Norberto Bobbio y el pie en el estribo
Taurus rescata el ensayo que el pensador italiano dedicó a la experiencia de la vejez, preludio de la muerte

Detalle de 'Las edades y la muerte', de Hans Baldung Grien. | Wikimedia Commons
«Puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte, / gran señor, ésta te escribo». Así describe Miguel de Cervantes, en el venerable prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, su historia septentrional, una novela postrera de orden bizantino, que además fue póstuma, el pálpito insidioso de esa hora decisiva que todos llamamos muerte. La expresión no es original, sino herencia de una tradición que vinculaba el final de la vida con la pieza de metal, madera o cuero —dependiendo de los posibles— que ayuda al jinete a subirse o bajarse del caballo y que, en Cuba o en México, da nombre al último trago tras una noche de parranda. «Ayer me dieron la Extremaunción […]. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a Vuestra Excelencia», explica el escritor —el 19 de abril de 1616— a don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, a quien dirige su lamento.
Cervantes se sabía mortal —padecía hidropesía: bebía agua sin parar, probablemente debido a una diabetes—, y su endecha no oculta, ni inventa, lo irremediable: «Mi vida se va acabando, y, al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. ¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!». No existe canto más hermoso a la vida que aquel que se entona en el momentum de la muerte o durante su preludio habitual, que es la vejez.
Desde los autores clásicos hasta el presente, muchos escritores y pensadores han legado a los que, de momento, continuamos vivos —morir es también dejar de leer— una generosa colección de títulos sobre el arte de esperar (sabiendo de antemano que no fallará a la cita) a la muerte. Desde Cicerón y su célebre manual De Senectute, a Arthur Schopenhauer, pasando por (san) Agustín de Hipona, Michel de Montaigne o Simone de Beauvoir en el terreno del ensayo. Y desde William Shakespeare y su colosal King Lear a León Tolstói —La muerte de Iván Ilich—, Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano) o Ernest Hemingway con El viejo y el mar en el ámbito de la ficción.
Todos estos libros se han enfrentado, en primera persona o a través de sus personajes, a la decrepitud que aguarda, en la última vuelta del camino, por decirlo con Pío Baroja, a quienes tengan la inmensa fortuna de llegar a viejos. Convertirse en anciano no es un destino especialmente deseado, pero en el fondo se trata de un regalo: los óbitos tempranos son dramáticos e injustos, además de dejar sin respuesta una pregunta tormentosa: ¿Por qué el destino roba sin piedad varias décadas de vida a unos y, en cambio, permite a otros sobrevivir esos mismos decenios que niega a quienes se van antes?
En esta lista ilustrada de libros sobre el crepúsculo figura un ensayo —corto y profundo— escrito por el pensador italiano Norberto Bobbio (1909-2004), filósofo y jurista al que le faltó apenas un lustro para llegar a centenario. Diez años antes de morir dedicó un discurso, pronunciado con motivo de un doctorado honoris causa concedido por la Universidad de Sassari, a la vejez. Tomó prestado el mismo título que Cicerón —De Senectute— y consumó así una pieza (oratoria), a la que añadió una adenda —nunca pronunciada en público— que permaneció inédita hasta que la editorial Einaudi decidió incluirla en un libro junto a otros escritos autobiográficos.
Esta edición es la que ahora rescata el sello Taurus dentro de su colección de Clásicos Radicales, donde reúne aquellos libros de pensamiento de su catálogo histórico que han superado la prueba del tiempo. El ensayo de Bobbio no es sistemático. No aspira a ser una preceptiva sobre cómo debería soportarse la vejez. Escrito en capítulos breves, con una estructura fragmentaria, la De Senectute del pensador italiano no es sino el monólogo íntimo de un Bobbio que, en ese momento, contaba con 87 años. Una edad más que respetable y que permite a quien la tiene tener una idea bastante precisa de en qué consiste la sensación de hacerse mayor.
Bobbio describe esta última edad de la vida como un periodo marcado por la lentitud y la melancolía. Donde el tiempo, más pretérito que futuro, y cuyo presente se estrecha, cobra un sentido distinto. El pensador italiano no busca en estas páginas hacer un ejercicio de estilo. Su pretensión es otra: dar testimonio de su experiencia como anciano. ¿Qué es un viejo? Alguien que ha cumplido muchos años, aunque no haya encontrado la sabiduría, y que tiende a ser coherente con su memoria y con los valores de un mundo que, igual que un cuadro en sfumato, se desdibuja cada día. La realidad cambia sin cesar, pero el anciano —en teoría— no lo hace a idéntica velocidad o se resiste a hacerlo.
Bobbio distingue entre el envejecimiento biológico, el psicológico y el cultural. El primero es obra del calendario, pero los otros dos pueden impugnarlo. Hay viejos que, al cumplir años, perpetran un acto de impugnación contra el presente. Su futuro, al contrario de lo que le sucede al hombre joven o a la mujer madura, ya está escrito, lo que le otorga una seguridad desconocida en el resto de las sucesivas edades de la vida. Un viejo —dice Bobbio— es una persona atrapada entre dos extrañamientos: su pasado, que sucedió y ya no está; y el porvenir, del que no puede escapar.
El giro de guion acontece —¡óiganlo, señoras y señores!— a partir del medio siglo. Si Cicerón enaltecía los honores de la Edad de Plata, Bobbio no es tan idealista, aunque deje la puerta abierta: para él, cada vejez es distinta, del mismo modo que los hombres somos diferentes. Para unos se trata de un tiempo de condena; para otros, de un mal trance; hay quien vive la vejez sumido en el tedio diario y otros la habitan, gracias a los recuerdos, como un presente expandido, ya que cada uno de sus instantes, incluso el último, puede ser imaginado como la suma de los sucesivos tiempos previos.
Todos estos métodos de descenso —la existencia es una montaña con dos laderas antagónicas y una única cima— son perfectamente válidos en tanto sirvan a quien asciende o desciende el puerto de la vida. De lo que no podemos huir —Bobbio aborda la cuestión desde la óptica de los no creyentes— es de la incertidumbre: ¿Existe otra vida o la muerte es el final de los finales? Esta es la incógnita del Orfeo negro de Mañana de Carnaval: «Después, yo no sé si hay después». Ignoramos si nuestro nacimiento es un hecho trascendente o casual en términos cósmicos —para nosotros, junto con la muerte, sin duda es un acto colosal—, pero estamos muy seguros de que moriremos una sola vez, incluso aunque exista una segunda vida (que quisiéramos imaginar sin cesura, eterna y gozosa).
Acaso esta idea occidental de no imaginar una segunda muerte, en caso de que la promesa de la resurrección cristiana sea cierta (los orientales, como es sabido, creen en una serie infinita de ciclos de reencarnaciones), explique esa ensoñación de confiar en ir a un mundo diferente al único que conocemos. «En estas sencillas y humanísimas respuestas —explica Bobbio— se trasluce lo ilusorio de dicha creencia. Son respuestas que manifiestan un espasmódico apego a la vida, un deseo de supervivencia». La resistencia a que lo que tiene un principio tenga también un fin. Un desafío a la simetría. Al contrario que Cicerón, Bobbio no festeja la vejez. La dignifica mediante un sabio ejercicio de realismo: «Quien alaba a la vejez es porque no le ha visto la cara». O desconoce ese rostro terrible que, igual que la pobreza a los ojos sonámbulos de Francisco de Quevedo, siempre tiene —y tendrá— cara de hereje.
