Andrés Trapiello y la magia de las estatuas
El escritor publica ‘De todo tiene’, la deslumbrante vigesimoquinta entrega de sus diarios ‘Salón de pasos perdidos’

Andrés Trapiello. | Víctor Ubiña
«Los fuegos artificiales son tristes, como el carrusel de feria, como las ferias mismas. Los fuegos artificiales te recuerdan lo poco que dura la vida, y el carrusel lo poco que duró tu infancia». ¿Quién no ha pensado alguna vez —o mejor dicho: quién no ha sentido— la nostalgia del tiempo perdido? La vida, esa cosa que sucede a medida que vamos cumpliendo años y las hojas del calendario caducan en una sucesión que quisiéramos fuera infinita, pero que sabemos de antemano es cosa tasada, se manifiesta de forma salvaje. A veces es una epifanía: el instante eterno que acontece entre la doble fugacidad de las horas; otras se nos presenta igual que una noria que asciende y, justo antes de que podamos disfrutar tranquilamente de la vista, nos devuelve al suelo, de forma que, al descender del artefacto, metáfora invertida de nuestro propio destino, descubrimos una perspectiva de nosotros mismos —y de los otros— que hasta entonces desconocíamos.
En la literatura española, grosso modo, existen dos maneras de mirar el mundo. Una es la de Quevedo, Valle-Inclán y Camilo José Cela. En ella, el desvelamiento de la realidad tiene lugar mediante el gesto violento, la teatralidad sostenida y una distancia sin misericordia. Es el mundo visto desde la óptica del esperpento, cuyo hallazgo, según la leyenda, puede situarse en una noche del año (del Señor) de 1916, cuando Valle-Inclán, entonces corresponsal de prensa, sobrevoló en un avión del ejército francés las trincheras del frente de Verdún, donde los soldados morían como hormigas inundadas por un barro de sangre. Desde la altura, los estragos de la Gran Guerra se asemejaban a un tríptico de El Bosco: un paisaje distante y ajeno, similar a la mirada sin compasión de los dioses antiguos. Era la visión estelar del universo visto como un gran teatro de marionetas.
Después está la otra forma: la opuesta. Esa atalaya (sin cumbre) en la que se situaron Cervantes, Galdós o Baroja. Un espacio modesto y terrestre, donde se mira a las demás criaturas y a nuestros semejantes con una cierta compasión y la ternura —no exenta de rudeza— que sentimos por nuestros semejantes, que no es muy diferente a la que, en el fondo experimentamos por nosotros mismos. En ese lugar, la placenta del aurea mediocritas, donde acontece de verdad la vida y la invención se entrevera con la realidad, es desde donde también escribe Andrés Trapiello (1953), que desde hace ya más de tres décadas viene publicando, sin descanso, su Salón de pasos perdidos, la novela in fieri sobre sus días —con sus noches— en la Tierra. Su primerísima entrega fue El gato encerrado (Pretextos), donde reunía tanteos aparecidos por primera vez en el Diario de Jerez.
Desde entonces se han sucedido las tormentas y las sequías, los inviernos (sin otoño) y los tórridos veranos, muchas alegrías y algunas calamidades, hijos, trabajos y libros. Y Trapiello, galeote de sí mismo, no ha faltado nunca a esta cita recurrente con sus más devotos lectores, esa selecta minoría (que cada vez es más numerosa) que se asoma a las peripecias de sus supuestos diarios, cuya vigesimoquinta entrega —De todo tiene— acaba de sacar Ediciones del Arrabal, su editorial familiar. Este ciclo narrativo, una suerte de episodios personales y galería de malandanzas, al modo y manera de Galdós, cuya frase sobre la novela que cada uno de nosotros llevamos dentro aparece al comienzo de las sucesivas entregas, es un artefacto colosal en ambición e inabarcable en su factura.
Igual que la vida natural, alejada de cualquier orden, sistema y programa, se nos aparece como una obra abierta —«en marcha»— en la que los espejismos de la ficción cohabitan con la meditación, la saeta de los aforismos y las anotaciones referenciales, ya sean de personajes o de una época concreta de la historia reciente. El trabajo de campo de De todo tiene (los dietarios privados que el escritor usa como punto de partida) data de hace 15 años, pero su composición es una tarea del presente. La diferencia entre ambos tiempos es la que permite a Trapiello convertir su realidad en ficción (realista) y tejer la inmensa tela de araña con la que atrapa a sus lectores, seducidos no tanto por sus peripecias y avatares, que son prosaicos, cuanto por la excelente recreación artística de sus vivencias.
La fuerza del pasado
La última entrega del Salón, que por supuesto comienza en el recreo de Las Viñas, el capricho extremeño que el escritor y su familia atesoran en los lagares de Trujillo (Cáceres), arranca con un espléndido juego de máscaras sobre la realidad y la mentira de lo que se cuenta en estas novelas, que no son diarios más que en su génesis, y cuyo objeto es el fluir de una existencia proyectada sobre la estrecha línea del tiempo. La cubierta del libro muestra una foto (de Rafael Trapiello, su hijo, que la bautiza como ‘cabeza encantada’) de una estatua clásica destrozada por la humedad. La imagen es el mensaje: «La fuerza del pasado» —escribe el autor— «reside en el polvo, como la de Goliat residía en las lanas que tenía en la cabeza». El tiempo, como todos sabemos —o intuimos—, desgasta el alma y desarticula el cuerpo, pero no nos destruye por completo. Nunca desaparecemos para siempre, del mismo modo que las estatuas del pretérito representan —por muchos siglos que pasen— la magia del rostro de un hombre que también es el de todos los hombres y el de ninguno.
Se diría que el motor de la novela (infinita) de Trapiello opera siguiendo esta misma lógica: las vidas pueden ser sublimes o discretas, pero todas atesoran su importancia si se saben contar bien. «El alma, la única que de veras importa, es la memoria. Teniéndola es lo más cerca que estaremos de la inmortalidad. De la vida inmortal nada se sabe, pero casi todos guardan un recuerdo de ella aproximado». De todo tiene, título tomado del Quijote, arranca con un prólogo —de inequívoco aire cervantino— donde Trapiello juega con la credulidad de sus lectores para que entiendan que lo que sigue a continuación —el libro en sí— es verdad (literaria) en la medida en que participa también de la realidad (desfigurada).
Y comienza el festín: los pasajes y paisanajes de siempre, pero diferentes; las recurrencias que, igual que los versos, vuelven y regresan sobre sí mismos, como las mareas; la maravillosa combinación entre estampas íntimas y secretos familiares (siempre elegantes, siempre entrevistos, pero ahora dolorosos), los hechos de una vida pública (premios, lances políticos y conferencias), los sugestivos retratos del natural de personajes altos (y a veces ridículos) y bajos (algunos de ellos con humores entrañables), las incursiones costumbristas en el Rastro, la caza y captura de libros antiguos, los amigos, desgracias categóricas —la muerte del padre— y toda esa colección de instantes de una vida corriente que, sin embargo, se tornan universales por ser tan comunes, cosa de todos y de nadie.
Hay quien lee estas novelas como si fueran diarios estrictos, atentos a las confidencias, prestos a las revelaciones o ansiosos por deleitarse con las divertidas sátiras sobre el mundo literario que contienen. Es lícito. Pero el Salón de Trapiello, y De todo tiene no es excepción, sino preceptiva, no se limita —o solo lo hace en parte— al molde de Las memorias de un literato de Cansinos Assens. La serie se sitúa en un espacio más rico y complejo: las líneas en fuga de una existencia terrenal donde hay sueños —«En Las Viñas se sueña una barbaridad»—, pero también fiesta, dolor y desazón íntima, escenas campestres, apuntes tipográficos, la fascinación de siempre por las cosas viejas —esos objetos que alguien, alguna vez, quiso mucho— y, marca indudable de la casa, sabrosas diatribas literarias y artísticas.
Un castellano vivo y sugerente
Todos estos elementos dan forma a la nuez de esta novela de novelas de Trapiello porque en el género, desde que Cervantes lo convirtiera en la calle ancha de la literatura moderna, cabe todo y mucho más. Pero la verdadera atracción de estas narraciones, que siempre nos han parecido más memorias que dietarios, reside en su estilo, en la extrema naturalidad con la que el escritor leonés escribe su propia novela. La maravilla de De todo tiene, de igual manera que sus otros hermanos tempranos, cuya selección razonada pueden encontrar los lectores en Fractal, la antología de las entregas anteriores publicada hace ahora dos años por Alianza, es la constante variedad de registros, la diversidad de los tonos y las atmósferas que Trapiello sugiere con una prosa admirable, por inesperada.
Nadie escribe en España, por decirlo a la manera antigua, un castellano tan rico, vivo, preciso y sugerente, lleno de «fulguraciones sin trueno», donde la calidad de página —como se decía antes— deslumbra sin caer en lo gratuito ni en lo impostado, lo cual desmiente al propio autor cuando confiesa: «Me hubiera gustado escribir novelas como las de antes y contar historias de los buenos tiempos». No se fíen ustedes de alguien que afirma semejante cosa y, en paralelo, lleva escritas —hasta ahora— 25 novelas que simulan ser diarios, sin serlo por completo, y que nos recuerdan a las películas de Éric Rohmer, cuyo artificio se niega a sí mismo, porque en ellas parece que no pasa nada y en realidad sucede todo, o a esos libros que un día, cada vez más lejano, descubrimos en la biblioteca de un padre que ya no está, pero que, con cada volumen (heredado) que abrimos, al reparar en su exlibris, regresa de nuevo a nuestra párvula y modesta vida.
