y de los espíritus rebeldes— han conducido a un súbito retorno a la fe. Puede que se trate de un fenómeno pasajero, pero también es un indicio de la locura en la que habitamos.
El Vaticano, cuya antigua bandera, símbolo de los primitivos Estados Pontificios, coincide con los colores de la enseña española, se sitúa en estos momentos en una posición más centrada que nuestros próceres, a los que el Papa, desde la tribuna del Congreso, animó a «desarmar el lenguaje» y desistir de la confrontación y la discordia, al tiempo que les recordaba —quien pueda oír, que oiga— que cualquier poder debe tener límites.
No deja de ser un suceso asombroso que sea un monarca absoluto —el mismísimo Pontifex Maximus en ejercicio— quien enunciase todo esto ante Sánchez, el insomne, y el resto de líderes parlamentarios, más interesados en atraer al Santo Padre a su jardín silvestre que a meditar a fondo sobre el sentido último de sus palabras. Cada uno de ellos, como era de esperar, se quedó solo con los argumentos de los discursos que les cuadraron mejor, ignorando los demás, de forma que el ecumenismo de Prevost ha servido para justificar una cosa y su contraria, dada la tendencia compartida: «Su Santidad, por supuesto, nos da la razón». España —y sobre todo Cataluña— es la Orbajosa de Galdós. Una suma de provincias cuyos prohombres creen que el mundo les debe algo y piensan que la visita del embajador de Cristo en la Tierra no tiene más sentido que respaldar sus conflictos particulares.
«Es enternecedor: en esta pluralísima España todo el mundo parece estar falto de cariño y necesitado de afecto»
Madrid, por poner un ejemplo, presumió (siendo la capital del Reino) de haber acogido los actos más multitudinarios de la gira, mientras Barcelona, desierta durante la misa en la Sagrada Familia, convertida en un casino de Las Vegas, anhela (porque el procés ha destruido su tradicional ascendente cultural sobre el resto de España) los desmedidos elogios de las Olimpiadas. Es enternecedor: en esta pluralísima España todo el mundo parece estar falto de cariño y necesitado de afecto. Quien más y quien menos desea que alguien le haga algún caso. No por solidaridad, respeto o autocompasión, sino por una atávica soberbia menestral.
El PSC, que ya es «lo que queda del PSOE», juzga la visita del Pontífice a Cataluña como un hito de su (efímero) mandato, a pesar de que su agenda no se ha despegado —en lo sustancial— del bucle nacionalista. Salta a la vista, salvo para los tuertos: esta España de güelfos y gibelinos, las dos facciones señoriales que en el siglo XII se disputaron el Sacro Imperio Romano, apoyando al papado o al emperador, no tiene arreglo ni tampoco redención. Ni siquiera usando la famosa conllevancia de Ortega y Gasset.
Imaginar otra cosa sería tanto como pensar que en un casino decimonónico —o ahora en el fragor de las redes sociales— los parroquianos, tras acudir a misa, comulgar y desearse una paz (mayormente) retórica, no discutieran de política y toros hasta llegar a las manos. La mesura y la independencia de criterio, salvo excepciones, no forman parte de nuestros genes. Somos una nación sanguínea. Quizás por eso nuestra historia, donde cada orilla ha patrimonializado en su exclusivo beneficio el espacio común, condenando sucesivamente a sus adversarios a la inquisición, al exilio o al ostracismo, no puede entenderse sin el tormentoso vínculo entre las ortodoxias de cada época histórica y sus correspondientes heterodoxias. Así seguimos.
No es tarea de Prevost cambiar los hábitos de nuestra vida pública, aunque señalase, ante quienes oyeron sus palabras sin manipularlas, que el camino en dirección a otra España (posible) no es el sendero en el que desemboca el obsceno desprecio a la moral de la Moncloa, cuyo inquilino no cree en los contrapesos democráticos, ni —como sentenció el Papa en Canarias, donde arriban los famélicos inmigrantes— esa otra trocha agreste de la «prioridad nacional». El mensaje del Vaticano ha sido diáfano. Nuestro problema se torna cada día más colosal. Se resume así: los políticos que fueron a besarle el anillo a León XIV no pretenden corregir el rumbo, sino reafirmarse en sus conductas. Que el Altísimo nos coja confesados.
