Karl Rosenkranz y el arte de la vulgaridad
Athenaica suma a su catálogo una versión revisada, a cargo de Miguel Salmerón, de ‘Estética de lo feo’

Grabado de Karl Rosenkranz. | Dominio público
Todas las formas religiosas institucionales —esto es: las iglesias— necesitan de la ortodoxia tanto como el arte, convertido en una religión alternativa por la modernidad, requiere de una preceptiva, práctica que en general asociamos a la cultura clásica, pero que, aunque se camufle, también palpita detrás de la revolución romántica y en los manifiestos de las enfáticas, y a menudo fugaces, vanguardias. De una forma u otra, los movimientos culturales y artísticos —igual que los seres humanos— predican sus propias creencias, aunque no siempre las practiquen, porque ansían la hegemonía.
No existe religión sin herejes ni ortodoxia sin su antónimo. También el arte aspira a —y en ocasiones logra— fijar una doctrina ideal, convertirse en pauta, traducirse en norma. Es entonces cuando su conexión con la vida se quiebra, porque lo que en una determinada época histórica se convierte en convención cultural, a la siguiente puede devenir en arqueología. Estos cambios de criterio, que son la materia de estudio de la Historia de las Ideas, deben ser entendidos como un inequívoco síntoma de vitalidad. El arte que no evoluciona y cambia sin cesar, o que no se cuestiona a sí mismo y a su tradición, como los hombres, acaba siendo creación muerta o, en el mejor de los casos, un arte difunto, aunque atesore la esperanza de resucitar bajo otra máscara, otro nombre o en el tiempo del porvenir.
Las preceptivas artísticas trabajan con abstracciones; los artistas lo hacen con sensaciones, materiales e instrumentos reales. Entre ellos figura, de forma además recurrente, la vulgaridad, invariable universal de todas las épocas y edades del hombre, pues atraviesa, desmiente y, en muchos casos, derriba los idealismos que, igual que los eslabones de una cadena, se han ido sucediendo a lo largo de la historia del arte.
Para comprender este proceso de cambio perpetuo, con sus cimas y simas, merece la pena leer un libro cuya versión ampliada y revisada, al cuidado de Miguel Salmerón, renueva el fértil catálogo del sello Athenaica. Se trata de Estética de lo Feo, un ensayo que el filósofo alemán Karl Rosenkranz (1805-1879), discípulo y primer biógrafo de Hegel, publicó en 1853. En términos históricos, se trata de un libro capital; el primero que abordó de forma sistemática la presencia (siempre inquietante) de la vulgaridad y el prosaísmo en las artes, cuyo eje dominante hasta entonces había sido la ardua descripción y definición de la belleza.
Rosenkranz se fija en algo que los grandes retóricos y filósofos antiguos ya habían hecho notar. Junto a los temas y a los personajes nobles, a los que corresponden los géneros mayores, como la épica o la tragedia, existen también manifestaciones opuestas, como la comedia, destinadas a retratar lo risible, lo defectuoso, lo ridículo o lo abyecto. Los primeros tienen como objeto la purificación de las almas sensibles. Los segundos, en cambio, retratan aquellos aspectos de la realidad que son absolutamente terrestres.
Una patología ajena al arte
Durante siglos prevaleció la creencia de que entre estos dos mundos existía una jerarquía, en lugar de una relación de complementariedad. A esta idea contribuyó el predicamento de un tratado —De lo sublime, atribuido a Longino; tienen ustedes una estupenda versión en español en Acantilado— que diferenciaba entre el arte bello o perfecto (el ideal grecolatino) y aquel otro que causa admiración y eleva el espíritu del espectador (o del lector) de forma duradera. Sublime es, en consecuencia, el arte memorable, en el que confluyen las ideas más nobles, la expresión más poderosa y una composición ordenada y coherente. De este molde se infiere también una lectura moral que juzga la fealdad como una patología ajena al arte.
El romanticismo, a partir de la marginalia de la cultura clásica y ayudado por la tradición medieval, postuló una poética alternativa. En ella, lo excesivo y lo desequilibrado, hasta ese instante fuera del lienzo oficial del arte, se sumarían definitivamente al cuadro. Los artistas modernos más tempranos también creen en un arte sublime, pero enraizado en principios divergentes. Lo que conmueve y emociona al alma romántica es la pasión, las tormentas, los precipicios, las ruinas, los abismos de la naturaleza, la ausencia de simetría. Incluso el terror, según Edmund Burke, puede provocar una emoción más intensa y superior a la misma perfección.
Estas ideas artísticas, nacidas a partir del siglo XVIII, son las que intenta sistematizar con un orden clásico —lo que no deja de ser una paradoja— Rosenkranz en este ensayo fecundo, que en absoluto agota el tema, será objeto de desarrollo e impugnación por parte de otros pensadores, pero que enuncia una sensibilidad nueva, al no entender la vulgaridad como la némesis de la excelencia, o lo deforme como antítesis de lo armonioso. El filósofo alemán delimita un campo semántico donde los asuntos y las formas artísticas imperfectas adquieren una categoría estética equivalente al papel que los silencios tienen dentro de una partitura musical.
Rosenkranz formula así una tesis que expande los límites de lo artístico e incorpora formas creativas como la caricatura o las primeras muestras de subgéneros como el grotesco y el absurdo. Códigos creativos que nos hablan de un mundo industrial, sucio y prosaico. Su libro describe este arte incorrecto, impertinente y convulso que, por contraste, denota que el clasicismo no encaja ya con la perspectiva de la modernidad. La verosimilitud no necesita armonía. Requiere una verdad naturalista.
Lo abyecto y lo imperfecto
«La belleza solo tiene una forma, mientras que lo feo contiene mil», había escrito Víctor Hugo. Rosenkranz recoge en este ensayo el primer catálogo de las disonancias artísticas que se convertirán en recurrentes con el correr del tiempo, hasta que vuelvan a invertirse los términos de partida y, como las agujas de un reloj, el clasicismo vuelva a ser considerado una novedad, en buena medida debido al olvido sobre los auténticos orígenes del arte.
En el fondo, la creación es un sendero colmado de paradojas, porque si el arte debe imitar a la naturaleza, como sostenía Aristóteles en su Poética, la vulgaridad, lo abyecto o lo imperfecto forman parte sustancial de ella en igual o mayor medida que la armonía. Borges escribió en el prólogo de Los conjurados: «Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, por un instante, en el paraíso». Cabe decir lo mismo del infierno, que es su contrario y tiene su particular configuración estética, como ya nos enseñara Dante.
Esta edición de Athenaica del ensayo de Rosenkranz, basada en la versión anotada por su autor que la editorial Bornträger publicase en la ciudad de Königsberg —patria de Kant— en 1853, incorpora un útil aparato crítico que desvela sus ambigüedades conceptuales, traduce las citas griegas de la primera edición e incorpora las referencias bibliográficas con las que trabajó el pensador alemán. Estos elementos hacen de esta sobria y hermosa versión del sello sevillano la edición definitiva —en español— de un clásico que nos habla de esa forma de arte que retrata lo que nos desagrada, inquieta y amenaza. El arte de nuestro imperfectísimo presente.
