La España de los pesebres o el (otro) capitalismo de Estado
El historiador Carlos Arenas Posadas documenta, desde la Edad Media hasta nuestros días, el saqueo de lo público

Detalle de la portada de ‘El Estado pesebre’, del historiador Carlos Arenas Posadas. | Editorial El paseo
Las izquierdas españolas tradicionales tienden a exaltar la importancia de lo público y, acto seguido, proceden a condenar la iniciativa privada. Es un discurso simple, basado en presupuestos ideológicos del pretérito, que muda de piel cuando, como constatamos cada día, sin faltar uno solo, algunos de sus dirigentes pasan al otro lado del espejo, igual que la segunda Alicia de Lewis Carroll, y empiezan a emular a las derechas con la convicción, indiscutiblemente profunda, de que el dinero no es malo si les beneficia, de igual modo que antes (su falta) perjudica a quien nada tiene.
La niña ficticia creada por el escritor británico juega a imaginar cómo será el mundo al otro lado del espejo hasta que —sin que medie una puerta giratoria— descubre que puede cruzar a la otra orilla de la realidad, donde se libra una partida de ajedrez en la que las reglas del juego no se respetan. Podríamos decir algo equivalente de la particular variante española del capitalismo, indisolublemente ligada, como muestra la Historia, madre y maestra, la única pedagogía válida para entender a los seres humanos, que no tienen otro patrimonio que el pasado que los antecede y el futuro que, en su caso, los espera, a los poderes políticos y a la administración, el famoso comedero del que entraban y salían, en función de los vaivenes del turnismo, los funcionarios en Miau, la estupenda novela de Galdós.
Sobre esta constante ha escrito un documentadísimo libro el historiador Carlos Arenas Posadas, docente en la Universidad de Sevilla. La obra, El Estado pesebre (El Paseo), está siendo un éxito de ventas: cuatro ediciones en apenas meses. Sin duda, se debe a que entrevera un hondo conocimiento del pasado con un presente palpitante donde la corrupción, el nepotismo y la desvergüenza abren todos los días los diarios. Arenas Posadas documenta en este libro cómo las élites españolas, a lo largo de los siglos, desde la Edad Media hasta hoy, se nutren en las ubres de lo público, sin que su adscripción partidaria concreta sirva más que para —según las preferencias de cada uno— atenuar o amplificar el grado de latrocinio.
El origen del estudio de Arenas Posadas es una sana indignación. Frente al argumentario neorrealista del pobre subsidiado, especialmente vehemente el pasado siglo desde ámbitos como la burguesía nacionalista catalana en relación al sur de España, Arenas Posadas, que es investigador económico y andaluz, se ha preocupado de rastrear las huellas del proceso inverso. Esto es: indagar a fondo en la singular manera de hacer negocios privados al amparo de la cosa pública que ha regido secularmente nuestra historia. La panorámica que dibuja su obra —un libro de síntesis donde no se cuentan solo casos concretos, sino que se analiza la arquitectura de la extracción de rentas públicas para fines privados— es tan asombrosa como devastadora.
Arenas Posadas no levanta en exceso la voz, pero tampoco deja títere con cabeza. Habla del pretérito de un país obsesionado con los privilegios —lo que explica la obstinación de la (falsa) pureza de sangre, que bajo la apariencia de una cuestión religiosa lo que buscaba (y lograba) era impedir la meritocracia y la libre competencia a la hora de conquistar canonjías y cargos en la Corte de la Monarquía Hispánica—; de clases enriquecidas con rentas y privilegios, asignados según la prelación familiar y los apellidos, y de un sistema tributario (el Antiguo Régimen tuvo larga vida) que eximía a quienes más poseían y castigaba a quienes no podían escapar del fisco.
Parientes y camaradas
Contemplado in extenso y proyectado a lo largo del tiempo, cabe decir que este capitalismo a la española se adelanta, en términos prácticos, al famoso concepto de capital social, inventado por Pierre Bourdieu, que designa así los recursos, relaciones y contactos que una persona puede aprovechar para sí a través de su red de contactos familiares o su capacidad de influencia social. Se entiende por famiglia no solo a los ascendientes y descendientes estrictos, o de segundo y tercer grado, sino a los hermanos de una cofradía, a los miembros de un gremio, a los socios de un club y, por supuesto, a los camaradas del partido. Un fenómeno que el refranero recoge muchos siglos antes que el sociólogo francés: «Por ser vos quien sois» o «Más vale tener amigos en la plaza que dineros en el arca».
Antes y ahora, ejercer un cargo en España o gozar de un título ayuda a hacer grandes negocios, de la misma manera que la desgracia —véase, por ejemplo, el desfalco del caso ERE, por el que fueron juzgados y después amnistiados por el Constitucional los dirigentes del PSOE de Andalucía— es una industria. Acaso la más rentable que imaginarse pueda, dado que la vida es una cadena sin final de calamidades con breves intervalos de felicidad. Hasta la Corona española, endeudada por las guerras de religión, vendía títulos y mercedes no por honor, sino debido al interés mutuo (el suyo, que hacía caja, y el de los correspondientes y fieles beneficiados).
Habrá quien, de forma ingenua, se pregunte cómo era —y todavía es— todo esto posible, pero el asombro se diluye de inmediato si, como explica Arenas Posadas, se estudian las innumerables discordias causadas por el control del espacio público y la lucha por el dominio político. Si el nuestro es un país donde cada época histórica se ha saldado con una interminable lista de heterodoxos y desterrados, desde los afrancesados a la España peregrina de los exiliados de la Guerra Civil, no se debe al amor (popular) por la teología, precisamente. Obedece a que cada uno de los sucesivos poderes terrestres se erigía en la única ortodoxia posible y actuaba en consecuencia: reprimiendo a última sangre la competencia de sus rivales.
La Administración, al contrario del modelo predominante en otras zonas de Europa, no es neutral, sino juez y parte, además del campo de batalla de una guerra perpetua donde las batallas políticas esconden el arraigado deseo social de obtener un enriquecimiento súbito, sin esfuerzo, sin riesgo y sin excesivo trabajo. Ahora los llamamos lobbies, pero en nuestra cultura siempre han existido los cabildos, que movían los hilos del teatro de las marionetas, marineaban en los meandros del río del poder e influían para que, por decirlo al cervantino modo, se les hiciera merced.
La guerra, el negocio más rentable
El autor del Quijote, recaudador (particular) de impuestos al servicio de la Corona, que dio con sus huesos en la cárcel dos veces por no haber podido responder de lo recaudado entre las excomuniones de párrocos y obispos y la ira de los feudos de la Baja Andalucía del siglo XVII, sabía de primera mano que nadie entrega con facilidad los tributos que debe pagar, sino los impuestos a los que obligan la falta de suficientes padrinos y mentores.
Todo está, por tanto, inventado. Hace siglos. Y la primera de todas las cosas es la guerra, el negocio más rentable de cuantos existen y existirán —como muestra el actual debate para incrementar el gasto militar en perjuicio de la agenda social—; seguido de la escasez, otro yacimiento de riqueza para los intermediarios —políticos y comisionistas— como los que se han hecho millonarios con la venta de mascarillas durante la pandemia.
El botín de la Reconquista castellana fueron los repartimientos reales y los mayorazgos agrarios. La aspiración de los conquistadores de América era convertirse en patricios y dueños de indios y haciendas. Hasta la delación interesada del prójimo, en los tiempos de la Inquisición, o entre cualquiera de dos bandos de la Guerra Civil, era un negocio inmediato, lo que quizás explique el origen secreto de la doblez española, ese arte (sublime) de hacerse pasar por lo que uno no es como sistema de autodefensa ante los demás, tan prestos a la cacería como devotos en el negocio de la cetrería.
A nadie que haya leído bien a Quevedo —«¿Quién los jueces con pasión, / sin ser ungüento, hace humanos, / pues untándoles las manos / les ablanda el corazón?»— debería extrañarle que la corrupción sea la invariante de nuestra clase política. Monopolios, aranceles, concesiones, prerrogativas, privilegios y un sinfín de instituciones jurídicas y económicas lo explican.
Ni el liberalismo, ese gran invento de las efímeras Cortes de Cádiz, se libró de esta España de los fueros y los maestrazgos. Los bienes desamortizados por Mendizábal, y aun antes por Godoy, acabaron en manos de las élites burguesas, que un siglo después administraban rentas inmobiliarias y las líneas (privadas) de ferrocarril que sustituyeron a las primitivas diligencias; suministraban uniformes al ejército colonial de Marruecos o —véase el caso de nuestra industria petrolera, que comenzó siendo un monopolio estatal, instaurado en tiempos de Primo de Rivera— intermediaban con el oro negro de los hidrocarburos. Todavía no hemos salido de este bucle mecánico que vincula a los legisladores con los despachos de negocios y paga rescates de empresas ruinosas con los fondos de los contribuyentes. Una constante histórica que Arenas Posadas explica con solidez en este magnífico ensayo.
