Epicuro y la sabiduría de un mundo sin dioses
Ariel reúne en un volumen, a cargo del catedrático David Hernández de la Fuente, todas las obras del filósofo helenístico

Retrato del filósofo griego Epicuro del artista italiano Agostino Scilla en el siglo XVII. | Wikipedia
Un grupo de arqueólogos, basureros del pretérito y desenterradores de los fósiles sagrados del pasado, se topó a mediados del siglo XVIII con una colección de diminutos troncos quemados entre las ruinas grises de la antigua urbe romana de Herculano, situada en una de las laderas del monte Vesubio. Algunos se deshicieron en sus manos al tratar de liberarlos de las cenizas petrificadas; otros sobrevivieron a la erupción volcánica que en el año 79 d. C. destruyó la ciudad y la villa agrícola del patricio Lucio Calpurnio Pisón Cesonino, suegro de Julio César. Eran los papiros de una biblioteca desaparecida, salvados milagrosamente de la erosión del tiempo.
El responsable del hallazgo, Karl Jakob Weber, que había abierto una red de túneles para rastrear el terreno, calibró que probablemente pertenecían a una desaparecida finca de recreo que debió atesorar hasta 1.785 rollos de escritos antiguos, empaquetados de forma apresurada para un traslado urgente que acaso impidieron los gases, las cenizas, el fuego y la lava. El yacimiento de Herculano custodiaba, entre otras, obras de Filodemo de Gadara. Entre ellas había papiros que versaban sobre filosofía, música, comida, vicios y placeres y las artes de la poesía y la retórica. De los diminutos fragmentos carbonizados eligieron uno. Decía lo siguiente:
«No temas a los dioses».
«No te preocupes por la muerte».
«Lo que es bueno es fácil de conseguir».
«Lo que es terrible es fácil de soportar».
Nada más.
En estos cuatro enunciados –agrupados en un tetrafármaco perfecto– están condensados los principios de una sabiduría extraña y perseguida por todos, fundada muchos años antes en una Atenas ya decadente que se enfrentaba a su irremediable ocaso –lejos quedaban ya de los tiempos de Pericles– y por cuyas calles, coincidiendo con la muerte de Alejandro Magno (en Babilonia), de Aristóteles (en Estagira), de Demóstenes y de Diógenes, el cínico, deambulaba un joven de 18 años, venido de la isla de Samos, patria insular de Pitágoras.
Había viajado a la ciudad del Partenón para tomar posesión efectiva de una ciudadanía que le pertenecía por linaje pero que no llegaría a ejercer hasta tres lustros más tarde, cuando, tras errar por otros cielos y otros mares –Colofón, Mitilene y Lámpsaco–, regresaría para fundar, con la edad de Cristo, que tardaría más de tres siglos en nacer, un círculo filosófico en una huerta situada a seis estadios de la Puerta de Dípilon. Aquel hombre se llamaba Epicuro y la reverberación de sus ideas prácticas –huía de la abstracción– cambiaría no tanto el universo, sino la idea de la máquina del mundo que todavía tenemos muchos de los que ahora lo habitamos.
Huella intelectual
La huella intelectual del epicureísmo, una de las tres grandes corrientes de la filosofía helenística, junto al cinismo y al estoicismo, nacida sobre los restos de la herencia clásica de un Mediterráneo donde las ciudades-estado perdían importancia y el torbellino de la historia imponía su desorden, se expandió a la Roma de Augusto, Lucrecio y Horacio. De ahí saltó a la Francia medieval de Rabelais. Después se instaló en la torre renacentista de Montaigne –el señor de los Ensayos–, se confundió con la Ilustración de Voltaire y Diderot, enraizó en la Inglaterra de Bentham y Stuart Mill, cambió la Mitteleuropa de Marx y Nietzsche y alcanzó el Estados Unidos temprano de Jefferson, para terminar contaminando a pensadores más cercanos en el tiempo, como Bertrand Russell o Christopher Hitchens, uno de los más significados polemistas de la Europa de los años ochenta.
Todo esto, que es asombroso y también real, lo explica David Hernández de la Fuente, catedrático de Griego de la Complutense, en la estupenda edición –con una nueva traducción anotada– que acaba de publicar la editorial Ariel sobre la opera omnia de Epicuro: El jardín de la felicidad. Obras y fragmentos. De los escritos del maestro de aquel mundo sin dioses –ubicado, como escribiera Flaubert, entre Alejandro y Augusto–, antecedente milagroso de la modernidad, se han conservado poquísimos restos. Y no precisamente por culpa de erupciones volcánicas como la de Herculano, que los devolvió a la vida, sino porque su mensaje, fieramente realista, ponía en cuestión las convenciones del poder (político y religioso) en todas las sociedades que, a lo largo de múltiples centurias, han ido sucediéndose en la línea del tiempo de lo que todavía llamamos Occidente.
La edición de Hernández de la Fuente reúne en un solo volumen tanto los restos de la obra de Epicuro como la transmisión que de su vida y de su pensamiento han hecho otros autores, como Diógenes Laercio. Está su testamento, donde dispone el sustento de los hijos de sus amigos, nombra al sucesor de su escuela y se declara, con el pie ya en el estribo, un hombre feliz. Están sus cartas. Un breviario con sus doctrinas, la colección de las denominadas Sentencias vaticanas, escritos seleccionados por Diógenes de Enoanda y partes (incompletas) de su Física o de su Ética, además de sus Máximas y de una reflexión sobre la vejez donde se dice: «La ausencia de pasiones no es en absoluto un argumento contra los viejos». En cantidad no son demasiados textos. En sabiduría, sin embargo, son asombrosos.
La filosofía de Epicuro no es tanto un sistema de ideas como una práctica encarnada. Una metodología para liberar a los hombres de sus miedos –a los dioses, a la muerte– y encarrilarlos hacia un equilibro entre el alma y el cuerpo basado en la razón, en la inteligencia y en la voluntad, en busca de la aceptación, si no gozosa, al menos consciente, de lo inevitable. De entre todas las filosofías antiguas, el epicureísmo –explica Hernández de la Fuente– es la más «afín al núcleo duro de nuestra civilización». Moderna y prematura, la lógica del sabio de Samos persigue la libertad humana a partir de una serie de recetas que predican la independencia del individuo.
Libertad individual
Epicuro fue un realista empírico. Niega la inmortalidad del alma mucho antes de que el cristianismo la prometa y sus heterodoxias la cuestionen y dice que no existe más mundo que el terrestre. Un aquí y un ahora. Los dioses, por tanto, o no existen o no se preocupan por nosotros, lo que implica que no hay motivo para temer su castigo, quebrando así la creencia determinista y el vasallaje teocrático. Tampoco –defienden los epicúreos– cabe temer a la muerte, que consiste en una mera disolución de los átomos que forman nuestra materia. El final no se siente cuando acontece.
El hombre, pues, es una criatura libre, salvo que elija convertirse en un esclavo de sus pasiones. Para evitarlo es necesario distinguir entre los bienes naturales y aquellos otros (los deseados) perjudiciales. ¿Cómo? Practicando la frugalidad de los apetitos y el cultivo de la inteligencia. El mal que nos rodea es real, pero puede soportarse si, además del cuidado físico, se practica el sabio arte de la aceptación: ningún sufrimiento intenso dura para siempre. Conquistar libertad individual –base de la concordia colectiva– requiere desterrar todos los miedos y seleccionar los deseos, viviendo el presente y disfrutando de la amistad, que ayuda a conjurar la angustia de estar vivo sabiendo que un día (cualquiera) moriremos.
Lathe Biosas («Vive de forma oscura») es uno de los grandes consejos de esta escuela de vida, que prescribe la privacidad, recomienda huir de la política y de los negocios y prescindir del culto al dinero para alcanzar la verdadera serenidad de espíritu. En una época en crisis –análoga a nuestro presente–, Epicuro encuentra la felicidad en la construcción de una parcela personal de libertad individual en la que podamos comprender realmente quiénes somos y aprendamos a descifrar el mundo que nos rodea. El mapa para llegar a este Parnaso es este libro modesto, bello y utilísimo.
