Cees Nooteboom: España, siempre y todavía
Siruela reúne las crónicas de viaje del escritor sobre nuestro país desde los años finales de la dictadura hasta el presente

El escritor Cees Nooteboom. | Wikimedia Commons
Los grandes libros de viajes, igual que las fotografías míticas, hechas en ese instante decisivo sobre el cual Henri Cartier-Bresson sustentase su particular filosofía de la creación visual, retratan un momento y un lugar concretos en el tiempo que, por su propia naturaleza, son pasajes efímeros, fugaces, incluso azarosos en su extraña perfección, pero que, gracias a la literatura —y a la perspectiva del viajero— quedan fijados en la eternidad.
Sus protagonistas, por supuesto, mueren y desaparecen; y sus enclaves, que a veces son las rotundas geografías históricas y en otras ocasiones se presentan como espacios sine nobilitate, vulgares, se ven alterados por el curso del tiempo. Y aun así, milagrosamente, persisten en su ser, como diría Spinoza, exactamente igual que si estuvieran vivos. Los fotógrafos, según Cartier-Bresson, deben disparar su cámara para capturar ese segundo exacto en el que toda esta magia de lo espontáneo adquiere su sentido.
Los escritores de viajes, en cambio, gozan de un margen más generoso: llegan a un sitio —con frecuencia sin seguir necesariamente un mapa—, se impregnan del espíritu del lugar, lo recorren, lo respiran y, sobre la marcha o después de esta primera incursión en terra ignota, que es el nombre con el que los antiguos cartógrafos designaban los espacios de un territorio todavía no explorados, escriben sus sensaciones en un cuaderno de ruta. Es un viejo ritual que no ha cambiado en siglos y que, a lo largo de la historia, ha permitido a los hombres de todas las épocas conocer lugares que nunca pisarían y saber de los otros, esos extraños a los que jamás conocerán.
Los relatos de los viajeros no están sometidos a la disciplina del realismo ni a las estrictas leyes de la referencialidad. Las crónicas de viajes más fabulosas rara vez son las más exactas. Son aquellas que más y mejor evocan sensaciones, vivencias y experiencias. Y nadie, en los tiempos recientes, ha ejercido esta maestría como el escritor holandés Cees Nooteboom (1933-2026), que el pasado febrero, en Menorca, emprendió el último viaje —del que ya no se vuelve— después de una vida nómada por un sinfín de puertos, hoteles, barcos, aviones y destinos memorables, desde los más grandiosos a otros más modestos, pero cargados de poesía.
Nooteboom fue, sobre todo, dos cosas: viajero y poeta. Escribió también novelas, ensayos, artículos y una colección excepcional de grandes relatos de viaje, entre ellos su maravilloso El desvío a Santiago, donde narra una de sus numerosas incursiones por España, un país hipnótico que siempre le apasionó. Le gustaba tanto que pasaba una parte del año en Menorca. Allí escribió sus mejores libros. Y allí decidió morir. Su primera expedición a las tierras solares del sur de Europa —procedente de su hogar en la capital de los Países Bajos, feudo protestante— no fue sin embargo idílica.
Invierno en Ibiza
«¿Qué siente alguien que abandona Ámsterdam para pasar el invierno en Ibiza? Alegría, dicen sus amigos, pero eso es porque no lo conocen bien. Abandonar Ámsterdam durante tanto tiempo es un triste destierro. La noche anterior a su viaje, el hombre sumido en la tristeza aún pasa una vez más por delante del Café Américain, observa con envidia a las criaturas privilegiadas que salen del teatro y se toma una copa fría de despedida en un pequeño pub melancólico, fundado expresamente para tal propósito».
Parece una endecha, un lamento por tener que abandonar el nido. Y lo es. Un sentimiento común y recurrente en el caso de los grandes viajeros. Despedirse de la civilización para trasladarse a una ínsula asilvestrada no parece una tarea agradable para un burgués, salvo por una circunstancia: Ibiza, que es la isla perdida en el Mediterráneo donde se dirige el viajero, era entonces —hablamos del diciembre de 1957— un lugar «muy barato».
Nooteboom viajó de joven a esta España tan distinta a la actual. En sus escritos sobre ella no palpitan los tópicos aventureros de la búsqueda ansiosa de lo desconocido o la sed de aventuras. Más bien siente una cierta nostalgia que no impide el asombro. Sus libros de viajes habitan en un lugar poco habitual. Nooteboom no exalta el romanticismo del viajero. No tiene tampoco la devoción religiosa del peregrino. Su registro es otro: sobrio y curioso. Se desplaza a un lugar, observa lo que encuentra y deja (por escrito) sus impresiones. Describe lo que ve y nos transmite su emoción ante una situación, un personaje o un espacio. Nunca exagera pero jamás se muestra insensible ante el glorioso espectáculo del mundo.
Siruela, que ha editado en español la mayoría de sus libros, acaba de sacar ahora un hermoso volumen —España interminable— donde se reúnen las crónicas viajeras que dedicó a nuestro país, al margen de sus libros. La antología, que incluye artículos y crónicas escritas para revistas, tiene dos virtudes. En primer lugar, está escrita con la maestría de un clásico, con una prosa bella, exacta, sobria y contenida. Sus retratos ibéricos tienen una capacidad de sugerencia infinita y saben encontrar lo universal en lo concreto. Y, en segundo término, sus artículos dibujan una panorámica excepcional del país que una vez fuimos y hemos dejado de ser.
Tal como éramos
«España conquistó el mundo» —escribe Nooteboom en El desvío a Santiago— «, y después no supo qué hacer con él». Estas crónicas de España interminable, que abarcan un periodo temporal que discurre desde finales de los años cincuenta, en plena posguerra franquista, hasta el presente, cuentan exactamente cómo España se ha transformado —acaso como ningún otro país en el mundo en menos tiempo— sin apenas darse cuenta.
Las estampas de Nooteboom se asemejan a las mejores fotos documentales de Ramón Masats, Cristina García Rodero, Joan Colom, Pérez Siquier o García-Alix. Sellan instantes eternos que una vez fueron efímeros. Un viaje a Formentera, una travesía por los Pirineos, un otoño en Galicia, una tónica con hielo y champán, el descubrimiento de Castilla —Burgos, Valladolid, Simancas, Tordesillas—, la intensa luz de la Baja Andalucía —Sevilla, Cádiz, La Línea—, un paseo por Gibraltar, Almería, el tenebrismo del Valle de los Caídos, Aranjuez y sus jardines y las noches blancas en un Parador.
Toda la España que, como dijera Machado (Antonio), es de hoy y siempre todavía, está encerrada en este magnífico libro que inmortaliza lo que una vez éramos (justo antes de entrar en Europa) y, quizás sin quererlo, hemos renunciado a ser. Un país al que Nooteboom no dejaba nunca de regresar porque en él encontró «algo único que no existe en ningún otro lugar».
